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Sentirse bien

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Fado portugués

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Cuento de hadas

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Mr. Sandman

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Johnny B. Goode

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Aplastamiento de las gotas

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

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Cada vez que leo a Julio Cortázar me dan ganas de dejar de escribir y dedicar el tiempo libre al macramé.

Aprender a volar

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Cancionzaca

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Encontrada en el blog de Daniel Casado.

Chúpate esa

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Hay que celebrarlo

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Gallifante para quien diga en qué capítulo de qué serie sale esta canción.

El piano, el violín y la guitarra

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En cuanto lo dije

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Si quieres ser escritor

Dice Stephen King:

If you want to be a writer, you must do two things above all others: read a lot and write a lot. There's no way around these two things that I'm aware of, no shortcut. I'm a slow reader, but I usually get through seventy or eighty books a year, mostly fiction. I don't read in order to study the craft; I read because I like to read. It's what I do at night, kicked back in my blue chair. Similarly, I don't read fiction to study the art of fiction, but simply because I like stories. Yet there is a learning process going on. Every book you pick up has its own lesson or lessons, and quite often the bad books have more to teach than the good ones.

Una traducción de andar por casa:

Si quieres ser escritor, sobre todo tienes que hacer dos cosas: leer un montón y escribir un montón. Que yo sepa, no hay forma de evitar estas dos cosas, no hay atajos. Soy un lector lento, pero habitualmente leo entre setenta y ochenta libros al año, la mayoría de ficción. No leo para estudiar la técnica; leo porque me gusta leer. Es lo que hago cada noche, repantigado en mi sillón azul. De la misma forma, no leo ficción para estudiar el arte de la ficción, sino porque me gustan las historias. A pesar de ello, siempre hay un proceso de aprendizaje. Cada libro que abres contiene su propia lección, y con mucha frecuencia los libros malos enseñan más que los buenos.

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El sueño de la razón produce monstruos

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Mundo de locos

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Invierno

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Sir Duke

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El escondite

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Bandas sonoras (II)

Vamos con una nueva entrega de este experimento. Os propongo escribir un relato basado en una música concreta. La extensión y la temática son libres. Puede ser un texto inspirado en la música de forma indirecta o que base su trama en ella. Vosotros mismos.

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Si os animáis, enviadme vuestro relato a la dirección jobedom@gmail.com antes del lunes 14 de mayo. Ese día publicaré aquí el mío y los que haya recibido.

Músicas para escribir (1)

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Yo-Yo Ma tiene ascendientes chinos y ha vivido durante mucho tiempo en los Estados Unidos. De niño estudió violín y viola antes de empezar con el violonchelo. Con siete años se mudó a Nueva York. Comenzó a destacar en el mundo de la música cuando era muy joven, y a lo largo de su carrera se ha ido ganando el prestigio que tiene en la actualidad. Ha conseguido numerosos premios y galardones, ha grabado varios discos y actúa en los escenarios más importantes. Es considerado como uno de los mejores violonchelistas del mundo.

Adaptado de Wikipedia.

Bradbury se explica

I want your loves to be multiple. I don’t want you to be a snob about anything. Anything you love, you do it. It’s got to be with a great sense of fun. Writing is not a serious business. It’s a joy and a celebration. You should be having fun of it. Ignore the authors who say “Oh, my God, what word? Oh, Jesus Christ…”, you know. Now, to hell with that. It’s not work. If it’s work, stop and do something else.

Now, what I’m thinking of it, people always saying “Well, what do we do about a sudden blockage in your writting? What if you have a blockage and you don’t know what to do about it?” Well, it’s obvious you’re doing the wrong thing, don’t you? In the middle of writing something you go blank and your mind says: “No, that’s it”. Ok. You’re being warned, don’t you? Your subconscious is saying “I don’t like you anymore. You’re writing about things I don’t give a damn for”. You’re being political, or you’re being socially aware. You’re writing things that will benefit the world. To hell with that! I don’t write things to benefit the world. If it happens that they do, swell. I didn’t set out to do that. I set out to have a hell of a lot of fun.

I’ve never worked a day in my life. I’ve never worked a day in my life. The joy of writing has propelled me from day to day and year to year. I want you to envy me, my joy. Get out of here tonight and say: “Am I being joyful?” And if you’ve got a writer’s block, you can cure it this evening by stopping whatever you’re writing and doing something else. You picked the wrong subject.

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Inmortal

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La carretera está húmeda por la neblina. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para sacarla a bailar. El coche dibuja los giros con agilidad de pianista. Él conduce. Aunque hace frío, ella se ha puesto el vestido blanco que a él le gusta. Le mira los muslos. Ella ríe a carcajadas y tira un poco del extremo de la falda. Empieza a chispear. La carretera se retuerce como una serpiente herida, pero él pisa el acelerador un poco más. Está ansioso por llegar a la casa, por encender la chimenea, por ver cómo cae ese vestido para desvelar la piel tibia y pecosa. No corras tanto, le pide ella, no somos inmortales. Él afloja un poco, pero le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y esa curva imposible les alcanza demasiado pronto.

Un borrón desenfocado, zarandeos, un estruendo, una lluvia de cristales, el chirriar del metal. Y el silencio.

Él sale por la ventanilla y se arrastra a gatas. Tiene un velo delante de los ojos, una bruma gris que lo inunda todo. Mira hacia el coche volcado. Una rueda gira desquiciada. El techo está hundido en la parte de ella. Se pone de pie y corre. Ella está aprisionada pero viva. Algo le ha rajado el costado, haciéndole jirones el vestido y la carne. Chorrea sangre, pero muestra una sonrisa brevísima antes de la mueca de dolor. Un trueno estalla y empieza el diluvio.

