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15 de febrero de 2009

Currante

Sale de casa aún de noche. El frío se le concentra en la nariz, le produce esa ansiedad falsa y hueca que vacía el paladar. El jardín está cubierto de silencio, de escarcha, del resplandor de la luna llena. La calefacción del coche empieza a calentarle los pies mientras aparca cerca de la fábrica. Mira el humo elevarse desde las chimeneas. Cae en la cuenta de que está vendiendo su tiempo, demasiado barato quizá, a cambio de lo justo para poder comer. Desliza la tarjeta por la ranura y el pitido de la máquina de fichar le provoca una arcada.

4 comentarios

Cuando salga estará anocheciendo, llegará a casa justo a tiempo para ver a sus hijos en pijama y a su mujer con ojeras y unas manoplas de plástico cubriéndole las manos. El frío le arrimará a su cuerpo. "Hoy no, que estoy cansada", dirá antes de cerrar los ojos.

Enrique Páez

#1 • 15/2/2009 - 14:05

Al día siguiente saldrá de casa aún de noche. Volverá a sentir la nariz fría. El jardín estará cubierto de silencio y de la luz de una luna que empieza a menguar. La calefacción del coche no será capaz de sacarle el hielo de los huesos, pero volverá a aparcar cerca de la fábrica. Llegará a la conclusión de que su tiempo no vale nada, a pesar de que le paguen por él lo justo para comer. Sujetará la tarjeta con dos dedos como si fuera un insecto muerto. La mirará, y sopesará durante un instante la posibilidad de lanzarla al descampado, subirse a su coche y conducir durante horas lo más lejos posible del humo y las chimeneas. El pitido de la máquina de fichar le provocará un escalofrío.

Joaquín Bernal

#2 • 15/2/2009 - 14:27

Cuando salga será de día, le dolerá el cuerpo de encajar tornillos sin cambiar de postura, pero llegará a casa a tiempo de hacer los deberes con los niños. Se acostará temprano, como cada noche, sin dejar de preguntarse por qué media cama está vacía.

Jimena

#3 • 15/2/2009 - 14:35

Marga se despierta antes de las nueve. Mario está malucho y lleva llorando desde las siete. Ella lo saca de la cuna, lo acurruca contra su pecho y tira de las mantas. Mira alrededor para ver, como si fuese la primera vez, unas paredes pintadas de india-colores-del-mundo. Las mismas paredes que parecen inclinarse hacia ella cada día un poco más. Ahorraron durante tres meses para poder permitirse el gasto de la pintura y las brochas. A Marga le resulta imposible guardar el calor que se le escapa por los ojos. Mario se tranquiliza un poco y duerme hasta las nueve y veinte. Al menos Antonio sale cada día, se dice ella. Va a la fábrica, y ve gente. Ella se tiene que conformar con mirar por la ventana del lavadero, aunque sólo llegue a ver lo de siempre: una pared de ladrillo mal enlucida y las sábanas de la vecina colgando de una cuerda verde. Aún así vuelve a mirar a diario, con la esperanza inútil de ver un poquito de cielo.

Joaquín Bernal

#4 • 15/2/2009 - 14:43

Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar.

Antón Chéjov