La duda era sencilla, y más sencillo aún ha sido enviar un mensaje al Departamento de «Español al día» de la Real Academia Española. Esta ha sido su respuesta:
La tradición tipográfica establece que se escriban con letra cursiva, entre otros, los títulos de obras de creación y a veces los artículos de revista que se citan (por lo general, los artículos se escriben en redonda entrecomillados y se reserva la cursiva para el nombre de la revista), así como los nombres de revistas o publicaciones periódicas.
¿Has leído Cien años de soledad?
Tengo dos entradas para asistir al estreno de Carmen.
Tiene una suscripción a El País.
Solo se utilizan comillas para citar títulos de artículos, poemas, capítulos de un libro, reportajes o artículos periodísticos y, en general, cualquier parte dependiente dentro de una publicación, a diferencia de los títulos de los libros, que se escriben en cursiva cuando aparecen en textos impresos en letra redonda, o subrayados si se trata de textos manuscritos o mecanografiados:
Ha publicado un interesante artículo titulado «El léxico de hoy» en el libro El lenguaje en los medios de comunicación.
Se escriben en cursiva también las siglas que corresponden a una expresión que debe aparecer en este tipo de letra cuando se escribe de manera completa; esto ocurre, por ejemplo, con las siglas de títulos de obras o de publicaciones periódicas: DHLE por Diccionario Histórico de la Lengua Española, BOE por Boletín Oficial del Estado, RFE por Revista de Filología Española.
A veces me pregunto si una persona puede poner patas arriba la vida de otro. No hablo de cambiar de preferencias en el videoclub, o de mover el bote de espuma de afeitar un par de palmos en el estante del baño para dejar sitio al tarro de anticelulítica. Me refiero a cambiar la forma en la que uno ve el mundo. Me refiero a cuando te ponen del revés como si fueses un calcetín y no te importa.
Sigue leyendo…
19/3/2007 - 18:45 • Ficción • 1.491 palabras
Martín llevaba un tiempo con una asfixia tibia y pegajosa, como si hubiese metido la cabeza en una bolsa de plástico y hubiese respirado dentro de ella durante semanas. Era el ansia de algo que ya no encontraba en casa, a pesar de haber husmeado en todos los rincones buscando, como quien se ahoga dentro de un coche caído al río, una burbuja de oxígeno, una reserva de aire que le ayudara a seguir viviendo entre las paredes que habían amarilleado con el humo de tantos años y que los reproches y las broncas habían salpicado hasta el cielo raso.
Sigue leyendo…
19/3/2007 - 18:38 • Ficción • 3.533 palabras
¿Buscáis una idea para escribir un relato? Pasaos por I Used to Believe, donde se recopilan miles de confesiones sobre cosas que creíamos de pequeños. Un ejemplo:
No podía entender por qué nadie había inventado una palabra para las cosas que no son ni grandes ni pequeñas, de modo que solía expresar ese concepto con las palabras granpequeño o pequegrande. Tuve una revelación el día en que mi madre me pidió que fuese a la panadería a comprar «una barra mediana». Descubrí que alguien ya había resuelto mi problema. Me quedé perplejo. (Enviado por Lee)
Otro ejemplo:
Yo era una niña de cuatro años con un vocabulario bastante extenso. Pensaba que una «guerra civil» era una guerra en la que todo el mundo fingía ser bueno con los demás. Por ejemplo, un soldado le ofrecía un cigarro a otro, luego le disparaba cuando menos lo esperaba y simulaba ponerse triste por lo que había hecho. (Enviado por Hannah)
Y otro más:
Cuando tenía tres o cuatro años estaba convencida de que tenía visión super binocular. Lo único que tenía que hacer era tocar los pulgares con los índices y llevarme esos círculos a los ojos. También pensaba que podía camuflarme con sólo hinchar los mofletes y caminar simulando una cojera. Obviamente, mis vecinos pensaban que era un poco retrasada. (Enviado por Tiff)
Es genial echar el rato en esa web, porque al leer la mayoría de las confesiones te invade la sensación de lo verdadero, de volver atrás un buen montón de años para revivir ese proceso de ir creando un modelo mental del mundo. Es difícil de explicar, de modo que os recomiendo la visita (la web es en inglés) y lo comprobareis por vosotros mismos.
