Sale de casa aún de noche. El frío se le concentra en la nariz, le produce esa ansiedad falsa y hueca que vacía el paladar. El jardín está cubierto de silencio, de escarcha, del resplandor de la luna llena. La calefacción del coche empieza a calentarle los pies mientras aparca cerca de la fábrica. Mira el humo elevarse desde las chimeneas. Cae en la cuenta de que está vendiendo su tiempo, demasiado barato quizá, a cambio de lo justo para poder comer. Desliza la tarjeta por la ranura y el pitido de la máquina de fichar le provoca una arcada.
No me gusta viajar. Me descoloca, me desubica, me descabala esa parte perruna y autista que tengo, la misma que sufre un poquito cuando me cambian de sitio el sofá del salón o cuando las tazas del desayuno ya no se guardan en el estante de la derecha. Aún así hay algo que me gusta de los viajes: durante ellos se me dispara la neurona, sobre todo si la compañía no es de conversación compulsiva.
Hace unos meses iba camino de Zaragoza para conocer a Miguel, un chavalín de quince días con hoyuelos en las mejillas y manos de pianista. Los viajes en coche tienen algo hipnótico y supongo que fue ese estado de trance ligero lo que me hizo pensar en la vida, la muerte, el universo y todo lo demás. Juro que, aparte de Fortuna, no había fumado nada.
Contemplaba el paisaje soriano, impresionante, cuando me llegó sin más un pensamiento imbécil: «qué bonita es la vida, coño». Seguro que no fue más que una reacción estética barata, pero mi parte canalla se rebeló de inmediato y contraatacó con un argumento correoso: «¿bonita con respecto a qué?» Se me escapó la sonrisilla, claro.
Mi parte lanar me pedía contemplar maravillado el valle que tenía delante, sin más, y dejarme de disquisiciones sobre el yin, el yang, lo estético, lo sublime, la experiencia artística y demás zarandajas. Pero, como digo, el contraataque era correoso.
La conclusión de ese micro debate interior llegó solita, completa y envuelta para regalo. Y no la pude discutir. La vida no es bonita. La vida no es una mierda. La vida es. Sin más. No hay marco de comparación posible y por eso no tiene sentido ninguna calificación. La vida es, y cualquier otra cosa que se intente decir sobre ella será una estupidez: la vida merece vivirse, anímate que la vida es muy bonita, la vida es una barca, qué asco de vida, etcétera.
Si la vida es ser, por pura simetría la muerte es no ser. Obviedad gratis, oigan. Es decir, mejplico, aversimentiendes, la muerte sólo la puedo definir por negación de lo único que es. Pues vaya mierda de definición que se auto sabotea, ay.
La muerte no formula ninguna pregunta. Aún en el caso de personificarla lo suficiente para que pudiera hacerlo, tarea complicada para algo que no es, poco le importaría lo que pudieramos contestar. Yavestruz.
¿Y qué pregunta le vas a hacer a una o a la otra? La vida te responderá a todo, absolutamente todo, con un «sí». La muerte, con un silencio.
Y después de esta bobería filosófica de baratillo, me quedo con la cara de Miguel, con esos ojillos nublados que empiezan a ver luces, bultos que lo alimentan, que lo acarician, que le hablan flojito con voz de retrasado y entonación de trampolín. Los mismos ojillos que empiezan a ver lo que hay aquí fuera. Lo que es. Porque no hay más, por definición.
Como especie, somos unos chulitos y unos creídos. Nos emperramos en que haya una respuesta, aparte de 42, a la pregunta del millón de dracmas. Pero vamos a ver: ¿qué nos hace pensar que, para empezar, tenga sentido esa pregunta? El hecho de que somos auto conscientes, supongo. Pero la capacidad de hacernos preguntas no implica que estas sean importantes, ni siquiera, jaté bien, que tengan sentido.
Si algún día Miguel me pregunta por una paloma muerta, le invitaré a un helado y esperaré a que se lo coma. Miguel, ¿qué ha pasado cuando te has comido el helado? Pues que se ha terminado, tito. ¿Y por qué se ha terminado? Porque me lo he comido. Pues eso, Miguel. ¿Y cuando se termina la vida, tito? Cuando te mueres. ¿Y por qué te mueres? Por accidente, Miguel. Uno siempre se muere por accidente, así que aprovecha lo que puedas mientras puedas. Hala, a vivir. Y cuando se termine, adiós y gracias por el helado.
Los detalles que los vaya descubriendo sobre la marcha, porque es seguro que su modelo mental y el mío son tan distintos como lo pueden ser el de un cazador nómada de Ngouri y el de un tornero fresador de Andújar. Que cada cual encuentre las piezas necesarias y las vaya colocando en el puzle. Si un día Miguel llega con una de esas piezas en la mano y me pide opinión, le daré la mejor que tenga, pero no dejará de ser una opinión, desde el punto de vista ateo, agnóstico, budista, católico, logsiano, etcétera. Al fin y al cabo, la pieza la tendrá que colocar él, que para eso se trata de su puzle.
Como dirían Les Luthiers, la vida es todo esto, todo esto es, esto es, la vida es, todo.
Y esto es todo.
No entiendo tanto revuelo por la estafa muchibillonaria de Bernard Madoff. La mayoría de los estados vienen ejecutando con éxito, desde hace décadas, un timo de idéntica estructura (el esquema Ponzi) al del susodicho motherfucker, sin que nadie haya puesto el grito en el cielo. ¿A qué estafa me refiero? Al sistema de pensiones de la Seguridad Social, por supuesto. En España, como en muchos otros sitios, la ley te obliga a caer en este timo. Producto de mentes perversas con aptitudes para el mal, oigan.