Tras leer la anotación de Jam sobre su cuadragésimo primer cumpleaños, he sentido una curiosidad malsana después de seguir el par de enlaces que aparecen en ella, de manera que he estado revisando la lista de celebridades con quienes comparto día y mes de nacimiento.
Hay de todo, como en botica: Tim Berners-Lee, Scott Adams, Robert Schumann, Bonnie Tyler, María Ostiz o Miguel Ángel Moratinos. Hay quien coincide conmigo en día, mes y año, como es el caso de Lexa Doig, famosísima actriz conocida por sus papeles en Jason X o Stargate SG-1. Si no recuerdo mal, también Gemma a.k.a. Tintachina comparte fecha conmigo, en este caso con un año de diferencia. Incluso mi propio hermano nació exactamente cinco años después de nacer yo.
Sin embargo, y a pesar de la evidente espectacularidad de la lista anterior (a ver quién supera lo de María Ostiz), el dato que más ilusión me hace es el que indica que nací exactamente cien años después de que lo hiciera Azorín.
Me estoy planteando seriamente añadirlo a mi currículum.
Entradilla de una noticia en elmundo.es:
Los delfines del Amazonas muestran pautas de conducta sexual similares a las de los seres humanos, como transportar objetos para impresionar a las hembras.
Acabáramos. Así se explica el rotundo éxito con las mujeres de los repartidores, los mozos de mudanzas o los butaneros. Si es que no hay nada como la ciencia para explicar este mundo nuestro.
Con el permiso implícito del maestro.
Procúrese un espejo. Son buenos los redondos con ese cierto abombamiento útil para el afeitado y la práctica de la sonrisa falsamente franca del orador. Siéntese cómodamente y deje caer las persianas hasta media altura. Deje el tubo sobre el tapete e ignore el zumbido de la línea y los pasos del cartero en el zaguán. Tranquilo. Esa carta con certificación rogamos respuesta inmediata no es tan importante, créame. Respire hondo y mírese al espejo. Intente hacerlo como si fuese la primera vez.
Pregúntese en voz baja quién es esa persona. No retire la mirada, desafíela, incline levemente la cabeza, a la izquierda, a la derecha, para comprobar que efectivamente, parece ser usted el que le mira desde el otro lado del vidrio.
Mantenga la pregunta previa en la memoria y sobre ella apile la siguiente. Pregúntese por qué usted es usted y no otra persona. Deje que la idea flote como una plumita de ganso que ha caído desde una funda de almohada sacudida en un balcón. Obsérvela bajar, balancearse, girar sobre si misma. Se tumbará con indolencia sobre la pregunta anterior y se dejará ir con un suspiro dulcísimo. Entre ambas, una capa finísima de miedo margarina. En ese momento, admire la doble idea y compruebe su parecido con ciertos emparedados del puestito de la calle Borrás, esos de ternera que dicen que hablan si uno los escucha con suficiente interés.
Al llegar a este punto, asuma que la escala de importancia de las cosas es circular. Si tuviese dificultad con esto por haberse habituado a las discusiones sobre boxeo y a las veladas de empanadas y tinto del tiempo, piense en aquel dado celeste del juego de la oca que usted se tragó de chico. Al salir de su encierro marcaba un seis sobre el bacín, ¿recuerda? Pregúntese por qué un seis y no un dos. Ahora limpie el espejo de las marcas de vaho, cuélguelo en su clavito en el cuarto de baño, llame a ocho amigos y organice una cena. Los efectos del experimento serán evidentes a eso de la una, cuando el gordo Tota le indique que ya no queda vino y ahora qué.
Una frase, de origen desconocido, que he leído por ahí:
Al final, todo se solucionará. Si no se soluciona, es que aún no es el final.
Lo que me recuerda a otra frase mucho más castiza que escuché hace tiempo:
Pase lo que pase, no pasa nada. Y si pasa, ¿qué importa? Y si importa, ¿qué pasa?
Ejercicio para casa: escribir un relato basado en alguna de estas dos frases. Contará para el primer parcial.
Hace unos años tuve una compañera de trabajo con el sentido estético más acusado que he conocido. Y hablo de forma consciente de sentido estético frente a sentido artístico, porque no son lo mismo. Pues bien; esta esteta perfecta comentó una vez que cuando estaba frente a una buena obra de arte le entraban ganas de rezar. Creo recordar que el caso concreto al que se refería era una muestra del azul de Klein.
Algo así me ocurre a mí cada vez que escucho, entre otras, Blow it all away, de Sia: se me hace un nudo en la garganta y empiezo a subvocalizar el Jesusito de mi vida. Contando con que esta canción no me trae ningún recuerdo emotivo, debe ser una cuestión místico-estética, como decía aquella compañera.
El video es una grabación de su concierto en Boston en noviembre de 2006. Os recomiendo buscar más información, y sobre todo más música, de Sia. De nada.
Dice Robert McKee en su libro Story:
La narrativa es como la poesía, pero a otra escala. En lugar de hacer rimar las palabras, al contar una historia hay que hacer rimar los acontecimientos.
Este modelo es una descripción de las fases del proceso de duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Ideas interesantes para aplicar al desarrollo de personajes. A la saca.
¿Para qué añadir detalles a una historia? Esta pregunta se la hace Markus Zusak durante una charla sobre su último libro, y su respuesta va un pasito más allá de lo obvio. Cuando uno cuenta una historia además de añadir detalles para facilitar la visualización, lo hace para conseguir que le crean. Él lo cuenta muchísimo mejor. Interesante. En inglés.
Tengo debilidad por la unión de música e ingenio. Seguramente es ese el motivo de que sea hincha de Les Luthiers, por ejemplo. Rob Paravonian es el humilde y ufano mozalbete que os presento en este vídeo. Guitarra en ristre, este joven ameniza las veladas de los ágapes universitarios, con gracejo y buen humor. Es una prueba más de esa tesis que afirma que sentido del humor e inteligencia suelen ir de la mano.
Creo que he contraído alguna enfermedad extraña. Cada vez que leo las noticias del día hay dos o tres imágenes, y no hablo sólo de fotografías, que me piden a gritos que escriba un relato basado en ellas. Según mi médico, es cosa normal en un escritor. Esta noticia que enlazo es un ejemplo perfecto de lo que os cuento. A ver si alguien se anima: si tú me enseñas el tuyo, yo te enseño el mío.