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5 de diciembre de 2007

Instrucciones para tener miedo

Con el permiso implícito del maestro.

Procúrese un espejo. Son buenos los redondos con ese cierto abombamiento útil para el afeitado y la práctica de la sonrisa falsamente franca del orador. Siéntese cómodamente y deje caer las persianas hasta media altura. Deje el tubo sobre el tapete e ignore el zumbido de la línea y los pasos del cartero en el zaguán. Tranquilo. Esa carta con certificación rogamos respuesta inmediata no es tan importante, créame. Respire hondo y mírese al espejo. Intente hacerlo como si fuese la primera vez.

Pregúntese en voz baja quién es esa persona. No retire la mirada, desafíela, incline levemente la cabeza, a la izquierda, a la derecha, para comprobar que efectivamente, parece ser usted el que le mira desde el otro lado del vidrio.

Mantenga la pregunta previa en la memoria y sobre ella apile la siguiente. Pregúntese por qué usted es usted y no otra persona. Deje que la idea flote como una plumita de ganso que ha caído desde una funda de almohada sacudida en un balcón. Obsérvela bajar, balancearse, girar sobre si misma. Se tumbará con indolencia sobre la pregunta anterior y se dejará ir con un suspiro dulcísimo. Entre ambas, una capa finísima de miedo margarina. En ese momento, admire la doble idea y compruebe su parecido con ciertos emparedados del puestito de la calle Borrás, esos de ternera que dicen que hablan si uno los escucha con suficiente interés.

Al llegar a este punto, asuma que la escala de importancia de las cosas es circular. Si tuviese dificultad con esto por haberse habituado a las discusiones sobre boxeo y a las veladas de empanadas y tinto del tiempo, piense en aquel dado celeste del juego de la oca que usted se tragó de chico. Al salir de su encierro marcaba un seis sobre el bacín, ¿recuerda? Pregúntese por qué un seis y no un dos. Ahora limpie el espejo de las marcas de vaho, cuélguelo en su clavito en el cuarto de baño, llame a ocho amigos y organice una cena. Los efectos del experimento serán evidentes a eso de la una, cuando el gordo Tota le indique que ya no queda vino y ahora qué.

4 comentarios

Muy bueno, sí señor.

Me encanta el detalle de la pluma.

Aquiles

#1 • 5/12/2007 - 15:45

Gracias, Aquiles.

Joaquín Bernal

#2 • 6/12/2007 - 12:21

A repetir frente a un espejo: "No sé quien eres. Pero voy a afeitarte"…
Me alegro de no ser el único que a los 30 años se sigue preguntando "por que yo y por qué no otro".

Maelmori

#3 • 6/12/2007 - 13:28

Debe ser que algunos tenemos el filtro bayesiano mal entrenado, Maelmori, y se nos cuelan en la conciencia este tipo de spam procedente de la inconsciencia, aún con treinta años.

Que digo yo, porque lo mismo es simple aburrimiento, o gingivitis.

Joaquín Bernal

#4 • 7/12/2007 - 12:27

El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia.

Woody Allen