Por más vueltas que le doy, sigo sin entender la afición de los periodistas —y pido disculpas por la generalización— al uso de determinadas coletillas. ¿Será por dejadez, quizá? Me temo que es por simple desidia.
Si oigo o leo una vez más eso de «mal llamado proceso de paz» creo que voy a sufrir un salpullido. Si reconoces que es algo «mal llamado», llámalo bien, pues ese es tu trabajo. Llámalo «negociación del gobierno con ETA», o «proceso de rendición», o como te dé la gana. Es como si decidiéramos, desde hoy mismo, cambiarle el nombre al pollo y empezar a denominarlo «mal llamado cordero» o «no besugo». Sería una imbecilidad, claro.
Lo del abuso de la voz pasiva en el periodismo lo dejamos para otro día, que hoy me da la risa floja.
I want your loves to be multiple. I don’t want you to be a snob about anything. Anything you love, you do it. It’s got to be with a great sense of fun. Writing is not a serious business. It’s a joy and a celebration. You should be having fun of it. Ignore the authors who say “Oh, my God, what word? Oh, Jesus Christ…”, you know. Now, to hell with that. It’s not work. If it’s work, stop and do something else.
Now, what I’m thinking of it, people always saying “Well, what do we do about a sudden blockage in your writting? What if you have a blockage and you don’t know what to do about it?” Well, it’s obvious you’re doing the wrong thing, don’t you? In the middle of writing something you go blank and your mind says: “No, that’s it”. Ok. You’re being warned, don’t you? Your subconscious is saying “I don’t like you anymore. You’re writing about things I don’t give a damn for”. You’re being political, or you’re being socially aware. You’re writing things that will benefit the world. To hell with that! I don’t write things to benefit the world. If it happens that they do, swell. I didn’t set out to do that. I set out to have a hell of a lot of fun.
I’ve never worked a day in my life. I’ve never worked a day in my life. The joy of writing has propelled me from day to day and year to year. I want you to envy me, my joy. Get out of here tonight and say: “Am I being joyful?” And if you’ve got a writer’s block, you can cure it this evening by stopping whatever you’re writing and doing something else. You picked the wrong subject.
(Archivo musical eliminado)
La abeja zumba. El asno rebuzna, ornea, rozna. La avispa zumba. El becerro berrea. El buey muge. El búho ulula. El caballo relincha. La cabra bala. El cerdo gruñe. La cigarra chirría. La cigüeña crotora. El conejo gruñe. El cordero bala, chozpa. El cuervo grazna, grajea, urajea, vozna. El chacal aúlla. El elefante barrita. La gallina cacarea, cloquea, cloca. El gallo canta, cacarea. El gato maúlla, bufa, ronronea, maya. El león ruge. El lobo aúlla, ulula, otila. El loro carretea. El mochuelo ulula. El mono chilla. El oso gruñe. La oveja bala, balita, balitea. El pájaro trina, gorjea, piola, gorgorita. La paloma arrulla, zurea, cantalea. La pantera himpla. El pato grazna, parpa. El pavo gluglutea. La perdiz cuchichia, titea, ajea, serra. El perro ladra, gañe, late, gruñe. El pollito pía. La rana croa, groa. El rinoceronte barrita. La serpiente silba. El toro brama, muge, bufa, aturnea. La vaca muge, remudia, brama. Y yo me quedo calladito, asustado por el alboroto que se ha organizado en la granja.
(Archivo musical eliminado)
La carretera está húmeda por la neblina. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para sacarla a bailar. El coche dibuja los giros con agilidad de pianista. Él conduce. Aunque hace frío, ella se ha puesto el vestido blanco que a él le gusta. Le mira los muslos. Ella ríe a carcajadas y tira un poco del extremo de la falda. Empieza a chispear. La carretera se retuerce como una serpiente herida, pero él pisa el acelerador un poco más. Está ansioso por llegar a la casa, por encender la chimenea, por ver cómo cae ese vestido para desvelar la piel tibia y pecosa. No corras tanto, le pide ella, no somos inmortales. Él afloja un poco, pero le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y esa curva imposible les alcanza demasiado pronto.
