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breves

Rutina

Ella detuvo la mano a medio camino entre el azucarero y la taza. No podía dejar de mirar el azúcar.

—Te abandono —dijo, ausente.

—Llevaba años esperándolo —contestó él.

—No lo he podido evitar.

—Me imagino. Bueno.

—Bueno.

Él sorbió el resto del café.

—Hasta la noche, querida. No olvides recoger mi traje gris del tinte.

Ella asintió de manera mecánica, aún mirando el azúcar. Él salió de la cocina.

Sonó un portazo.

Aflojó un poco los dedos en torno a la cucharilla. Su contenido cayó despacio sobre el mantel y cubrió por completo una mancha de mermelada de frambuesa.

Disciplina

Javier del Barco y González-Asther dirige su empresa como aprendió de papá: con disciplina y seriedad. Esta mañana ha abroncado a Julia, la chica de recepción, por su exceso de maquillaje y su falda corta. Por la tarde, a solas en casa, Javier del Barco y González-Asther se maquilla frente al espejo. Aprieta los labios para extender el rouge, extiende la sombra de ojos y se aplica el rímel. Mientras lo hace recuerda el cutis de Julia, la chica de recepción, y lo bien que le sentaba la minifalda a la muy guarra. Mañana la despedirá, decide: disciplina y seriedad.

Mágico

Tono intenta regalar su transistor a pilas. Lo ofrece a los que se cruzan con él en la avenida, pero nadie se lo queda. Quita, idiota, que llevo prisa. No, bonito, ya tengo radio. Incluso algún empujón en silencio. Pero Tono no se da por vencido: seguirá ofreciendo su transistor porque es mágico, porque sabe que si le pides un deseo a la voz que suena por las noches te lo concederá como el genio de un cuento. Tono intenta regalar su transistor a pilas porque él no puede decidir qué pedirle a esa voz. Y eso le hace llorar.

Currante

Sale de casa aún de noche. El frío se le concentra en la nariz, le produce esa ansiedad falsa y hueca que vacía el paladar. El jardín está cubierto de silencio, de escarcha, del resplandor de la luna llena. La calefacción del coche empieza a calentarle los pies mientras aparca cerca de la fábrica. Mira el humo elevarse desde las chimeneas. Cae en la cuenta de que está vendiendo su tiempo, demasiado barato quizá, a cambio de lo justo para poder comer. Desliza la tarjeta por la ranura y el pitido de la máquina de fichar le provoca una arcada.

Cuatro breves

  • Timing: La solución, escandalosamente obvia, se le ocurrió en plena caída libre, cuatro segundos después de haber saltado desde la azotea.

  • Declaración de amor: Aquel amigo informático se le declaró de la forma más extraña posible: «Te quiero más que a ti, que ya es decir.»

  • Efecto mariposa: En la barriga de la actriz protagonista aletean mariposas. Provocan un huracán que destroza el teatro Maravillas. Aún se quejan de los ciclones en Kushiro.

  • Recuperación: Marga decide dejar las pastillas. Al cabo de seis días aparece Raúl, su amigo de la infancia. Aún se aman, aunque él sea imaginario.

Cartas al Guaire

El cartero Anibal Escalante vacía su bolsa sobre el río Guaire desde el puente de Guatopo. Un hombre, que contempla el mismo río quinientos metros corriente abajo, se encuentra de pronto con docenas de cartas que cubren el agua. Pequeñas, grandes, papel blanco, papel manila, papel rosado, con sello púrpura, con sello celeste. Por pura curiosidad pesca uno de los sobres y descubre que se trata de la carta que él mismo escribió a una mujer de pelo negro y labios finos. Decide que este hecho insólito es un aviso del mismo Guaire y hace pedazos tanto el folio como el sobre. En el mismo instante en que él arroja los fragmentos de vuelta al río, una mujer grita a varios kilómetros de allí y se lanza por una ventana tras dos meses de esperar respuesta de su amante. Su cuerpo restalla contra el suelo de la plaza de San Pedro de los Altos justo cuando los papelitos tocan la superficie del agua. Su pelo negro se empapa en sangre sobre las baldosas y la gente se arremolina con las bocas abiertas y los ojos morbosos. Un viejo admira sus labios finos en un susurro. En el otro extremo de Caracas, Anibal Escalante, aún con el uniforme de cartero, entra en un barecito para tomarse una chicha fresca, a la sombra, contento de haber terminado el reparto tan pronto.

