Por ahora
Imogen Heap agarra un sampler, aprieta unos cuantos botoncillos y hace esta versión en directo de su «Just for now». A sus pies, doña Imogen.
Ser chófer tiene sus ventajas. Viajas mucho, conoces gente y eres tu propio jefe. Bueno, es mentira. Todo eso es mentira. Ser chófer es el peor trabajo del mundo. Mentira, otra vez. Es mucho peor el de pocero, y eso lo sé bien.
Cuando me compré el seiscientos, la Juana me dijo que estaba loco, que jamás conseguiríamos pagar las letras en fecha, que acabaríamos viviendo debajo de un puente. Por suerte se equivocó. En año y medio el seiscientos se había pagado solo. No es que cobrase mucho por cada viaje, pero por aquella época había pocos coches de alquiler en Madrid, y ningún chófer particular, excepto yo. Todo eso fue antes de que Ramiro hablase con los de su sindicato y me amenazaran con una demanda por intrusismo. Ya ves, como si aquel seat rojo cereza tuviese algo que ver con un taxi.
Imogen Heap agarra un sampler, aprieta unos cuantos botoncillos y hace esta versión en directo de su «Just for now». A sus pies, doña Imogen.
Decía G. K. Chesterton:
Un cuento de hadas no dice a los niños que los dragones existan. Ellos ya saben que los dragones existen. Un cuento de hadas dice a los niños que a veces puedes matar al dragón.
Isabel Cañelles presentó ayer en Alcalá de Henares su último libro, Los cuentos de amor ya no se llevan, ganador del Premio Ciudad de Alcalá 2007. Durante la presentación, y entre otras cosas, contó lo siguiente:
Por alguna razón, el contacto directo con la vida nos duele. Nos duele tanto que preferimos permanecer alienados delante de la televisión o correr de casa al trabajo y del trabajo a casa, cavando —en cualquier caso— trincheras de frialdad. Y por otra parte no podemos evitar la constante nostalgia de algo vivo e intenso de lo que a veces ya no nos queda ni el recuerdo.
Entre una cosa y otra se sitúa, para mí, la escritura. Me permite sentirme a mí misma y a los demás sin la crueldad del encuentro directo con lo que hay, que me haría salir disparada hacia la esfera del pánico. Mis miedos enraizados, toda la rabia que llevo dentro, el amor sin límites, las frustraciones, mi tremendo egoísmo, la ternura desbordante, mi introversión, la risa desatada, el asqueroso victimismo, mi crueldad, la compasión, la crueldad de los demás. ¿Cómo enfrentarme a todo eso sin sucumbir?
Pues escribiendo. Duele, pero no duele tanto como —por poner un ejemplo— reconocer abiertamente que me siento la peor madre del mundo. Dicho de otro modo y siguiendo con el mismo ejemplo, escribir para mí sería el paso intermedio entre fantasear con que soy una madre ejemplar y tomar conciencia —sin suicidarme en el camino— de mis enormes limitaciones como madre.
Escribir es, al fin, mi forma de lamerme las heridas. Duele. Pero no es que sea masoquista. También produce un profundo alivio. Un alivio curativo. El alivio de poder acariciar el lomo al dragón de siete cabezas del sufrimiento. El alivio de ver cómo tus peores miedos se evaporan como burbujas hirvientes. El alivio de aflojar el puño apretado donde crees tener apresada la verdad de la existencia y, al abrir la mano, tenerlo todo. El alivio de permitir que el mundo gire a su ritmo vertiginoso.
Es lo mejor que he leído sobre qué es la escritura. Y mira que hay, y habrá, intentos de definición.
Enhorabuena por todo, Isabel.
(Archivo musical eliminado)
Pero bueno, ¿qué narices pasa hoy? ¿Se ha vuelto el mundo (más) loco?
Titular: «Buscan a un cura perdido al tratar de batir un récord de vuelo con globos de fiesta».
Me voy a la cama. No me paro ni a cenar.
Un software revolucionario que me ha dejado con la boca abierta. Debe ser que hoy el día se ha propuesto sorprenderme. Visto en Las palabras de la tribu.
Ojiplático me he quedado cuando he leído la noticia que enlazo. Una empresa ha empezado a fabricar unos brazaletes para que los usen las compañías aéreas con sus viajeros. Si eres malo (eres un terrorista, o ventoseas en pleno vuelo, o te dedicas a cantar cosas del Fary a pleno pulmón) la compañía puede hacer que el brazalete te suelte una descarga eléctrica (tipo taser) a distancia para que te comportes y no hagas el gamba.
Lo mismito —idéntico, pero idéntico— que los tinoc de mi novela «Contrato indefinido». Y a mí que me parecía que se me había ido la mano…
(Archivo musical eliminado)
¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.