Dice Berna Wang:
Para aprender a escribir, para llegar a la madurez literaria, hay que ir paso a paso. No se pueden sacar los garbanzos de la bolsa y meterlos en la olla sin ponerlos a remojo la noche antes. Para llegar a la madurez hay que pasar por la etapa de inmadurez: es la única forma. Así que escribimos como sabemos en cada momento, y al principio cometeremos errores, ¡cómo no! Pero es cometiendo esos errores como se aprende: cuando vas conduciendo por la autopista y el coche se te va a la derecha, las ruedas pisan las bandas sonoras y el coche vibra: así es como sabes que tienes que rectificar la dirección. Digamos que mi papel como profesora es el de hacer de banda sonora. Pero para que eso sirva para conducir mejor… hay que meterse en el coche, arrancar y entrar en la autopista.
Podéis leer la entrevista completa en la web de la Escuela de Escritores, o disfrutar con sus miradas oblicuas.
Jimena, sobre las críticas:
Cuando quiera que me digas «qué bonito», te enseño una foto de mi gato.
Dice Stephen King:
If you want to be a writer, you must do two things above all others: read a lot and write a lot. There's no way around these two things that I'm aware of, no shortcut. I'm a slow reader, but I usually get through seventy or eighty books a year, mostly fiction. I don't read in order to study the craft; I read because I like to read. It's what I do at night, kicked back in my blue chair. Similarly, I don't read fiction to study the art of fiction, but simply because I like stories. Yet there is a learning process going on. Every book you pick up has its own lesson or lessons, and quite often the bad books have more to teach than the good ones.
Una traducción de andar por casa:
Si quieres ser escritor, sobre todo tienes que hacer dos cosas: leer un montón y escribir un montón. Que yo sepa, no hay forma de evitar estas dos cosas, no hay atajos. Soy un lector lento, pero habitualmente leo entre setenta y ochenta libros al año, la mayoría de ficción. No leo para estudiar la técnica; leo porque me gusta leer. Es lo que hago cada noche, repantigado en mi sillón azul. De la misma forma, no leo ficción para estudiar el arte de la ficción, sino porque me gustan las historias. A pesar de ello, siempre hay un proceso de aprendizaje. Cada libro que abres contiene su propia lección, y con mucha frecuencia los libros malos enseñan más que los buenos.
(Archivo musical eliminado)
Dijo Vladimir Nabokov:
La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle gritando «el lobo, el lobo», con un enorme lobo gris pisándole los talones. La literatura nació el día en que el chico llegó gritando «el lobo, el lobo», sin que le persiguiera ningún lobo.
Leído en El escritor.
Decía G. K. Chesterton:
Un cuento de hadas no dice a los niños que los dragones existan. Ellos ya saben que los dragones existen. Un cuento de hadas dice a los niños que a veces puedes matar al dragón.
Isabel Cañelles presentó ayer en Alcalá de Henares su último libro, Los cuentos de amor ya no se llevan, ganador del Premio Ciudad de Alcalá 2007. Durante la presentación, y entre otras cosas, contó lo siguiente:
Por alguna razón, el contacto directo con la vida nos duele. Nos duele tanto que preferimos permanecer alienados delante de la televisión o correr de casa al trabajo y del trabajo a casa, cavando
—en cualquier caso— trincheras de frialdad. Y por otra parte no podemos evitar la constante nostalgia de algo vivo e intenso de lo que a veces ya no nos queda ni el recuerdo.
Entre una cosa y otra se sitúa, para mí, la escritura. Me permite sentirme a mí misma y a los demás sin la crueldad del encuentro directo con lo que hay, que me haría salir disparada hacia la esfera del pánico. Mis miedos enraizados, toda la rabia que llevo dentro, el amor sin límites, las frustraciones, mi tremendo egoísmo, la ternura desbordante, mi introversión, la risa desatada, el asqueroso victimismo, mi crueldad, la compasión, la crueldad de los demás. ¿Cómo enfrentarme a todo eso sin sucumbir?