Cerebro de hormiga

Rastro. Sí, rastro. Rastro. Rastro. Estupendo. Rastro. Sin problemas. Rastro. Rastro. No rastro. ¡Hey! ¿No rastro? ¡No rastro! ¡No rastro! ¡Miedo! ¡Ah! ¡Miedo! ¡No rastro! ¿Rastro o no rastro? ¡No rastro! ¡Ah! ¡Pánico! ¡Pánico! ¿Rastro? Rastro ¡Oh! ¡Rastro! ¿Seguro rastro? ¡Rastro! Estupendo. Rastro. Rastro. Sin problemas. Rastro. Rastro. Rastro…

Instrucciones para tener miedo

Con el permiso implícito del maestro.

Procúrese un espejo. Son buenos los redondos con ese cierto abombamiento útil para el afeitado y la práctica de la sonrisa falsamente franca del orador. Siéntese cómodamente y deje caer las persianas hasta media altura. Deje el tubo sobre el tapete e ignore el zumbido de la línea y los pasos del cartero en el zaguán. Tranquilo. Esa carta con certificación rogamos respuesta inmediata no es tan importante, créame. Respire hondo y mírese al espejo. Intente hacerlo como si fuese la primera vez.

Pregúntese en voz baja quién es esa persona. No retire la mirada, desafíela, incline levemente la cabeza, a la izquierda, a la derecha, para comprobar que efectivamente, parece ser usted el que le mira desde el otro lado del vidrio.

Mantenga la pregunta previa en la memoria y sobre ella apile la siguiente. Pregúntese por qué usted es usted y no otra persona. Deje que la idea flote como una plumita de ganso que ha caído desde una funda de almohada sacudida en un balcón. Obsérvela bajar, balancearse, girar sobre si misma. Se tumbará con indolencia sobre la pregunta anterior y se dejará ir con un suspiro dulcísimo. Entre ambas, una capa finísima de miedo margarina. En ese momento, admire la doble idea y compruebe su parecido con ciertos emparedados del puestito de la calle Borrás, esos de ternera que dicen que hablan si uno los escucha con suficiente interés.

Al llegar a este punto, asuma que la escala de importancia de las cosas es circular. Si tuviese dificultad con esto por haberse habituado a las discusiones sobre boxeo y a las veladas de empanadas y tinto del tiempo, piense en aquel dado celeste del juego de la oca que usted se tragó de chico. Al salir de su encierro marcaba un seis sobre el bacín, ¿recuerda? Pregúntese por qué un seis y no un dos. Ahora limpie el espejo de las marcas de vaho, cuélguelo en su clavito en el cuarto de baño, llame a ocho amigos y organice una cena. Los efectos del experimento serán evidentes a eso de la una, cuando el gordo Tota le indique que ya no queda vino y ahora qué.

Identidad

Eres quien eres. Podrías ser otro, pero eres tú. Esta mañana te has mirado en el espejo, con las mejillas aún cubiertas de espuma de afeitar, y has visto la cara de otro. Aunque seguías siendo tú. El aroma balsámico de la espuma se hecho cada vez más intenso y has acabado apretando los dientes, sacudiendo la cabeza con violencia, sintiendo los sesos golpear el interior del cráneo.

Tu nuevo terapeuta dice con esa voz tan suya, de argentino andaluz, que no son más que «lihera crisi de despersonalisasión». Pero estás convencido de que, en realidad, son instantes en los que te asomas a lo que podrías ser si no fueses quien eres, instantes en los que miras al vacío, te agarras a una endeble barandilla en el último piso de un edificio en ruinas, aguantas el vendaval y apartas la cara para protegerte de los gritos de un megáfono.

