Tiene un cuadernito que siempre lleva consigo. En él apunta todas las palabras que le resultan simpáticas, las que le hacen sonreír. Apunta el «paparruchas» con que el frutero contesta a una señora que pregunta si los aguacates engordan. Anota furtivamente el «corrusco» con el que un hombre en la panadería se refiere al extremo de una barra. Escribe y escribe. «Alverjón», «talayote», «jirón», «capirotazo», «fulcro». Esta mañana ha dudado un segundo entre tirar el cuaderno o abrir una nueva sección para palabras que duelen. Al final, ha hecho lo segundo. Lloroso, ha anotado un «adiós» con letras de molde.
A ver, ¿dónde dejé mi productividad? Ah, sí: la perdí cuando encontré esta enorme lista de enlaces para investigar. Maldita Internet.
Tobías acercó la cara al escaparate hasta tocar el cristal con la punta de la nariz. Aguantó la respiración para no empañarlo y miró a un punto en el interior. Ahí estaba, con sus filos lisos y brillantes. Era perfecto.
Cada tarde cuando volvía de judo se paraba ante la tienda para mirar ese juego de ajedrez. Lo deseaba con un ansia que le golpeaba la boca del estómago. Aún más, lo necesitaba porque estaba convencido de que ese ajedrez era lo único que le faltaba para ser feliz. Por desgracia, sus padres no pensaban lo mismo y no entendían la urgencia. Ya les había pedido que se lo compraran, pero lo único que obtuvo de su madre fue un gesto de manos pidiéndole paciencia, que tal vez, que ya verían, que quizá para su cumpleaños. Su padre ni siquiera le había contestado. Sólo había soltado su gruñido especial, ese que era casi un jadeo. Eso significaba «qué estupidez» y Tobías lo sabía bien.
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25/9/2006 - 4:16 • Ficción • 2.162 palabras
Una mujer empuja un carrito. Sobre él, una niña que debe rondar los diez meses protesta en un idioma propio, pidiendo bajarse. A pesar de las correas y los cierres de seguridad a prueba de niños, consigue deslizar una pierna fuera de la sujección y girarse por completo sobre el carro. Coloca la barbilla sobre el borde del respaldo y se agarra con las dos manos. Mira a su madre. La mujer le sonríe, la recoloca y le ajusta las correas. Mientras lo hace, le habla con voz cantarina. Cuánto te quiero, corazón mío, pero qué guapa es mi niña.
Tengo una debilidad especial por las abstracciones. Debe ser que mi cabeza no está tan hueca como parece. Seguro que está llena de helio. Así, en cuanto intento profundizar sobre un tema determinado, acabo subiendo en el nivel de conceptualización, pasito a paso, hasta que me encuentro pensando en cómo pienso sobre lo que creo que es pensar sobre ese tema.
Todo esto viene a que me apetece escribir sobre cómo escribimos. O sobre cómo escribo, para ser más exactos. Metaescritura, si lo preferís. Lo que describo aquí es el proceso que yo sigo, y no se me ocurriría sugerir, ni en broma, que es el mejor proceso a seguir, que es el correcto o que es así como hay que hacer las cosas. Simplemente, a mí me funciona y me permite obtener un texto con el que no estoy del todo desconforme. Eso ya es mucho.
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25/9/2006 - 4:02 • Artículos • 1.013 palabras
El impulso de escribir se origina muchas veces por un extraño picor, unas ganas de escribir como alguien ya ha escrito. Los que disfrutamos inventando historias reconocemos esa sensación de “eso lo podría escribir yo”, y es justo eso lo que te empuja a intentarlo. Al principio, como ocurre en muchas otras actividades, imitamos a los autores que hacen que sintamos ese clic interior cuando un texto nos cuadra, cuando funciona para nosotros. Y es eso lo que empieza determinando la forma y el estilo de lo que uno escribe. El caso extremo de esto son los fanfics, donde alguien que está fascinado por determinado universo inventado y por sus personajes siente la necesidad de escribir dentro de ese mundo. Alguien que escribe nuevas aventuras de McGyver, por poner un ejemplo, porque lo que ya ha visto le sabe a poco.
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25/9/2006 - 3:59 • Artículos • 802 palabras
Acabo de ver, una vez más, la película “El resplandor”. Hace poco leí que una película es buena cuando no puedes evitar verla hasta el final, independientemente del punto en que empieces a verla, y me parece una definición estupenda. Según eso, “El resplandor” es una buena peli para mí. Merece la pena que la veas si no lo has hecho ya, aunque sólo sea por ver funcionando juntos los talentos de las dos K —Kubrick y King— y una fotografía que me parece genial, más de quirófano que de película de terror, pues hay muchísima luz en todos los planos y me deja siempre la sensación rara de estar viendo algo que ya he soñado. Y, fíjate tú, que mientras la veía estaba pensando que era el ejemplo perfecto para una cosa que quería contarte desde hace unos días.
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25/9/2006 - 3:49 • Artículos • 1.196 palabras
Mi barrio es especial porque en él vive un boxeador. Y un panadero, un maestro perfumista, un pastor de ovejas y un guardaespaldas. También tenemos un pintor de retratos y otro par de docenas de oficios interesantes. Y todos ellos coinciden en la misma persona. Aquilino. Al menos, eso es lo que cuenta él.
Pocos conocemos su nombre. Para la mayoría es «el arrastrao», sin más. Él responde tanto al apodo como al nombre, con esa sonrisa y esa indiferencia levemente lejana que flota a su alrededor como una niebla misteriosa, dulce y azul. Arrastrao, anda, le dice Tico algunas tardes en el bar, acércale este décimo de lotería a Macías. Y que te lo pague. Y Aquilino sonríe, toma el décimo con la punta de los dedos y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego mira a Tico durante unos segundos, como sopesando si se merece el favor, sonríe, y sale del bar arrastrando los pies. No sabemos mucho de él, pero todos confiamos en su palabra. Es como si le quitaras la monda a una persona y la dejaras con la pulpa al aire, igual que uno hace con una naranja, porque a pesar de su aspecto se nota que Aquilino es un caballero. Se le ve en la forma de mirar.
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21/9/2006 - 15:59 • Ficción • 2.084 palabras
Decir que Xosé es traductor e intérprete es decir muy poco. Recomendables todos sus artículos, aunque para mí el imprescindible es “Rayas, signos y otros palitos”.
Muchas veces oímos decir que las comparaciones son odiosas. En la escritura no lo son tanto, al menos en cuanto a comparar los textos que uno lee y los textos que uno escribe. Es una forma estupenda de encontrar técnicas que funcionan e intentar aplicarlas en los textos propios.
Todos hemos leído relatos que nos han dejado la sensación de ser mucho más grandes de lo que aparentan, de ser relatos con raíces profundas de los que sólo vemos un tallito y unos pocos brotes. No se a vosotros, pero a mí me suelen impresionar, contando con que estén bien escritos, por esa sensación de profundidad que producen.
El tema de que estén bien o mal escritos lo dejamos para otro día (escaqueo estratégico). Para lo que quiero contar vamos a darlo por hecho, porque quiero hablaros precisamente de esa sensación de profundidad.
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13/9/2006 - 18:17 • Artículos • 1.547 palabras