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11 de mayo de 2008

Coraje

Sheila Kelly es una escritora estadounidense de lo más prolífico. Lleva escritas treinta y ocho novelas en cinco géneros distintos. Y aún así, tiene tiempo para mantener su blog Paperback Writer, en el que ofrece material de todo tipo: desde consejos técnicos a vistazos interesantísimos a su vida como escritora.

Hace tiempo publicó una anotación titulada «Courage», que ya enlacé en su día. Hoy me he decidido a traducirla, con un resultado acorde a mis limitaciones como traductor, porque creo que puede venir bien a todo el que escriba.

Espero que le saquéis provecho.



Te conozco. Crees que no, pero yo te conozco.

Sé lo que vas a hacer hoy. Te sentarás frente al ordenador y en la página de inicio de tu navegador leerás «Brad Pitt y Jennifer Aniston rompen». Justo debajo, un enlace pequeñito en ocho puntos que te dirá que el número de muertos por el tsunami sigue subiendo. Intentarás que eso no te afecte. Visitarás algunas páginas de noticias, algunas webs empresariales, un par de foros. Pillarás algún enlace, o tal vez te apuntarás al último meme, e irás a tu blog a publicarlo. Es mejor que nada. Como le dices a todo el mundo, la palabra «nada» no pertenece a tu vocabulario.

Me apuesto media paga a que sobre tu mesa hay al menos una carta de rechazo enviada por alguna editorial, quizás al lado del último número de esa revista de escritura a la que estás suscrito.

Cuando has gastado navegando el tiempo suficiente para sentirte culpable, ejecutas el Word y abres el fichero correspondiente a lo que te traes entre manos, ¿a que sí? Consultas las estadísticas y descubres que ayer escribiste un total de 207 palabras, que es poco impresionante, pero hoy llegarás a las mil, a las dos mil, a las diez mil. Hoy vas a ser el mejor escritor del puto mundo, y vas a escribir algo increíble que te quitarán de las manos. No pides que sea un bestseller, no pides ganar premios. Te bastaría un contrato de publicación con tu nombre. Lo importante es meter el moco, lo sabes, y es todo lo que pides.

Sabes perfectamente que hay otros 200.000 como tú vagando por la tierra de los inéditos, intentando colarse por esa puñetera puerta. Y estás seguro de que al menos la mitad de ellos escriben mejor que tú.

No te importa. Llevas el cursor hasta el final del documento, negándote a releer lo ya escrito. A pesar de que hacerlo es tan tentador como una caja de bombones sin abrir, de kilo, sabes que si relees te cargarás la inercia, lo que a su vez se cargaría tus estadísticas de hoy. De modo que dejas el cursor donde está, con solo una o dos líneas visibles de lo ya escrito. Quizás consultas tus notas. Y empiezas a teclear para llenar la página.

Cinco líneas. Diez. Quince. Un poquito de diálogo, algo de detalle en las descripciones. Estás usando demasiadas referencias a los ojos, pero ya lo cambiarás. Tienes que mantenerte en movimiento. Estás escribiendo, y eso hace que te hinches un poquito, como un pavo orgulloso.

¿Lo véis? Soy un escritor. Puedo escribir.

Llegas a una nueva página. Como poco, eso son 250 palabras nuevas. Compruebas las estadísticas y resultan ser 195. Bueno, también te vale. Hay que cerrar esta escena. Quieres que termine como una explosión, pero lo más que consigues es un petardeo ridículo. No pasa nada. Siempre puedes echar luego un poco de gasolina en ese petardeo, cuando llegue la hora de revisar. Hoy tienes que conseguir diez páginas por lo menos. Y quizá llegar hasta el final del capítulo.

Ese final de capítulo no queda lejos. Justo a la vuelta de la esquina. Ahí mismo. Esta escena, nada más.

Te pegas de morros con el bloqueo justo en la mitad de la segunda página, y sientes lo mismo que si hubieses sufrido un reventón yendo a toda leche por la autopista. Has llegado al tercer párrafo de la nueva escena y, de repente, el cursor se niega a moverse. No. Se. Mueve. Se te tensan los músculos del cuello cuando ves que tus personajes, de manera inexplicable, han pasado de ser gente normal a ser unos completos mandriles. Retrocedes un poco y relees, pero es casi peor. Te das cuenta de que todo es muy cutre y de que no hay cristo que lo arregle.

La pantalla te ilumina. El ventilador del ordenador zumba. No estás escribiendo. La estás cagando. La estás cagando.

En realidad no huyes del ordenador. Huyes de esa vocecita interior, espeluznante y desdeñosa. Intentas ahogarla con café, con comida, con chocolate, con la tele. Sigue pasando el tiempo. El reloj te dice que te estás ventilando tu rato de escritura, pero ¿qué sabe el reloj? El reloj no acaba de escribir una escena que provocaría inmediatamente un vómito explosivo al editor, lo que le empujaría, como venganza, a anotar su nombre en la lista negra de las editoriales, arruinando así cualquier oportunidad de ver algún día un libro suyo publicado, ¿a que no?

El reloj puede irse a hacer puñetas, eso es lo que puede hacer.

Una oleada de culpa, de derrota, y de algo más que no puedes definir con exactitud, te empujan para ponerte de nuevo delante del ordenador. Cargas tu página de inicio, que ahora anuncia «Fotos de Brad y Angelina», con ese enlace minúsculo que apunta ahora a un nuevo video de rehenes estadounidenses suplicando clemencia. No es que te congeles: ya estás congelado. Pero también eres osado. Cierras el navegador y vuelves al Word. Relees un poco, pero como eres valiente y te sientes dolido, consigues ser un poco más objetivo que antes.