Se te acumulan las preguntas, tan importantes como indisciplinadas. ¿Qué característica especial ha hecho que esta conciencia sea la que vives desde dentro? ¿Quién la eligió? ¿Quién te eligió? ¿Y por qué a ti? Una mota de polvo señalada a dos manos, escogida de entre todo el erial, eso es lo que eres.

Ahí viene, con sus andares de oso. Tiene la bata limpia y se te hace raro, pues es el enfermero más puerco con el que te has encontrado en tus siete años de peregrinación. Lo miras a los ojos. Sonríe, pero te da mala espina. Oculta la mano derecha tras la espalda. Seguro que te tiene preparado un buen pinchazo, y disfrutará con ello, como siempre. Se le nota en la cara.

Sabes lo que te espera, no te sorprende. En cuanto el émbolo llega al final de su recorrido tu cabeza empieza a licuarse, a hacerse fluida, a evaporarse con el calor del ambiente. Y en esas condiciones te resulta imposible seguir pensando en por qué tú eres tú y no otro y decides que durante un rato serás quien eres y sólo pensarás en hilos azules bajo la lluvia y en piscinas llenas de gofio y en Rocamadour muerto y en un pelito anudado perdido en el desagüe y en la colección de sellos que quedó en la casa cuando la tomaron y en Lucas y en la hidra.

Excusas

Ella se acercó, remolona. Él estaba de pie cerca de un perchero repleto de camisas espantosas, quieto, serio, con el cartel en las manos, sosteniéndose el alma a la altura del pecho. Soy una ganga, dijo. Aprovecha que estamos en rebajas y no te lo pienses. En los ojos de ella saltó una chispa de deseo. Miró el cartel que él sujetaba. Lo siento, guapo, dijo, pero en plena cuesta de enero no me lo puedo permitir. Se alejó, hurgando en el bolso. Él se quedó quieto, serio. Casi mejor cuando le decían eso de «sólo te quiero como amigo».

Telescopio

Carlos coloca el trípode sobre el césped. Fija el telescopio con cuidado de matrona. Se agacha y mira por él. Rosario le grita desde el interior de la casa. Eres un inútil que ya me lo avisó mi madre y quién me mandaría a mí. Los insultos rebotan contra los ladrillos y las jardineras, pero Carlos sigue mirando, absorto, sordo de tan abiertos que tiene los ojos hacia el exterior, hacia ese infinito de lo alto. Carlos sigue mirando. Rosario sigue gritando. Y él se da cuenta, con una sonrisa, de que aún no había quitado la tapa al telescopio.

Apariencias

Mariví compra cigarrillos aunque no fuma. Los enciende y los coloca en el cenicero, encajando precisamente el límite del filtro en la hendidura del cristal. Luego se queda quieta contemplando cómo los bordes oscuros de la brasa van avanzando por el papel, cómo ese borde irregular avanza cambiando a cada instante. Pero lo que más le gusta es mirar el humo retorcerse y subir, elástico y lánguido. A veces Mariví se mete en una cafetería, pide un café, se sienta al lado de un fumador y mira el humo, sin más. Habrá quien la confunda con una soñadora, piensa divertida.

Impaciencia

Juli aprieta la nariz contra el escaparate para contemplar una vez más la videoconsola. Su madre se la ha prometido para su cumpleaños, pero Juli hace las cuentas y descubre que quedan ocho, no, once, no, quedan muchos meses aún hasta que cumpla los veintinueve. Se imagina el juego de fórmula uno, y lame con la mirada esas teclas brillantes. Sabe que sólo necesita la videoconsola para ser realmente feliz. En cuanto la tenga todo será perfecto, aunque tenga que esperar doce, no, diez, no, muchos meses todavía hasta su cumpleaños. Ójala pudiera hacerle comprender esto a su madre, jolín.

