Currante
Sale de casa aún de noche. El frío se le concentra en la nariz, le produce esa ansiedad falsa y hueca que vacía el paladar. El jardín está cubierto de silencio, de escarcha, del resplandor de la luna llena. La calefacción del coche empieza a calentarle los pies mientras aparca cerca de la fábrica. Mira el humo elevarse desde las chimeneas. Cae en la cuenta de que está vendiendo su tiempo, demasiado barato quizá, a cambio de lo justo para poder comer. Desliza la tarjeta por la ranura y el pitido de la máquina de fichar le provoca una arcada.
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Cuando salga estará anocheciendo, llegará a casa justo a tiempo para ver a sus hijos en pijama y a su mujer con ojeras y unas manoplas de plástico cubriéndole las manos. El frío le arrimará a su cuerpo. "Hoy no, que estoy cansada", dirá antes de cerrar los ojos.
Enrique Páez
Al día siguiente saldrá de casa aún de noche. Volverá a sentir la nariz fría. El jardín estará cubierto de silencio y de la luz de una luna que empieza a menguar. La calefacción del coche no será capaz de sacarle el hielo de los huesos, pero volverá a aparcar cerca de la fábrica. Llegará a la conclusión de que su tiempo no vale nada, a pesar de que le paguen por él lo justo para comer. Sujetará la tarjeta con dos dedos como si fuera un insecto muerto. La mirará, y sopesará durante un instante la posibilidad de lanzarla al descampado, subirse a su coche y conducir durante horas lo más lejos posible del humo y las chimeneas. El pitido de la máquina de fichar le provocará un escalofrío.
Joaquín Bernal
Cuando salga será de día, le dolerá el cuerpo de encajar tornillos sin cambiar de postura, pero llegará a casa a tiempo de hacer los deberes con los niños. Se acostará temprano, como cada noche, sin dejar de preguntarse por qué media cama está vacía.
Jimena
Marga se despierta antes de las nueve. Mario está malucho y lleva llorando desde las siete. Ella lo saca de la cuna, lo acurruca contra su pecho y tira de las mantas. Mira alrededor para ver, como si fuese la primera vez, unas paredes pintadas de india-colores-del-mundo. Las mismas paredes que parecen inclinarse hacia ella cada día un poco más. Ahorraron durante tres meses para poder permitirse el gasto de la pintura y las brochas. A Marga le resulta imposible guardar el calor que se le escapa por los ojos. Mario se tranquiliza un poco y duerme hasta las nueve y veinte. Al menos Antonio sale cada día, se dice ella. Va a la fábrica, y ve gente. Ella se tiene que conformar con mirar por la ventana del lavadero, aunque sólo llegue a ver lo de siempre: una pared de ladrillo mal enlucida y las sábanas de la vecina colgando de una cuerda verde. Aún así vuelve a mirar a diario, con la esperanza inútil de ver un poquito de cielo.
Joaquín Bernal