Holly Lisle, acerca de por qué escribe:
I write to tell stories, to pay the bills, to change the world, to explore all the facets
of life that I haven’t quite made sense of yet. But at bottom, if I’m brutally honest
with myself, I’m seeking approval. I am a mass of raging egotism and screaming
insecurity, and those two characteristics, bundled tightly and wrapped in with a
weird childhood and a vivid imagination, have produced a writer.
Therapy would probably cure the problem.
Una traducción de andar por casa:
Escribo para contar historias, para pagar las facturas, para cambiar el mundo,
para explorar todos esos aspectos de la vida que aún no he conseguido entender.
Pero, en el fondo, si soy cruelmente honesta conmigo misma, lo que busco es aprobación.
Soy una amalgama de egoísmo salvaje y de inseguridad brutal, y esas dos características,
unidas a una infancia extraña y a una imaginación intensa, han producido una escritora.
Quizá podría haber solucionado el problema con terapia.
People don’t realize that the “big break” is an accumulative thing.
The “big break” comes from small fractures.
—John Kapelos
Después de leer esta anotación —en inglés— de Sheila Kelly sobre lo que hace falta para ser escritor, me quedo con la sensación de que hay poco más que decir al respecto. Poco más excepto ofrecer aquí el enlace, que es justo lo que acabo de hacer.
Creo que voy a imprimir las frases clave de la anotación y a pegar el papel a mi monitor, para tenerlas siempre delante.
Me vuelvo al procesador de textos.
REF. 2388 - Hombre de 42 años, con bigote, con fines formales, soltero, amante de la música y de los paseos tranquilos, busca mujer con las mismas características. Sin bigote. Espero tu mensaje.
REF. 2389 - Vendo traje de novia a estrenar, talla 68. Abstenerse bromistas y propuestas de reintento, Julián, que te conozco.
REF. 2390 - Holaaa soy 1 xica d bcn k kiere kncer xicos mjos pra amstad o l k srja. tngo 19 años y buen crpo.
REF. 2391 - Se venden cachorros de labrador. De perro. Perfectos para el campo: perritos agrónomos. 2 color canela, 1 negro y otro blanco con manchas en forma de diversas frutas. Muy cariñosos.
REF. 2392 - Perdido anciano en el barrio de la Concepción. Responde al nombre de Nicolás. Lleva chaqueta con coderas y zapatillas de paño. No es agresivo. Se gratificará.
REF. 2393 - Qué tal, coleguis? Me gustaría encontrar una pandi chuli para salir por ahí a pasárnoslo guay, jijiji. Soy de Palma de Mallorca, me llamo Pili y tengo 52 años.
REF. 2394 - A la tartamuda de 19 años de Barcelona. Llámame y salimos a tomar algo. Me llamo Juan. No me importa tu defecto. Yo soy estreñido. Te espero.
REF. 2395 - A Pili de Palma. El mes que viene pasaré una semana allí. Me gustaría conocerte. Deja un mensaje en mi buzón. Me llamo Juan. No me importa tu defecto. Yo soy estreñido. Te espero.
REF. 2396 - Chico joven, de constitución fuertecita, romántico, preparando oposiciones, desea encontrar chica que no tenga prejuicios, para compartir planes y proyectos. Yo te doy planes y tú me das proyectos. A mí me sobran e incluso tengo repes. Deja forma de contacto en el buzón.
REF. 2397 - Me llamo Nicolás y busco mujer madura con casa propia para empezar una nueva vida. Ofrezco pensión y algunos ahorros.
REF. 2398 - Busco anuncio publicado en 12 de junio en esta misma página, referente a venta de una vespa roja con cromados. De vital importancia. Contiene teléfono. El anuncio, no la vespa. Cualquier información, estaría muy agradecido. A la mayor brevedad, ruego contacten conmigo, sírvanse recibir un atento saludo.
REF. 2399 - A Nicolás. Me encantaría conocerte y compartir piso contigo. Deja un mensaje. Me llamo Juan. No me importa tu defecto. Yo soy estreñido. Te espero.
REF. 2400 - Me llamo Luciana, pero todos me llaman Luci. Tengo 26 años y soy de Úbeda. Me gustan la música folk, las croquetas con tropezones y salir a pasear cuando está lloviendo. Me encantaría conocer a un chico agradable, simpático y sobre todo limpio. No soporto las mentiras y tengo muy buen olfato. Deja teléfono de contacto.