Congelación

A Ismael le gusta el frío. La tiritera producida por el viento helado le hace sentirse vivo, que no es un pedazo de madera, ni una piedra. En verano Ismael piensa más despacio, con la torpeza de un nadador en una piscina de gachas, pero en invierno las ideas le restallan en la cabeza como calambrazos involuntarios, chispazos de conciencia que viajan rápidamente por el interior del cráneo. Por eso cuando el Ibiza patina sobre la placa de hielo y se precipita desde el puente hacia el río de agua gélida, sabe al instante y sin dudas que está muriendo.

Retrato

En el salón hay un cuadro que no me atrevo a mirar. Tampoco me atrevo a descolgarlo. Soy yo misma, con cuarenta y tantos años menos, en un retrato que encargó mi padre cuando cumplí los dieciséis. Entonces me pareció un regalo estupendo, pero llevo décadas viéndome esa cara de boba que me recuerda lo que era y lo que he llegado a ser, que me obliga a pensar en todo lo que pude ser y no fui. En esos ojos tan abiertos se acumulan las posibilidades, buscándose hueco a codazos sin saber que están muertas desde hace mucho tiempo.

Café

Diego va a diario a la esquina entre la calle Mayor y la calle Encomienda. Hace veintidós años quedó allí con Lucía, que no se presentó jamás. Desde entonces él va a esperarla cada día a las cinco. En el taller todos le llaman Penélope, pero Diego no se lo toma a mal. Esta tarde llueve. Se abre una ventana y una mujer chista. Le hace gestos de tomar café y él asiente. Ella le grita el piso y la puerta. En ese momento Diego comprende, con la certeza cayendo como una losa, que Lucía nunca se presentará. Y sonríe.

Charcutería

Le gusta su trabajo. Le encanta cortar el jamón en lonchas finas como el papel y la mortadela de aceitunas en rodajas gruesas para bocadillo. Juega a adivinar qué tipo de queso gustará al cliente que le pide consejo. Le encanta el olor de la tienda, a salchichón curado y a algo indefinible, como corcho húmedo. Ese olor le recuerda la alacena de la abuela. Cuando entra en la tienda alguien desagradable, escoge con mimo el jamón más reseco y algún queso insípido. Y así, con el fiambre como arma, se tranquiliza pensando que devuelve al mundo algo de equilibrio.

Cita

Mercedes mira por la ventana hacia la esquina. Un hombre pasa allí las tardes desde hace meses. Llega a las cinco, mira a ambos lados, y se queda allí de pie hasta las nueve. Entonces se marcha, caminando con tranquilidad. No parece esperar a nadie. Mercedes se asoma cada tarde como la que tiene una cita. Hoy llueve a cántaros, pero él ha venido. Mercedes abre la ventana, chista, y hace con la mano el gesto de llevarse una taza a los labios. Él asiente y Mercedes le grita «segundo-ce». La voz se le ha roto un poquito al final.

Apuesta

Fiesta de nochevieja en el Strobo. Carlos, Parri y el Gordo retan a Yago. Una botella de Tanqueray a que no le das un muerdo a ésa. ¿A quién? A la pelirroja del vestido negro. Yago lo sopesa: será bofetada o Tanqueray. Se acerca a ella y le dice algo al oído. Ella asiente, agarra la cabeza de Yago por las orejas y procede a introducirle la lengua hasta la campanilla. Una de las amigas de la pelirroja se acerca hasta la barra. Parri también. Él, con cara de fastidio, pide una botella de Tanqueray. Ella, refunfuñando, una de Ballantine’s.

Jamón

Esa familia nada en la ambulancia, ¿sabe? Pero no les tengo envidia, no señor, porque nosotros tenemos menos pero somos más felices. Tienen cara de llorar mucho. El mayor, ese al que le dicen Moli, tuvo un accidente de moto y se quedó perpléjico. ¿Diría usté que le sirvieron de algo las perras? Pues no. Hay cosas que no se compran con dinero, como el cariño verdadero. Mi Juan dice que no quiere tener más, que luego se vuelve uno tonto, ya ve usté. Aunque reconozco que a veces me gustaría ser menos lista y comer jamón más a menudo.

