Demuéstralo
Hace unos meses, al terminar de escribir Cambalache, tuve la sensación de que el final no era todo lo consistente o sólido que podría haber sido. Y no era una cuestión de argumento, pues estaba contento con él. Era un problema de forma. En los últimos párrafos algo crujía y se tambaleaba un poco. Muy poco, en realidad. Era algo tan sutil que no era capaz de identificarlo.
Uno de los consejos sobre escritura más habituales es «no lo cuentes, demuéstralo» (traducción libérrima de «show, don't tell»). El problema con este tipo de consejos es que son lo suficientemente acertados como para que estés de acuerdo con ellos y te propongas llevarlos a la práctica, pero también son lo suficientemente genéricos como para no saber cómo aplicarlos. Mostrar, de acuerdo. No contar, entendido. Y miras la pantalla del ordenador con la expresión de esas vacas que contemplan pasar el tren.
Dándole vueltas a este asunto, llegué a la conclusión (fácil) de que es una cuestión visual, más que narrativa. Es decir, el problema consiste en averiguar cómo transmitir al lector cierta información de la manera más eficiente posible. Para conseguirlo, lo que necesitaba era un ejemplo, un símil que se dejara usar como calibre o como termómetro de un determinado texto. Y lo encontré. Para mí, la mayoría de los instrumentos narrativos son preguntas que hago al texto. En este caso, el polímetro en cuestión es una de esas preguntas, muy concreta: un director de cine, ¿podría rodar esta escena sin problemas?
Vamos con el ejemplo del que os hablaba al principio. En Cambalache, el argentino decide dejar de fumar, al final del relato, porque siente que la oportunidad de empezar una nueva vida es demasiado valiosa como para dejarla pasar. Para contar esto, caí en la debilidad de usar, aún de modo indirecto, un monólogo interior. Un director de cine intentando filmar la escena no tendría forma humana de contar eso mismo mediante imágenes: el argentino hurga en el paquete de tabaco vacío, lo arruga, lo lanza a la hoguera y echa a andar despacio en dirección a la única farola de la calle. Y los espectadores se han quedado sin saber de esa decisión del personaje.
Aplicando mi pregunta-herramienta, ¿cómo podría escribir esa escena de modo que un director de cine pudiese filmarla? No voy a reescribir el final del relato, por pereza y por respeto a un texto que ya di como cerrado (de acuerdo, es sólo por pereza). Imaginemos que el argentino hurga en el paquete de tabaco vacío, lo arruga y lo lanza a la hoguera. A continuación, se palpa los bolsillos interiores del abrigo hasta encontrar un paquete sin abrir. Mientras retira la cintilla de plástico, sufre un ligero ataque de tos. Mira la cintilla que sujeta con la punta de los dedos. Un viento húmedo y podrido atraviesa el callejón y la hace ondear. El argentino mira la hoguera. Mira el paquete a medio abrir. Tose una vez más y lo lanza también al fuego, donde cae justo encima de las cenizas del pasaporte que acaba de quemarse. Se sube las solapas del abrigo y echa a andar en dirección a la farola mientras silba por lo bajo un tango: el tango que da título al relato. O quizás no hace falta remachar lo ya contado y se marcha en silencio, sin silbar nada.
Si mi intuición no me engaña, el final del texto es el mismo con una y otra opción, pero el segundo es más visual, más demostrado y menos contado. Y mi intuición también me dice que es una mejora. Quizá no es un cambio espectacular, pero tengo la sensación de que esa forma de contar el final era precisamente la que yo estuve buscando y no encontré.
Tendré que estar atento en los siguientes relatos y no olvidarme de esta herramienta recién descubierta; una pregunta sencilla que encierra mucha mala uva: «esta escena, ¿se podría filmar?»
Un par de notas más. La primera para Chiki: este es el siguiente ladrillo en la colección. La segunda para los demás: disculpad la broma privada.
1 comentario
Cuánto te echaba de menos, ladrillero.
Un beso
Chiki