Vamos con un nuevo experimento. Os propongo escribir un relato basado en una música concreta. La extensión y la temática son libres. Puede ser un texto inspirado en la música de forma indirecta o que base su trama en ella. Vosotros mismos.
(Archivo musical eliminado)
Si os animáis, enviadme vuestro relato a la dirección jobedom@gmail.com antes del lunes 5 de marzo. Ese día publicaré aquí el mío y los que haya recibido.
Actualización: El relato que escribí para este ejercicio resultó premiado. Vivir para ver.
Pero qué tonta eres, Lucía (pronúnciese «tonta» convirtiendo la ene en bilabial). Según esta payasa, no citar los párrafos literales del psicólogo Jorge Castelló que ella incluyó en su libro Ya no sufro por amor, fue un «error material». Efectivamente, un error. Gran error, como pueden confirmar el propio Jorge Castelló, que entra en el club de damnificados fundado por Antonio Colinas y Elizabeth Wurtzel.
Queríamos un mundo mejor, de paz y afabilidad, y la felicidad para todos;
queríamos matar la guerra que vosotros traíais con vuestra avidez. ¿Por qué
nos reprocháis la poca sangre que debimos derramar para imponer el reino de
la justicia y la felicidad? Lo que pasaba… Lo que pasaba era que no se
precisaba mucha, no había que perder tiempo, e incluso valía la pena enrojecer
toda el agua del Carnasco, aquel día en Stavello, también era sangre nuestra,
no la escatimábamos, sangre nuestra y sangre vuestra, lo mismo daba, pronto,
pronto, los tiempos de la profecía de Dulcino urgían, había que acelerar la
marcha de los acontecimientos…
Temblaba de pies a cabeza, y se pasaba las manos por el hábito como si
quisiese limpiarlas de la sangre que estaba evocando.
—El glotón ha recuperado la pureza —me dijo Guillermo.
—Pero, ¿es ésta la pureza? —pregunté horrorizado.
—Sin duda, no es el único tipo que existe —dijo Guillermo—, pero en cualquiera de sus formas siempre me da miedo.
—¿Qué es lo que más os aterra de la pureza?
—La prisa —respondió Guillermo.
Extraído de El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
Dice Félix de Azúa:
Los primeros románticos (que eran los buenos) afirmaban que toda gran obra ha de
ser necesariamente incompleta, fragmentaria, inacabada. La ambición intelectual y
artística ha de ser tan descomunal como para hacer imposible el acabamiento.
La obra maestra, como Ícaro, ha de terminar hundiéndose en el mar tras haber divisado la orla del sol.
Estos días tengo a Yo-Yo Ma como música de fondo non stop durante las sesiones de escritura. Uno de sus discos, Hush es un mano a mano de violoncelo, el suyo, y voz, la de Bobby McFerrin. La décima pista del disco es una versión imprescindible del Ave María, y esto os lo dice alguien que suele apasionarse poco con la música. Buscando en YouTube, me encuentro con esta joya en la que el genio McFerrin interpreta ese Ave María, pero en versión para voz y público. Así, como suena. Impresionante.
Lo mejor es escribir sin un plan previo y dejarse guiar por la inspiración.
Véase el mito anterior.
Antes de ponerte a escribir tu novela, es imprescindible confeccionar un esquema detallado con las escenas que contendrá.
Mentira podrida. Hay escritores que necesitan esquema previo y los hay que no. El problema está en que ambos tipos de escritor aseguran que su forma es la única de conseguir una novela sólida y fresca. Los que tiran de esquema argumentan que si no se usa la novela perderá fuerza a medio camino y será muy difícil terminarla. Los que tiran de inspiración argumentan que un esquema sólo sirve para matar las ganas de contar la historia. En realidad, un esquema detallado y un primer borrador son dos cosas muy similares. La única diferencia es cómo lo llamas y el nivel de detalle. Pues eso.
Escribe sobre lo que conoces.
Mentira podrida. Si escribiéramos sólo sobre lo que conocemos, las novelas serían aburridísimas. Todas. Se trata de inventar, de imaginar, recurriendo a lo que uno conoce para conseguir verosimilitud. Si decides escribir una escena sobre la coronación de un mendigo, desde el punto de vista del mendigo, recuerda y revive lo que sentiste aquella vez que tuviste que hablar sin previo aviso delante de cien personas. Pues eso.
Crea tu protagonista de forma que el lector objetivo pueda identificarse con él.
Mentira podrida. Si tu lector es un contable que lidia con números durante ocho horas al día, lo último que quiere es leer la historia de un contable que lidia con números ocho horas al día. Identificación no es clonación. Quien lee una novela suele hacerlo por un motivo: evasión. Pues eso.
Creo que he identificado el problema, esa piedra enorme que desde hace meses se me ha puesto delante, bloqueándome sin remedio. A ver si consigo explicarme sin sonar demasiado pedante.
No quiero que mis historias resulten bonitas. Quiero conseguir sacarle al lector una carcajada, un escalofrío, un vómito o incluso un improperio.
No quiero escribir más historias blandas, pasteurizadas, revisadas y envasadas al vacío. Lo que quiero es abrirme las venas y dar de beber al lector.
Al carajo la corrección política.
Me vuelvo al procesador de textos.