Agua

Le gusta el sonido de la fuente del patio de atrás. Se sienta en ese banco de piedra que puso el abuelo Sebastián hace años. Cierra los ojos, escucha, y cree entender cierta conversación tranquila y secreta del agua con la piedra. Rumores, historias en espiral que hablan de sí mismas, descripciones húmedas de personas que se sentaron ahí mismo, donde está él, para escuchar las confidencias del agua: confidencias sobre otras personas que se sentaron ahí mismo, antes aún, a escuchar esa risa leve y familiar. Bebe, escucha decir, bebe un trago y sigue escuchando. Y él lo hace.

Inapetencia

Marta está desganada. Hoy ni siquiera se sirve un plato para ponérselo delante como hacía casi por compromiso. Los mellizos pelean por el ketchup. Pepe corta pan con las manos. Come algo, dice, estás en los huesos. No tengo hambre, luego me comeré un yogur. Se queda en la mesa con los codos sobre el mantel, mirando a los mellizos devorar sus espaguetis, a Sara marear un trozo de chorizo con el tenedor. A Pepe se le desliza una grasienta gota roja desde la comisura de los labios. Y ella se disculpa justo antes de correr al baño a vomitar.

Grito

Teresa lleva meses con ganas de gritar. Se muerde la lengua, traga saliva y empuja el grito hacia abajo, hasta la tripa, donde se ahoga por un instante y se queda agazapado hasta la siguiente ocasión. Esta mañana en la cola de la carnicería se le ha escapado un gemido. Las demás se han vuelto para mirarla y ella ha sonreído levemente, como si hubiese sido un eructo. Pero era el grito. El mismo que crece y crece y se hincha como un globo y mañana explotará justo cuando él le pregunte alegremente si la camisa azulita está ya planchada.

Insomnio

Ese reloj, con su tictac como un martillo. Oscuridad. El aire de la habitación está denso, caliente. Oye su propia respiración y ese reloj, con su tictac como un martillo. No quiere mirar la hora. Sabe que no debe mirarla. Acerca su mano hasta la mesilla, a tientas. Coge el reloj, con su tictac como un martillo. Se lo acerca a los ojos y ve las líneas fosforescentes y verdosas, una larga y otra corta. Deja el reloj sobre la mesilla. Como un martillo. Un martillo. En el aire espeso de la habitación se forma un remolino cuando él suspira.

Eiffel

Gregorio lleva meses montando una torre Eiffel con mondadientes. Sus cajas de palillos, su tubo de imedio, la radio de fondo, bajita, y esa sensación de calma cuando se oye el rumor de la lluvia en la calle y él se dedica a colocar palillo tras palillo. Esta tarde Gregorio tiene en la mano el último, el que coronará la torre a modo de antena. Duda. El tubo de pegamento tiembla cuando él aplica la última gota. Coloca el palillo y se retira unos pasos. Suspira. Es triste mirar la torre, completa. Se palpa el bolsillo y saca el encendedor.

Grandes

Papá y Mamá son grandes. Yo soy chico. Javi también es grande, pero menos que Papá y Mamá. Javi dice que Papá no tiene miedo nunca, y que Mamá tampoco. Pero miente, porque todo el mundo tiene miedo algunas veces. Como cuando fui al médico ese día, que tenía más miedo que nadie en el mundo, y me hacía pis y quería salir corriendo, pero al final no pasó nada y se me pasó el susto. A Papá no le han operado de anginas. A Mamá sí. Pero sé que a veces tienen miedo, aunque Javi no se lo crea.

Motivo

Dime el motivo. No quiero excusas. No lo pienses y contéstame ya, mejor no darte tiempo para inventar una nueva historia. Tan sólo quiero saber el motivo. Me merezco una explicación y eres tú quien tiene que dármela. No, no sé cómo son estas cosas, dímelo tú. Aunque mejor no me digas nada excepto el por qué. Sabes tanto como yo que no merezco algo así. Y yo tan sólo te pregunto por qué. No quiero saber las circunstancias, no me interesa saber qué sientes, qué piensas. Sólo quiero el motivo. Si me dices el motivo estaré tranquilo. Lo sé.

