Libro de K. Eric Drexler sobre nanotecnología, disponible de forma gratuíta.
A mis padres les gustaba ir a la huerta de Concepción porque era una forma de salirse de la monotonía del pueblo entre semana. A mí me gustaba ir porque era cambiar un mundo amplio y somero, de calles embarradas, rutina y potaje, por otro concentrado y profundo; un mundo de hondura verde, un misterio de calabazas y habas tiernas que me encendía las mejillas y las ganas de imaginar. Aún hoy me gusta pasear a primera hora por el jardín de la residencia y aspirar profundamente el frescor del césped recién regado, a pesar de que ese olor siempre me trae los recuerdos de aquella huerta.
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11/9/2006 - 15:25 • Ficción • 3.677 palabras
Crawford Killian ofrece este librito en formato PDF sobre técnicas de escritura de novela.
Están enjabonando mi vida, me digo. Agua, mistol, una esponja de gomaespuma y frotar hasta que sangren los pulpejos. Entonces van cayendo los recuerdos como desconchones que uno escarba con la uña. Mi madre removiendo el brasero de picón durante las sobremesas ingrávidas de telenovela y ganchillo. El yoyó luminoso de Javi que destrocé, por pura envidia, con aquella piedra verdosa. El ciempiés que se revolvió cuando la levanté segundos antes.
El bosque. La zorra colándose de noche por la ventana, con la boca chorreante de espumarajo. Los recuerdos reales y los que alguna vez inventé se mezclan como el detergente y el agua en el cubo de lata, sin que sea posible decir después qué es una cosa y qué es otra.
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10/9/2006 - 19:19 • Ficción • 1.477 palabras
Se abrochó los puños de la camisa y se puso la chaqueta. A pesar de que la tela del uniforme de verano era bastante ligera, sintió el sudor deslizarse espalda abajo, como si el mismo hecho de ponerse el traje fuese la señal para empezar a chorrear.
Suspiró. El trabajo de revisor no era malo. Aburrido, eso sí. Pero uno tiene un sueldo seguro a final de mes, que los niños más que comer devoran y ahí te quiero ver. De vez en cuando se acordaba de los planes que había hecho cuando era mucho más joven y aún creía que su vida, precisamente la suya, sería algo más interesante que la que habían tenido sus padres. Por aquel entonces también creía que las chicas en bicicleta tenían un encanto especial.
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9/9/2006 - 19:32 • Ficción • 2.283 palabras
Isabel se miró el pequeño reloj de pulsera y bostezó larga y perezosamente, rozando con los puños las cortinas de detrás de la butaca. Hora de dormir, pensó. Observó la portada del libro que tenía entre las manos: El perseguidor y otros relatos, de Julio Cortázar. Lo dejó sobre la mesita baja del salón, apagó la luz y se dirigió al dormitorio, pensando aún en el hombre que vomitaba conejitos del relato que acababa de leer.
Se quitó la ropa sin dejar de bostezar y se miró durante un par de minutos en el espejo grande del armario. Decidió que tenía que empezar alguna dieta, por quinta vez en aquel mes, y se puso el pijama de elefantes, ese tan calentito que le daba ganas de dormir al instante.
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9/9/2006 - 16:17 • Ficción • 4.843 palabras
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