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Actualizado el 10 de abril de 2008

A dos metros bajo tierra

A veces me pongo estupendo y me da por pensar que la única manera de contar una buena historia es usar las palabras. Y cuando lo pienso me equivoco, claro.

Hace unos años Berna me recomendó, durante una conversación sobre caballos y cocheros, una serie que empezaban a emitir en la 2 por aquel entonces: «A dos metros bajo tierra» (Six Feet Under).

La 2 ha tenido costumbre de emitir buenas series durante años, pero con un descontrol de horarios y una mezcla de capítulos de distintas temporadas que, al final, hacían imposible seguirlas. A «Doctor en Alaska» le pasó igual, por poner un ejemplo.

Pues bien, «A dos metros bajo tierra» la seguí mal y poco, pero lo que vi me gustó, y mucho.

Y mira tú por dónde que la última escena del último capítulo de la serie está disponible en YouTube. Sumando que la serie me encantaba, que tengo debilidad por las pelirrojas y que la música que acompaña este final es «Breath me», de Sia, ya tengo candidato firme para video del año.

¿Cuántas palabras harían falta para contar todo lo que se cuenta en estos nueve minutos y pico?


La realidad masacra a la ficción

Para que luego nos preocupemos por esa minucia de la verosimilitud:

Un hombre de 38 años de la Avenida Cole denunció un asalto a su casa el pasado 9 de septiembre. El hombre afirmó que estaba solo en casa, masturbándose mientras veía una película pornográfica, cuando un desconocido irrumpió en su sótano empuñando una pistola y una video-cámara y comenzó a grabarlo. La víctima añadió que el intruso, antes de abandonar la casa, dio a su perro unas setas para comer, y como resultado de ello el animal murió.

The Beacon Journal, 21 de septiembre de 2003

Digno de una escena de los Monty Python después de haber ingerido grandes cantidades de psicotrópicos. Podéis leer la noticia original en inglés.

La cadena de la peseta

Seleucus me envía una carta, y en ella encuentro una peseta (de las antiguas, como les gusta decir a algunos periodistas) pegada con cinta adhesiva en una esquina del folio.

Según me cuenta Seleucus, si no sigo las instrucciones incluídas en dicha carta me vendrán veinte años de desgracia, se me caerán los dientes y empezaré a escribir torcido en mi libreta. Incluso puede que se me encarne alguna uña del pie derecho.

Mejor no tentar a la suerte. Contesto, por tanto, a la pregunta de qué libros voy a leer en breve:

  • Lisp in small pieces, de Christian Queinnec (Cambridge University Press)
  • The games people play, de Eric Berne (Ballantine Books)
  • Gödel, Escher, Bach, de Douglas F. Hofstadter (Basic Books, Inc.)
  • En el blanco, de Ken Follet (Grijalbo)

Ahora hago un par de fotocopias de la carta, les pego sendas pesetas (de las antiguas, como les gusta decir a algunos periodistas) y se las envío a dos amigos escritores a los que admiro:

Hecho. Qué alivio.

Cartas al Guaire

El cartero Anibal Escalante vacía su bolsa sobre el río Guaire desde el puente de Guatopo. Un hombre, que contempla el mismo río quinientos metros corriente abajo, se encuentra de pronto con docenas de cartas que cubren el agua. Pequeñas, grandes, papel blanco, papel manila, papel rosado, con sello púrpura, con sello celeste. Por pura curiosidad pesca uno de los sobres y descubre que se trata de la carta que él mismo escribió a una mujer de pelo negro y labios finos. Decide que este hecho insólito es un aviso del mismo Guaire y hace pedazos tanto el folio como el sobre. En el mismo instante en que él arroja los fragmentos de vuelta al río, una mujer grita a varios kilómetros de allí y se lanza por una ventana tras dos meses de esperar respuesta de su amante. Su cuerpo restalla contra el suelo de la plaza de San Pedro de los Altos justo cuando los papelitos tocan la superficie del agua. Su pelo negro se empapa en sangre sobre las baldosas y la gente se arremolina con las bocas abiertas y los ojos morbosos. Un viejo admira sus labios finos en un susurro. En el otro extremo de Caracas, Anibal Escalante, aún con el uniforme de cartero, entra en un barecito para tomarse una chicha fresca, a la sombra, contento de haber terminado el reparto tan pronto.

Cerebro de hormiga

Rastro. Sí, rastro. Rastro. Rastro. Estupendo. Rastro. Sin problemas. Rastro. Rastro. No rastro. ¡Hey! ¿No rastro? ¡No rastro! ¡No rastro! ¡Miedo! ¡Ah! ¡Miedo! ¡No rastro! ¿Rastro o no rastro? ¡No rastro! ¡Ah! ¡Pánico! ¡Pánico! ¿Rastro? Rastro ¡Oh! ¡Rastro! ¿Seguro rastro? ¡Rastro! Estupendo. Rastro. Rastro. Sin problemas. Rastro. Rastro. Rastro…

Relato en AulaFoto

Los responsables de la revista de fotografía AulaFoto se pusieron en contacto conmigo hace unas semanas para pedir permiso de publicación de Temblor de camaleón en el siguiente número de su revista, con motivo del certamen de relato fotográfico que convocan. En su web podéis descargar en formato PDF el número 3 de la revista, donde aparece mi relato.

Sir Duke

(Archivo musical eliminado)



A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa.

Carl Sagan