Observación

Julio se pasa los recreos sentado en el poyete del fondo, al lado de la portería. No le gusta el ruido. No le gusta sudar. Prefiere mirar cómo juegan los demás e imaginarse que es él mismo quien corre detrás del balón. Hoy observa a Luis ganar a los tazos. Consigue ponerse en su lugar y alegrarse casi más que él, aunque Luis lo ignore. En la esquina opuesta del patio, Gonzalo se pasa los recreos sentado en el suelo. No le gusta el ruido. No le gusta sudar. Prefiere mirar a Julio e imaginar ser él imaginándose ser Luis.

Bocadillo

Josefina tiene un día de los de pensar. Mientras prepara la bolsa con la comida de Manuel se pregunta si nunca se cansará de comer lo mismo: bocadillo de filetes empanados. Pan con pan y una mahou. Así cada día. Se pregunta qué pasaría si le pusiera atún, o una tortilla de dos huevos, o incluso seis humildes lonchas de chorizo. Descolocaría a Manuel. Y sabe que cuando él se desubica acaba haciendo muchas tonterías. Incluso podría terminar yéndose de casa. Por eso Josefina acaba de preparar el bocadillo y suspira, convencida de que habrá más días como hoy. Todos.

Abadejo

Es un pez. Ha caído en la cuenta esta mañana. Un pez, concretamente un abadejo. De repente ha sido imposible no darse cuenta del azul verdoso alrededor. Ahora intuye esa inmensidad y siente las corrientes levemente tibias que flotan en el agua como filamentos. Es un pez. Una alegría miedosa le recorre la espina, sacudiéndola con tanta violencia que tiene que buscar un hueco entre las rocas para descansar. Lo único que le confunde es esa sensación atravesada de que, quizá, podría ser otra cosa. Acaso algo grande y seco que sueña que está pidiendo pescado de primero. Abadejo, claro.

Noria

A Dani le asusta la noria. La pequeña no. En esa se ha subido muchas veces, casi siempre con Lidia gritando al lado. La que le asusta es la grande. Dani ya tiene el ticket, pero mira hacia arriba y ve la estructura enorme, un gigante que le señala con el dedo y se ríe a carcajadas. Dani siente la rabia caliente en la garganta. Dos chicas mayores lo apartan para entrar y se sientan en una de las barcas. Están contentas, porque se ríen. Como el gigante. Dani mira hacia arriba apretando el puño sobre el ticket. Y llora.

Venganza

Darío planea la venganza. Esa infeliz se va a enterar de con quién se juega los cuartos. Ha sido una de tantas, pero le ha tocado, mira. Lo prepara todo con una pulcritud minuciosa y la llama por teléfono para decirle que tienen que verse, que es necesario que hablen. Cuando ella llega a casa, Darío la hace pasar al comedor. La mesa está impecable, con los cubiertos bien colocados como en un restaurante. Incluso ha encendido una vela. Mientras pican de los entremeses fríos, Darío le dice que la ama, saboreando el momento como si fuese un buen fiambre.

Reset

Me gusta jugar a que te miro y no te reconozco. Tantos años juntos hacen difícil llegar hasta ese punto, pero merece la pena. Después de comer te has dejado caer en el sofá, con esa cara que pones cuando parece que miras la tele pero estás mirando mucho más allá. Y he jugado de nuevo. Ahí estabas, perfectamente imperfecta, por un instante desconocida. He vuelto a sentir el pellizco efervescente dentro del pecho. Y he reconocido un pánico familiar: miedo a hacer o decir cualquier cosa que te haga desaparecer, como un dedo que roza una pompa de jabón.

Violeta

Me preocupa Violeta. Nunca sonríe. Siempre tiene esa expresión de sorpresa triste, como si la vida no acabara de encajar y los filos sin desbastar le rozaran detrás de los ojos hasta hacerle sangre. Hoy la he invitado a comer, pero me ha dicho que no y se ha echado a llorar. Me he quedado descolocado, me he sentido inadecuado, tonto, torpe, estúpido, y me he marchado. Intentaba secarse con un pañuelo de papel esos ojos de esponja apretada. Y no he sabido qué decir porque las palabras, tímidas, se me han escondido entre las tripas encogidas. Me preocupa Violeta.