Bomberos, ambulancia, hospital, gritos, miedo podrido en el paladar, puñetazos a la pared, noches en vela.

Después de unos días, ella habla al fin, poco, susurrándole al oído. Si me quedase, ya sabes, no quiero máquinas. Anda, calla, aún darás mucha guerra. Duerme un poco. Los médicos todavía no le han dicho a ella que sus piernas ya no son suyas. Él no ha reunido el valor para hacerlo. Cuando ella duerme, él llora en silencio, hecho un nudo en el sillón de skay, mirando las pecas de su nariz y ese pelo cobrizo derramado sobre la almohada, y se abraza para intentar sacarse de las tripas esa niebla helada.

Cinco días, sueños de fiebre en una butaca, sándwiches de máquina, charlas intrascendentes. Suspiros.

En cuanto te pongas bien nos vamos a ir seis meses, qué digo, nos vamos a ir un año de viaje. Autobús o tren, donde nos lleven. Si nos apetece quedarnos dos semanas en un pueblito perdido en un valle, pues nos quedamos. Le pasa la mano por la frente. Ella sacude la cabeza. No, dice, yo quiero un viaje programado, lleno de jubilados, con muchos viejos verdes que me toquen el culo y muchas señoras repintadas que te saquen a bailar. Ríen, y él siente los ojos más y más pequeños mientras la mira.

Cambia la butaca por el sofá de casa. Duerme vestido, agarrado al móvil. Legañas y autobús al hospital, a diario.

Una mañana entra en la habitación y se encuentra las sábanas en el suelo. Ella está tendida en la cama, mirándose las piernas, temblando, apretando los dientes. Le mira, pero a él le resulta imposible hablar. Se frota los ojos para apartar la niebla, pero es inútil. Se ha quedado sin aire y siente un remolino turbio en el pecho que engulle cualquier palabra. Ella se desgarra la garganta con un grito.

Negación, ira, negociación, depresión. Palabras de médico. Vuelta a casa en un coche que huele a nuevo.

Un martes de cielo deshecho, él vuelve del trabajo y se encuentra la calle llena de gente. Una ambulancia. Un círculo de cabezas que miran al mismo centro ominoso. Un sabor conocido a miedo rancio. No sabemos nada. Déjenme pasar. Un policía se interpone. Vivo ahí mismo. En qué piso. Segundo izquierda. Acompáñeme. Le agarra del antebrazo mientras se lo lleva aparte. La bruma en sus ojos se hace más intensa.

Cae de rodillas, el pensamiento hecho humo. Unas cortinas en el segundo ondean por fuera. Un grito eterno.

La carretera está mojada por la lluvia. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para obligarla a bailar. El coche dibuja los giros con sacudidas de animal moribundo. Él mira el otro asiento a través de las lágrimas. Está vacío. Le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y allí está ella, riendo a carcajadas y tirando un poco del extremo de la falda. No somos inmortales, le dice. Aún no, contesta él. El velo que cubría sus ojos ha desaparecido. Agarra con fuerza el volante y lo mantiene recto, dejando que el coche se trague la curva. El asfalto se convierte en gravilla, la gravilla en tierra, la tierra en aire.

El motor se acelera. Al instante, un rugir de viento y la ingravidez que le levanta del asiento.

Él suelta el volante y mira hacia ella. Se ha convertido en una gema que refleja una imagen en cada faceta y él la hace girar, fascinado. Dos manos sobre un tomo del Decamerón. Miradas cruzándose. Un teléfono escrito en un papel. Él sobre el césped. Ella empapándolo con una manguera amarilla. Su risa. Un cachorro de cocker con un lazo rojo. Dos reproches amargos. Sus uñas pintadas de negro. Su sonrisa. Vaqueros y calcetines. Un iris verde líquido. Ella saltando sobre aquella hoguera en la playa. Una discusión a las puertas de un teatro. Su sonrisa. El vello rojizo de su nuca. El hueco de su clavícula. Su sonrisa. Sus pecas. Esa sonrisa.

Verde profundo, dorado dulce, eucalipto rugoso, azafrán, sangre, cobre, lengua, carne, ceniza, humo. Dios.

El coche se desploma, y el aire ruge mientras se abre para dejarle paso. La realidad ha adquirido un sosiego desconocido y se entretiene en cada detalle. El coche sigue cayendo, cada vez más despacio, hasta que se detiene en el aire. Las motas de polvo se han quedado inmóviles en un fotograma congelado para siempre. No somos inmortales, escucha. Aún no, piensa. Y aunque ella está gritando, él vuelve a ver esa sonrisa.

Su sonrisa.

Bandas sonoras (I)

Vamos con un nuevo experimento. Os propongo escribir un relato basado en una música concreta. La extensión y la temática son libres. Puede ser un texto inspirado en la música de forma indirecta o que base su trama en ella. Vosotros mismos.

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Si os animáis, enviadme vuestro relato a la dirección jobedom@gmail.com antes del lunes 5 de marzo. Ese día publicaré aquí el mío y los que haya recibido.

Actualización: El relato que escribí para este ejercicio resultó premiado. Vivir para ver.


La más ignorante y rústica de las mujeres puede engendrar un hombre de genio.

Santiago Ramón y Cajal