Un borrón desenfocado, zarandeos, un estruendo, una lluvia de cristales, el chirriar del metal. Y el silencio.
Él sale por la ventanilla y se arrastra a gatas. Tiene un velo delante de los ojos, una bruma gris que lo inunda todo. Mira hacia el coche volcado. Una rueda gira desquiciada. El techo está hundido en la parte de ella. Se pone de pie y corre. Ella está aprisionada pero viva. Algo le ha rajado el costado, haciéndole jirones el vestido y la carne. Chorrea sangre, pero muestra una sonrisa brevísima antes de la mueca de dolor. Un trueno estalla y empieza el diluvio.
Bomberos, ambulancia, hospital, gritos, miedo podrido en el paladar, puñetazos a la pared, noches en vela.
Después de unos días, ella habla al fin, poco, susurrándole al oído. Si me quedase, ya sabes, no quiero máquinas. Anda, calla, aún darás mucha guerra. Duerme un poco. Los médicos todavía no le han dicho a ella que sus piernas ya no son suyas. Él no ha reunido el valor para hacerlo. Cuando ella duerme, él llora en silencio, hecho un nudo en el sillón de skay, mirando las pecas de su nariz y ese pelo cobrizo derramado sobre la almohada, y se abraza para intentar sacarse de las tripas esa niebla helada.
Cinco días, sueños de fiebre en una butaca, sándwiches de máquina, charlas intrascendentes. Suspiros.
En cuanto te pongas bien nos vamos a ir seis meses, qué digo, nos vamos a ir un año de viaje. Autobús o tren, donde nos lleven. Si nos apetece quedarnos dos semanas en un pueblito perdido en un valle, pues nos quedamos. Le pasa la mano por la frente. Ella sacude la cabeza. No, dice, yo quiero un viaje programado, lleno de jubilados, con muchos viejos verdes que me toquen el culo y muchas señoras repintadas que te saquen a bailar. Ríen, y él siente los ojos más y más pequeños mientras la mira.
Cambia la butaca por el sofá de casa. Duerme vestido, agarrado al móvil. Legañas y autobús al hospital, a diario.
Una mañana entra en la habitación y se encuentra las sábanas en el suelo. Ella está tendida en la cama, mirándose las piernas, temblando, apretando los dientes. Le mira, pero a él le resulta imposible hablar. Se frota los ojos para apartar la niebla, pero es inútil. Se ha quedado sin aire y siente un remolino turbio en el pecho que engulle cualquier palabra. Ella se desgarra la garganta con un grito.
Negación, ira, negociación, depresión. Palabras de médico. Vuelta a casa en un coche que huele a nuevo.
Un martes de cielo deshecho, él vuelve del trabajo y se encuentra la calle llena de gente. Una ambulancia. Un círculo de cabezas que miran al mismo centro ominoso. Un sabor conocido a miedo rancio. No sabemos nada. Déjenme pasar. Un policía se interpone. Vivo ahí mismo. En qué piso. Segundo izquierda. Acompáñeme. Le agarra del antebrazo mientras se lo lleva aparte. La bruma en sus ojos se hace más intensa.
Cae de rodillas, el pensamiento hecho humo. Unas cortinas en el segundo ondean por fuera. Un grito eterno.
La carretera está mojada por la lluvia. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para obligarla a bailar. El coche dibuja los giros con sacudidas de animal moribundo. Él mira el otro asiento a través de las lágrimas. Está vacío. Le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y allí está ella, riendo a carcajadas y tirando un poco del extremo de la falda. No somos inmortales, le dice. Aún no, contesta él. El velo que cubría sus ojos ha desaparecido. Agarra con fuerza el volante y lo mantiene recto, dejando que el coche se trague la curva. El asfalto se convierte en gravilla, la gravilla en tierra, la tierra en aire.
