Cuatro escritores invitados y un quinto escritor como presentador, graciosete él, charlan sobre la escritura de novelas de misterio. En realidad, acaban hablando de la escritura en sí, de las manías, los ritos previos a las sesiones de tecleo, o las técnicas para desarrollar una historia. Interesante. En inglés.
Juli aprieta la nariz contra el escaparate para contemplar una vez más la videoconsola. Su madre se la ha prometido para su cumpleaños, pero Juli hace las cuentas y descubre que quedan ocho, no, once, no, quedan muchos meses aún hasta que cumpla los veintinueve. Se imagina el juego de fórmula uno, y lame con la mirada esas teclas brillantes. Sabe que sólo necesita la videoconsola para ser realmente feliz. En cuanto la tenga todo será perfecto, aunque tenga que esperar doce, no, diez, no, muchos meses todavía hasta su cumpleaños. Ójala pudiera hacerle comprender esto a su madre, jolín.
A continuación de la conferencia, Bradbury se somete a las preguntas de un entrevistador un poco bisoño. Por suerte, el escritor va a su bola y convierte lo que podría haber sido una entrevista bastante estándar en una ampliación de su charla. Al igual que la conferencia, el vídeo está en inglés.
Ray Bradbury cuenta durante una hora los motivos por los que es escritor, y ofrece una serie de consejos que, por suerte, están bastante alejados de los tópicos de costumbre. En un momento de la charla asegura que no ha trabajado ni un solo día en su vida y por el modo en que lo dice uno sabe que es totalmente cierto. La conferencia está en inglés, sin subtítulos, pero merece la pena afinar el oído.
A Ismael le gusta el frío. La tiritera producida por el viento helado le hace sentirse vivo, que no es un pedazo de madera, ni una piedra. En verano Ismael piensa más despacio, con la torpeza de un nadador en una piscina de gachas, pero en invierno las ideas le restallan en la cabeza como calambrazos involuntarios, chispazos de conciencia que viajan rápidamente por el interior del cráneo. Por eso cuando el Ibiza patina sobre la placa de hielo y se precipita desde el puente hacia el río de agua gélida, sabe al instante y sin dudas que está muriendo.
En el salón hay un cuadro que no me atrevo a mirar. Tampoco me atrevo a descolgarlo. Soy yo misma, con cuarenta y tantos años menos, en un retrato que encargó mi padre cuando cumplí los dieciséis. Entonces me pareció un regalo estupendo, pero llevo décadas viéndome esa cara de boba que me recuerda lo que era y lo que he llegado a ser, que me obliga a pensar en todo lo que pude ser y no fui. En esos ojos tan abiertos se acumulan las posibilidades, buscándose hueco a codazos sin saber que están muertas desde hace mucho tiempo.
Diego va a diario a la esquina entre la calle Mayor y la calle Encomienda. Hace veintidós años quedó allí con Lucía, que no se presentó jamás. Desde entonces él va a esperarla cada día a las cinco. En el taller todos le llaman Penélope, pero Diego no se lo toma a mal. Esta tarde llueve. Se abre una ventana y una mujer chista. Le hace gestos de tomar café y él asiente. Ella le grita el piso y la puerta. En ese momento Diego comprende, con la certeza cayendo como una losa, que Lucía nunca se presentará. Y sonríe.
Le gusta su trabajo. Le encanta cortar el jamón en lonchas finas como el papel y la mortadela de aceitunas en rodajas gruesas para bocadillo. Juega a adivinar qué tipo de queso gustará al cliente que le pide consejo. Le encanta el olor de la tienda, a salchichón curado y a algo indefinible, como corcho húmedo. Ese olor le recuerda la alacena de la abuela. Cuando entra en la tienda alguien desagradable, escoge con mimo el jamón más reseco y algún queso insípido. Y así, con el fiambre como arma, se tranquiliza pensando que devuelve al mundo algo de equilibrio.
Mercedes mira por la ventana hacia la esquina. Un hombre pasa allí las tardes desde hace meses. Llega a las cinco, mira a ambos lados, y se queda allí de pie hasta las nueve. Entonces se marcha, caminando con tranquilidad. No parece esperar a nadie. Mercedes se asoma cada tarde como la que tiene una cita. Hoy llueve a cántaros, pero él ha venido. Mercedes abre la ventana, chista, y hace con la mano el gesto de llevarse una taza a los labios. Él asiente y Mercedes le grita «segundo-ce». La voz se le ha roto un poquito al final.
Fiesta de nochevieja en el Strobo. Carlos, Parri y el Gordo retan a Yago. Una botella de Tanqueray a que no le das un muerdo a ésa. ¿A quién? A la pelirroja del vestido negro. Yago lo sopesa: será bofetada o Tanqueray. Se acerca a ella y le dice algo al oído. Ella asiente, agarra la cabeza de Yago por las orejas y procede a introducirle la lengua hasta la campanilla. Una de las amigas de la pelirroja se acerca hasta la barra. Parri también. Él, con cara de fastidio, pide una botella de Tanqueray. Ella, refunfuñando, una de Ballantine’s.