Café
Diego va a diario a la esquina entre la calle Mayor y la calle Encomienda. Hace veintidós años quedó allí con Lucía, que no se presentó jamás. Desde entonces él va a esperarla cada día a las cinco. En el taller todos le llaman Penélope, pero Diego no se lo toma a mal. Esta tarde llueve. Se abre una ventana y una mujer chista. Le hace gestos de tomar café y él asiente. Ella le grita el piso y la puerta. En ese momento Diego comprende, con la certeza cayendo como una losa, que Lucía nunca se presentará. Y sonríe.