Mr. Sandman
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Buscando información sobre la tradición del madrileño viaducto de Segovia como trampolín para suicidas, me encuentro con un artículo publicado en El Mundo a propósito de la instalación, en octubre de 1998, de unas barreras transparentes que impiden los saltos atomalpolculotó. Un fragmento de dicho artículo:
Hay muchos nombres que milagrosamente han saltado, y nunca mejor dicho, de la macabra lista negra de este puente madrileño. Son abortos de suicidio que se deben a personas como Carmen Montiel, aquella psicóloga del Samur que en octubre del 96 salvó al treintañero Juan Carlos. «Haz lo que quieras, pero antes de irte dame un beso», le dijo antes de sujetarlo por el brazo.
En otro artículo al hilo del tema:
Desde el Puente de Nankín, en el río Yangtsé, han saltado más de dos mil chinos en los últimos cuarenta años. Aquí, el sistema para impedir los suicidios es algo más primitivo pero sin duda más humano. Un humilde tendero llamado Chen Si se hizo famoso en 2004 por patrullar el puente de arriba abajo para convencer a los posibles suicidas de que no merecía la pena tirarse. Según Chen, «los suicidas son fáciles de reconocer: caminan como si no tuvieran alma».
No me digáis que las musas no tienen su puntito. Cuando quieren.
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Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
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Cada vez que leo a Julio Cortázar me dan ganas de dejar de escribir y dedicar el tiempo libre al macramé.
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Un dedo con la uña mordida se desliza por el fino papel, siguiendo una línea de letras escritas con pluma y tinta negra. Letras pequeñas, apretadas, casi de molde si no fuera por el aire infantil de las aes y las oes.
Ella detuvo la mano a medio camino entre el azucarero y la taza. No podía dejar de mirar el azúcar.
—Te abandono —dijo, ausente.
—Llevaba años esperándolo —contestó él.
—No lo he podido evitar.
—Me imagino. Bueno.
—Bueno.
Él sorbió el resto del café.
—Hasta la noche, querida. No olvides recoger mi traje gris del tinte.
Ella asintió de manera mecánica, aún mirando el azúcar. Él salió de la cocina.
Sonó un portazo.
Aflojó un poco los dedos en torno a la cucharilla. Su contenido cayó despacio sobre el mantel y cubrió por completo una mancha de mermelada de frambuesa.
Javier del Barco y González-Asther dirige su empresa como aprendió de papá: con disciplina y seriedad. Esta mañana ha abroncado a Julia, la chica de recepción, por su exceso de maquillaje y su falda corta. Por la tarde, a solas en casa, Javier del Barco y González-Asther se maquilla frente al espejo. Aprieta los labios para extender el rouge, extiende la sombra de ojos y se aplica el rímel. Mientras lo hace recuerda el cutis de Julia, la chica de recepción, y lo bien que le sentaba la minifalda a la muy guarra. Mañana la despedirá, decide: disciplina y seriedad.
Tono intenta regalar su transistor a pilas. Lo ofrece a los que se cruzan con él en la avenida, pero nadie se lo queda. Quita, idiota, que llevo prisa. No, bonito, ya tengo radio. Incluso algún empujón en silencio. Pero Tono no se da por vencido: seguirá ofreciendo su transistor porque es mágico, porque sabe que si le pides un deseo a la voz que suena por las noches te lo concederá como el genio de un cuento. Tono intenta regalar su transistor a pilas porque él no puede decidir qué pedirle a esa voz. Y eso le hace llorar.
Los niños no tienen pasado ni futuro, por eso gozan del presente, cosa que rara vez nos ocurre a nosotros.