Está bien esto de trabajar en un hospital, pues te enteras pronto de ciertas cosas. También es verdad que algunas veces desearías no haber preguntado. Alonso me acaba de contar el resultado del espermiograma que le hicieron a mi padre hace dos semanas. Sus espermatozoides no tienen flagelo. Ninguno de ellos. Se lo he preguntado a Alonso mientras tomábamos un café, de pie, al lado de la máquina. Él se ha mirado los zapatos, ha tosido despacito, me lo ha dicho y se ha ido, azoradísimo, sin tan siquiera terminar su descafeinado. Dieciocho de marzo. Tendré que preguntarle a mi madre a quién le entrego yo mañana el pack de colonia y aftershave que compré el viernes.
Íbamos cuatro invitados, pues así lo manda la tradición. La hija de la familia Senmatsu, Asami, hizo de hanto. Nos llevó a través del jardín hasta el machiai, donde me escogieron a mí como invitado principal. Asami nos mostró por un instante el sayu, un cuenco, e inmediatamente nos llevó al koshikake machiai: un tronco para sentarnos. Sonrió, y nos dijo que esperásemos al koshikake. Ya eran las seis menos veinte. Mientras esperaba no sabía qué, suspiré acordándome de mi sencillo Surb Eaton en bolsitas, dentro de la humeante tetera, a las cinco en punto. Como debe ser.
Él girocambó el marcueto. No tenía ni una máspide que pudiera encorosonar sus pelicerios. Ella señaló al mampo, ambliada, treciculada con los mángilos estremporosos. Darcisiado, columbó las bampas, dejando traslundear cada párfilo de su flos, pero ella garbanteó micriniosa, pues no quería perpentizar lo que ya estaba asubalado. La prapinia estaba motén. Los galgarimazos chuterraban de ofilio en ofilio y él se preguntó qué lúmbicas necesitaría para encorotinar aquella társela. Pero no tuvo que grombear. Ella se destercionizó por sí misma mientras la noctátida negurgía.
Llueve en el puerto de Amalfi. Un perrillo se acurruca junto a unas cajas en un intento de abrigo. Su pelo chorrea. Sus ojos también. Lagrimean como lo hacen los ojos de perro; esa forma discreta de llanto a veces confundida con infección o con secreción natural. A veinte pasos hay una casucha con la fachada encalada, y en la fachada hay una ventana plomiza, y en la ventana hay una imagen de mujer que se funde con el reflejo de las nubes barrigudas y oscuras. La mujer mira el horizonte. Su cabello está seco, pero sus ojos chorrean, como los del perro. Lagrimean de esa forma en que sólo lo hacen los ojos de las esposas de los marineros; una forma discreta de llanto a veces confundida con tristeza sencilla o con frustración. Pero es soledad profunda, amarga y ronca. Llueve en el puerto de Amalfi, y mucho más allá. Las olas suicidas se destrozan la cabeza contra el espigón. El perro mira a esa mujer dentro de la casa seca y caliente, y llora. La mujer mira el horizonte escondido detrás de la lluvia, y llora.
Carlos coloca el trípode sobre el césped. Fija el telescopio con cuidado de matrona. Se agacha y mira por él. Rosario le grita desde el interior de la casa. Eres un inútil que ya me lo avisó mi madre y quién me mandaría a mí. Los insultos rebotan contra los ladrillos y las jardineras, pero Carlos sigue mirando, absorto, sordo de tan abiertos que tiene los ojos hacia el exterior, hacia ese infinito de lo alto. Carlos sigue mirando. Rosario sigue gritando. Y él se da cuenta, con una sonrisa, de que aún no había quitado la tapa al telescopio.
Mariví compra cigarrillos aunque no fuma. Los enciende y los coloca en el cenicero, encajando precisamente el límite del filtro en la hendidura del cristal. Luego se queda quieta contemplando cómo los bordes oscuros de la brasa van avanzando por el papel, cómo ese borde irregular avanza cambiando a cada instante. Pero lo que más le gusta es mirar el humo retorcerse y subir, elástico y lánguido. A veces Mariví se mete en una cafetería, pide un café, se sienta al lado de un fumador y mira el humo, sin más. Habrá quien la confunda con una soñadora, piensa divertida.