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Ahora lo veo claro

Sentirse bien

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Fado portugués

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Cuento de hadas

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Mr. Sandman

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Johnny B. Goode

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Aprender a volar

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Cancionzaca

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Encontrada en el blog de Daniel Casado.

Chúpate esa

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Hay que celebrarlo

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Gallifante para quien diga en qué capítulo de qué serie sale esta canción.

El piano, el violín y la guitarra

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En cuanto lo dije

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El sueño de la razón produce monstruos

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Por ahora

Imogen Heap agarra un sampler, aprieta unos cuantos botoncillos y hace esta versión en directo de su «Just for now». A sus pies, doña Imogen.

Mundo de locos

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Invierno

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Sir Duke

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El escondite

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Música para rezar

Hace unos años tuve una compañera de trabajo con el sentido estético más acusado que he conocido. Y hablo de forma consciente de sentido estético frente a sentido artístico, porque no son lo mismo. Pues bien; esta esteta perfecta comentó una vez que cuando estaba frente a una buena obra de arte le entraban ganas de rezar. Creo recordar que el caso concreto al que se refería era una muestra del azul de Klein.

Algo así me ocurre a mí cada vez que escucho, entre otras, Blow it all away, de Sia: se me hace un nudo en la garganta y empiezo a subvocalizar el Jesusito de mi vida. Contando con que esta canción no me trae ningún recuerdo emotivo, debe ser una cuestión místico-estética, como decía aquella compañera.

El video es una grabación de su concierto en Boston en noviembre de 2006. Os recomiendo buscar más información, y sobre todo más música, de Sia. De nada.

La maldición de Pachelbel

Tengo debilidad por la unión de música e ingenio. Seguramente es ese el motivo de que sea hincha de Les Luthiers, por ejemplo. Rob Paravonian es el humilde y ufano mozalbete que os presento en este vídeo. Guitarra en ristre, este joven ameniza las veladas de los ágapes universitarios, con gracejo y buen humor. Es una prueba más de esa tesis que afirma que sentido del humor e inteligencia suelen ir de la mano.

Bandas sonoras (II)

Vamos con una nueva entrega de este experimento. Os propongo escribir un relato basado en una música concreta. La extensión y la temática son libres. Puede ser un texto inspirado en la música de forma indirecta o que base su trama en ella. Vosotros mismos.

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Si os animáis, enviadme vuestro relato a la dirección jobedom@gmail.com antes del lunes 14 de mayo. Ese día publicaré aquí el mío y los que haya recibido.

Músicas para escribir (1)

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Yo-Yo Ma tiene ascendientes chinos y ha vivido durante mucho tiempo en los Estados Unidos. De niño estudió violín y viola antes de empezar con el violonchelo. Con siete años se mudó a Nueva York. Comenzó a destacar en el mundo de la música cuando era muy joven, y a lo largo de su carrera se ha ido ganando el prestigio que tiene en la actualidad. Ha conseguido numerosos premios y galardones, ha grabado varios discos y actúa en los escenarios más importantes. Es considerado como uno de los mejores violonchelistas del mundo.

Adaptado de Wikipedia.

Inmortal

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La carretera está húmeda por la neblina. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para sacarla a bailar. El coche dibuja los giros con agilidad de pianista. Él conduce. Aunque hace frío, ella se ha puesto el vestido blanco que a él le gusta. Le mira los muslos. Ella ríe a carcajadas y tira un poco del extremo de la falda. Empieza a chispear. La carretera se retuerce como una serpiente herida, pero él pisa el acelerador un poco más. Está ansioso por llegar a la casa, por encender la chimenea, por ver cómo cae ese vestido para desvelar la piel tibia y pecosa. No corras tanto, le pide ella, no somos inmortales. Él afloja un poco, pero le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y esa curva imposible les alcanza demasiado pronto.

Un borrón desenfocado, zarandeos, un estruendo, una lluvia de cristales, el chirriar del metal. Y el silencio.

Él sale por la ventanilla y se arrastra a gatas. Tiene un velo delante de los ojos, una bruma gris que lo inunda todo. Mira hacia el coche volcado. Una rueda gira desquiciada. El techo está hundido en la parte de ella. Se pone de pie y corre. Ella está aprisionada pero viva. Algo le ha rajado el costado, haciéndole jirones el vestido y la carne. Chorrea sangre, pero muestra una sonrisa brevísima antes de la mueca de dolor. Un trueno estalla y empieza el diluvio.

Bomberos, ambulancia, hospital, gritos, miedo podrido en el paladar, puñetazos a la pared, noches en vela.

Después de unos días, ella habla al fin, poco, susurrándole al oído. Si me quedase, ya sabes, no quiero máquinas. Anda, calla, aún darás mucha guerra. Duerme un poco. Los médicos todavía no le han dicho a ella que sus piernas ya no son suyas. Él no ha reunido el valor para hacerlo. Cuando ella duerme, él llora en silencio, hecho un nudo en el sillón de skay, mirando las pecas de su nariz y ese pelo cobrizo derramado sobre la almohada, y se abraza para intentar sacarse de las tripas esa niebla helada.