Sí, hay algunas partes cutres. Pero hay otras que no lo son.

Reescribes un poco, cargándote esas referencias repetidas a los ojos. Te cargas las partes malas, pules lo bueno. Es una tirita ridícula encima de la herida, lo sabes, pero parece que va aguantando. Escribes unas cuantas líneas más y te prohibes releerlas. El reloj te avisa de que casi se ha acabado tu rato de escritura, de manera que haces las copias de seguridad de costumbre. Antes de guardar por última vez, compruebas las estadísticas. 243 palabras nuevas. A la mierda. Escribes una línea más que no tiene ni pies ni cabeza, sólo para redondear la cifra hasta las 250 palabras, como cuando estrujas el mango del surtidor de gasolina después de que se cierre automáticamente. Apagas el ordenador y te largas a hacer la cena, o a trabajar, o a la cama.

Pero en cuanto te metes en la cama eres incapaz de dormir. Te quedas mirando al techo. Te imaginas la portada de tu primer libro, lo bien que quedará, el conocidísimo ilustrador especialista en portadas a quien se la encargarán, las reseñas estupendas que se publicarán en las revistas y los suplementos dominicales, cómo te llamará tu agente para decirte con voz seria que la subasta para publicar tu nuevo libro ronda ya los 800.000 euros, y que se está hablando de comprar los derechos para hacer la película. Un asuntillo con Steven Spielberg, te dice. Ah, y a John Grisham le gustaría quedar contigo para comer.

Es posible que te levantes de la cama, busques esa carta de rechazo y la hagas trizas. O tal vez vuelvas a leerla.

Es posible que te quedes en la cama y mires al techo un rato más, porque en el fondo sabes que no quieres la mejor portada, o esas reseñas gloriosas, ni siquiera que Steven Spielberg dirija tu historia o que John Grisham comparta contigo su risotto. Los 800.000 euros sí, porque no estás lobotomizado (aún), pero el resto no. Lo que quieres es ver tu libro publicado. Eso es todo. Porque si no consigues eso, todo lo que has escrito durante los últimos tres años, o cinco años, o diez años, no servirá para nada.

Lo que nadie sabe es que «nada» es la palabra que más te asusta de todo tu vocabulario.

Mañana no pensarás en esto. Casi. Mañana te levantarás y encenderás el ordenador, y tu página de inicio te dirá algo como «Brad soltero de nuevo», mientras el enlace minúsculo te ofrecerá información sobre una tragedia de verdad. Y tú aguantarás ese frío que te corroe los huesos, y leerás alguna página de por ahí, y publicarás algo en tu blog, y abrirás el Word, y harás lo mismo otra vez. Porque mañana podría ser diferente.

Sé que mañana vas a volver a trabajar en ese manuscrito. Volverás a él cada día. Recibirás cartas de rechazo, una tras otra, pero volverás a ese manuscrito cada día. Lo sé porque yo lo hice. En mi caso, en vez de un blog tenía un diario de los de papel, en vez de internet tenía periódicos, dos niños con pañales, un IBM PS/1 con WordPerfect 2.0 y una subscripción a una revista sobre escritura.

Te conozco porque estás en el mismo punto en que yo estuve durante diez años.

Y puedo precedirte el futuro, al menos uno de los posibles. ¿Sabes esas 243 palabras que has escrito hoy? Puede que pasado un tiempo se conviertan en 486. Y luego en 972. Y luego en 1.944. Las palabras empezarán a salirte con más facilidad, mejores, más rápido. Tendrás días en los que llegarás a las tres mil. Tendrás semanas de subidón en las que no bajarás de las cuatro mil diarias. Mejorarás. Y después te harás mejor aún. Y cuando creas que ya no eres capaz de enfrentarte a esa pantalla de nuevo, recibirás la carta, o alguien te llamará por teléfono.

Tener el coraje para hacer todo eso es lo que convierte a alguien en escritor. A mi me hizo la escritora que soy. Te convertirá a tí en ese escritor que serás. Alguien que no sea escritor no puede entenderlo. Alguien que no sea escritor no podría pasar por todo esto.

Agárrate a ese coraje. Sigue escribiendo. Sé valiente.

3 comentarios

Me gusta mucho esta mujer, sí señor (aunque me has perdido con el nombre, supongo que Lyhn Viel es uno de sus muchos pseudónimos), la leo todos los días. Esta es otra que no debe dormir, porque siempre tiene algo entre manos y sus entradas son curradísimas, con unas ideas excelentes.
Gran post este, sí señor. Por cierto, la descubrí gracias a ti. ;-)

Ruth

#1 • 11/5/2008 - 16:02

Me apunto las instrucciones. Para cuando termine el gateo. ;-)

Jimena

#2 • 11/5/2008 - 18:19

Ruth, esta mujer usa varios nombres: Sheila Kelly, Lynn Viehl, S.L. Viehl y Rebecca Kelly. No sé si me dejo alguno. Creo que el primero es su nombre real, pero ella nunca lo aclara del todo.

Jimena: antes de lo que esperas estarás dando carreras como un impala.

Joaquín Bernal

#3 • 11/5/2008 - 21:52

Se debe hacer todo tan sencillo como sea posible, pero no más sencillo.

Albert Einstein