El motor se acelera. Al instante, un rugir de viento y la ingravidez que le levanta del asiento.
Él suelta el volante y mira hacia ella. Se ha convertido en una gema que refleja una imagen en cada faceta y él la hace girar, fascinado. Dos manos sobre un tomo del Decamerón. Miradas cruzándose. Un teléfono escrito en un papel. Él sobre el césped. Ella empapándolo con una manguera amarilla. Su risa. Un cachorro de cocker con un lazo rojo. Dos reproches amargos. Sus uñas pintadas de negro. Su sonrisa. Vaqueros y calcetines. Un iris verde líquido. Ella saltando sobre aquella hoguera en la playa. Una discusión a las puertas de un teatro. Su sonrisa. El vello rojizo de su nuca. El hueco de su clavícula. Su sonrisa. Sus pecas. Esa sonrisa.
Verde profundo, dorado dulce, eucalipto rugoso, azafrán, sangre, cobre, lengua, carne, ceniza, humo. Dios.
El coche se desploma, y el aire ruge mientras se abre para dejarle paso. La realidad ha adquirido un sosiego desconocido y se entretiene en cada detalle. El coche sigue cayendo, cada vez más despacio, hasta que se detiene en el aire. Las motas de polvo se han quedado inmóviles en un fotograma congelado para siempre. No somos inmortales, escucha. Aún no, piensa. Y aunque ella está gritando, él vuelve a ver esa sonrisa.
Su sonrisa.
En textos narrativos, la raya se utiliza para introducir o enmarcar los comentarios y precisiones del narrador a las intervenciones de los personajes.
No se escribe raya de cierre si tras el comentario del narrador no sigue hablando inmediatamente el personaje:
—Espero que todo salga bien —dijo Azucena con gesto ilusionado.
A la mañana siguiente, Azucena se levantó nerviosa.
Se escriben dos rayas, una de apertura y otra de cierre, cuando las palabras del narrador interrumpen la intervención del personaje y esta continúa inmediatamente después:
—Lo principal es sentirse viva —añadió Pilar—. Afortunada o desafortunada, pero viva.
Cuando el comentario o aclaración del narrador va introducido por un verbo de habla (decir, añadir, asegurar, preguntar, exclamar, reponer, etc.), su intervención se inicia en minúscula, aunque venga precedida de un signo de puntuación que tenga valor de punto, como el signo de cierre de interrogación o de exclamación:
—¡Qué le vamos a hacer! —exclamó resignada doña Patro.
Si la intervención del personaje continúa tras las palabras del narrador, el signo de puntuación que corresponda al enunciado interrumpido se debe colocar tras la raya que cierra el inciso del narrador:
—Está bien —dijo Carlos—; lo haré, pero que sea la última vez que me lo pides.
Cuando el comentario del narrador no se introduce con un verbo de habla, las palabras del personaje deben cerrarse con punto y el inciso del narrador debe iniciarse con mayúscula:
—No se moleste. —Cerró la puerta y salió de mala gana.
Si tras el comentario del narrador continúa el parlamento del personaje, el punto que marca el fin del inciso narrativo se escribe tras la raya de cierre:
—¿Puedo irme ya? —Se puso en pie con gesto decidido—. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.
Si el signo de puntuación que hay que poner tras el inciso del narrador son los dos puntos, estos se escriben también tras la raya de cierre:
—Anoche estuve en una fiesta —me confesó, y añadió—: Conocí a personas muy interesantes.
(Diccionario panhispánico de dudas, 1.ª edición, 2005)
Después de darle muchas vueltas, he decidido añadir comentarios a esta web. La tranquilidad de no tenerlos es impagable, pero la sensación de aislamiento se hace difícil de llevar a veces, sobre todo en una web como ésta en la que, más que en otras situaciones, la opinión de los lectores es valiosa.
Una vez decidido, y tras un ratillo escribiendo un poco de PHP, están funcionando los comentarios. Portaos bien.