Cinco días, sueños de fiebre en una butaca, sándwiches de máquina, charlas intrascendentes. Suspiros.

En cuanto te pongas bien nos vamos a ir seis meses, qué digo, nos vamos a ir un año de viaje. Autobús o tren, donde nos lleven. Si nos apetece quedarnos dos semanas en un pueblito perdido en un valle, pues nos quedamos. Le pasa la mano por la frente. Ella sacude la cabeza. No, dice, yo quiero un viaje programado, lleno de jubilados, con muchos viejos verdes que me toquen el culo y muchas señoras repintadas que te saquen a bailar. Ríen, y él siente los ojos más y más pequeños mientras la mira.

Cambia la butaca por el sofá de casa. Duerme vestido, agarrado al móvil. Legañas y autobús al hospital, a diario.

Una mañana entra en la habitación y se encuentra las sábanas en el suelo. Ella está tendida en la cama, mirándose las piernas, temblando, apretando los dientes. Le mira, pero a él le resulta imposible hablar. Se frota los ojos para apartar la niebla, pero es inútil. Se ha quedado sin aire y siente un remolino turbio en el pecho que engulle cualquier palabra. Ella se desgarra la garganta con un grito.

Negación, ira, negociación, depresión. Palabras de médico. Vuelta a casa en un coche que huele a nuevo.

Un martes de cielo deshecho, él vuelve del trabajo y se encuentra la calle llena de gente. Una ambulancia. Un círculo de cabezas que miran al mismo centro ominoso. Un sabor conocido a miedo rancio. No sabemos nada. Déjenme pasar. Un policía se interpone. Vivo ahí mismo. En qué piso. Segundo izquierda. Acompáñeme. Le agarra del antebrazo mientras se lo lleva aparte. La bruma en sus ojos se hace más intensa.

Cae de rodillas, el pensamiento hecho humo. Unas cortinas en el segundo ondean por fuera. Un grito eterno.

La carretera está mojada por la lluvia. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para obligarla a bailar. El coche dibuja los giros con sacudidas de animal moribundo. Él mira el otro asiento a través de las lágrimas. Está vacío. Le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y allí está ella, riendo a carcajadas y tirando un poco del extremo de la falda. No somos inmortales, le dice. Aún no, contesta él. El velo que cubría sus ojos ha desaparecido. Agarra con fuerza el volante y lo mantiene recto, dejando que el coche se trague la curva. El asfalto se convierte en gravilla, la gravilla en tierra, la tierra en aire.

El motor se acelera. Al instante, un rugir de viento y la ingravidez que le levanta del asiento.

Él suelta el volante y mira hacia ella. Se ha convertido en una gema que refleja una imagen en cada faceta y él la hace girar, fascinado. Dos manos sobre un tomo del Decamerón. Miradas cruzándose. Un teléfono escrito en un papel. Él sobre el césped. Ella empapándolo con una manguera amarilla. Su risa. Un cachorro de cocker con un lazo rojo. Dos reproches amargos. Sus uñas pintadas de negro. Su sonrisa. Vaqueros y calcetines. Un iris verde líquido. Ella saltando sobre aquella hoguera en la playa. Una discusión a las puertas de un teatro. Su sonrisa. El vello rojizo de su nuca. El hueco de su clavícula. Su sonrisa. Sus pecas. Esa sonrisa.

Verde profundo, dorado dulce, eucalipto rugoso, azafrán, sangre, cobre, lengua, carne, ceniza, humo. Dios.

El coche se desploma, y el aire ruge mientras se abre para dejarle paso. La realidad ha adquirido un sosiego desconocido y se entretiene en cada detalle. El coche sigue cayendo, cada vez más despacio, hasta que se detiene en el aire. Las motas de polvo se han quedado inmóviles en un fotograma congelado para siempre. No somos inmortales, escucha. Aún no, piensa. Y aunque ella está gritando, él vuelve a ver esa sonrisa.

Su sonrisa.

Bandas sonoras (I)

Vamos con un nuevo experimento. Os propongo escribir un relato basado en una música concreta. La extensión y la temática son libres. Puede ser un texto inspirado en la música de forma indirecta o que base su trama en ella. Vosotros mismos.

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Si os animáis, enviadme vuestro relato a la dirección jobedom@gmail.com antes del lunes 5 de marzo. Ese día publicaré aquí el mío y los que haya recibido.

Actualización: El relato que escribí para este ejercicio resultó premiado. Vivir para ver.

Ave María por Bobby McFerrin

Estos días tengo a Yo-Yo Ma como música de fondo non stop durante las sesiones de escritura. Uno de sus discos, Hush es un mano a mano de violoncelo, el suyo, y voz, la de Bobby McFerrin. La décima pista del disco es una versión imprescindible del Ave María, y esto os lo dice alguien que suele apasionarse poco con la música. Buscando en YouTube, me encuentro con esta joya en la que el genio McFerrin interpreta ese Ave María, pero en versión para voz y público. Así, como suena. Impresionante.


Darme una nueva idea es como dar a un imbécil un arma cargada, pero te lo agradezco de todos modos. Bang, bang.

Philip K. Dick