Cecilia

Cecilia es más de tila. Yo prefiero el té. Es la mejor definición que se puede hacer de nuestro puzle, un encajar a puñetazos de piezas que no cuadran pero que hacen un dibujo muy fino, de labor de orfebre borracho. Cecilia habla rápido, termina las frases en tono ascendente, y parece más preguntona de lo que realmente es. A mí me gusta la calma y hablar en susurros. Y mirar el reflejo de la lamparita del rincón temblando en la superficie de mi té. Dar un sorbo y preguntarme por qué la amo. Existe, resuelvo. Es así de simple.

Uróboros

Estimados compañeros: es de todos conocido el problema con el que se enfrenta estos días nuestra organización. El mundo ha cambiado, la sociedad ha cambiado, y la tendencia natural a la idealización ha dado paso a una afición malsana por lo concreto, a un avance imparable de lo pragmático sobre lo platónico, de lo pedestre sobre lo impecable. Desde mi posición como garante de nuestra integridad, les aseguro que no es momento de discusiones filosóficas. Es necesario decidir un plan de acción y llevarlo a la práctica de forma inmediata. Es lo que recomiendo, aunque ello me cueste el puesto.

Mariposas

Próxima estación Chamartín ay madre qué nervios estará esperando sí calor noto la cara grasienta qué asco menos maquillaje será guapo chaca tum chaca tum ya llegamos qué cosquillas la barriga sí seguro que me tiembla la voz me sale la voz de pito siempre los nervios tengo muchas ganas de conocerte y yo a tí tomaremos algo sí y hablaremos de pintura o de la globalización claro habla poco mejor que no note que no tienes idea menos maquillaje tenía un kleenex en el bolso ay mi bolso ah aquí un kleenex sí chaca tum hemos llegado respira hondo.

Manos

Nacho ha descubierto su mano. La gira frente al rectángulo de luz de la ventana, decide doblar un dedo y el dedo se dobla. Nacho se ríe. Se lleva la mano a la boca. Está salada. La vuelve a mirar y piensa en cerrar el puño, que se cierra. Quiere saber cuánto tarda en obedecer. Abre. Cierra. Abre. La carcajada le resbala sobre el pecho húmedo de baba. Es estupendo. Sabe que hay otra mano, la que le descansa sobre la tripa, pero esa no le obedece. Qué más da: seguramente no será suya. Abre. Cierra. Abre. Cierra. Y ríe.

Paparruchas

Tiene un cuadernito que siempre lleva consigo. En él apunta todas las palabras que le resultan simpáticas, las que le hacen sonreír. Apunta el «paparruchas» con que el frutero contesta a una señora que pregunta si los aguacates engordan. Anota furtivamente el «corrusco» con el que un hombre en la panadería se refiere al extremo de una barra. Escribe y escribe. «Alverjón», «talayote», «jirón», «capirotazo», «fulcro». Esta mañana ha dudado un segundo entre tirar el cuaderno o abrir una nueva sección para palabras que duelen. Al final, ha hecho lo segundo. Lloroso, ha anotado un «adiós» con letras de molde.

Cariño

Una mujer empuja un carrito. Sobre él, una niña que debe rondar los diez meses protesta en un idioma propio, pidiendo bajarse. A pesar de las correas y los cierres de seguridad a prueba de niños, consigue deslizar una pierna fuera de la sujección y girarse por completo sobre el carro. Coloca la barbilla sobre el borde del respaldo y se agarra con las dos manos. Mira a su madre. La mujer le sonríe, la recoloca y le ajusta las correas. Mientras lo hace, le habla con voz cantarina. Cuánto te quiero, corazón mío, pero qué guapa es mi niña.


A quien dices el secreto das tu libertad.

Fernando de Rojas