Pues escribiendo. Duele, pero no duele tanto como —por poner un ejemplo— reconocer abiertamente que me siento la peor madre del mundo. Dicho de otro modo y siguiendo con el mismo ejemplo, escribir para mí sería el paso intermedio entre fantasear con que soy una madre ejemplar y tomar conciencia —sin suicidarme en el camino— de mis enormes limitaciones como madre.
Escribir es, al fin, mi forma de lamerme las heridas. Duele. Pero no es que sea masoquista. También produce un profundo alivio. Un alivio curativo. El alivio de poder acariciar el lomo al dragón de siete cabezas del sufrimiento. El alivio de ver cómo tus peores miedos se evaporan como burbujas hirvientes. El alivio de aflojar el puño apretado donde crees tener apresada la verdad de la existencia y, al abrir la mano, tenerlo todo. El alivio de permitir que el mundo gire a su ritmo vertiginoso.
Es lo mejor que he leído sobre qué es la escritura. Y mira que hay, y habrá, intentos de definición.
Enhorabuena por todo, Isabel.
Dijo E. M. Forster:
Una historia es la narración de una serie de sucesos ordenados cronológicamente. Una trama es también la narración de una serie de sucesos, pero con el énfasis puesto en el encadenamiento causal.
Una frase, de origen desconocido, que he leído por ahí:
Al final, todo se solucionará. Si no se soluciona, es que aún no es el final.
Lo que me recuerda a otra frase mucho más castiza que escuché hace tiempo:
Pase lo que pase, no pasa nada. Y si pasa, ¿qué importa? Y si importa, ¿qué pasa?
Ejercicio para casa: escribir un relato basado en alguna de estas dos frases. Contará para el primer parcial.
Dice Robert McKee en su libro Story:
La narrativa es como la poesía, pero a otra escala. En lugar de hacer rimar las palabras, al contar una historia hay que hacer rimar los acontecimientos.
Dice Margaret Atwood:
Solía escribir por las noches. Mis sesiones de escritura empezaban con mi ratito de ansiedad. Durante ese tiempo me paseaba por la habitación, afilaba los lapiceros, miraba por la ventana, afilaba los lapiceros, me preparaba una taza de café, me paseaba por la habitación, miraba por la ventana, y si la cosa duraba mucho, me iba al cine. Cuando nació mi hijo tuve que cambiar algunas cosas. La primera, escribir durante el día en lugar de hacerlo por la noche. La segunda, condensar ese ratito de ansiedad en cinco minutos de desesperación aguda.
Dice Félix de Azúa:
Los primeros románticos (que eran los buenos) afirmaban que toda gran obra ha de
ser necesariamente incompleta, fragmentaria, inacabada. La ambición intelectual y
artística ha de ser tan descomunal como para hacer imposible el acabamiento.
La obra maestra, como Ícaro, ha de terminar hundiéndose en el mar tras haber divisado la orla del sol.
Holly Lisle, acerca de por qué escribe:
I write to tell stories, to pay the bills, to change the world, to explore all the facets
of life that I haven’t quite made sense of yet. But at bottom, if I’m brutally honest
with myself, I’m seeking approval. I am a mass of raging egotism and screaming
insecurity, and those two characteristics, bundled tightly and wrapped in with a
weird childhood and a vivid imagination, have produced a writer.
Therapy would probably cure the problem.
Una traducción de andar por casa:
Escribo para contar historias, para pagar las facturas, para cambiar el mundo,
para explorar todos esos aspectos de la vida que aún no he conseguido entender.
Pero, en el fondo, si soy cruelmente honesta conmigo misma, lo que busco es aprobación.
Soy una amalgama de egoísmo salvaje y de inseguridad brutal, y esas dos características,
unidas a una infancia extraña y a una imaginación intensa, han producido una escritora.
Quizá podría haber solucionado el problema con terapia.
People don’t realize that the “big break” is an accumulative thing.
The “big break” comes from small fractures.
—John Kapelos