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reflexiones

Elmo y la paloma

No me gusta viajar. Me descoloca, me desubica, me descabala esa parte perruna y autista que tengo, la misma que sufre un poquito cuando me cambian de sitio el sofá del salón o cuando las tazas del desayuno ya no se guardan en el estante de la derecha. Aún así hay algo que me gusta de los viajes: durante ellos se me dispara la neurona, sobre todo si la compañía no es de conversación compulsiva.

Hace unos meses iba camino de Zaragoza para conocer a Miguel, un chavalín de quince días con hoyuelos en las mejillas y manos de pianista. Los viajes en coche tienen algo hipnótico y supongo que fue ese estado de trance ligero lo que me hizo pensar en la vida, la muerte, el universo y todo lo demás. Juro que, aparte de Fortuna, no había fumado nada.

Contemplaba el paisaje soriano, impresionante, cuando me llegó sin más un pensamiento imbécil: «qué bonita es la vida, coño». Seguro que no fue más que una reacción estética barata, pero mi parte canalla se rebeló de inmediato y contraatacó con un argumento correoso: «¿bonita con respecto a qué?» Se me escapó la sonrisilla, claro.

Mi parte lanar me pedía contemplar maravillado el valle que tenía delante, sin más, y dejarme de disquisiciones sobre el yin, el yang, lo estético, lo sublime, la experiencia artística y demás zarandajas. Pero, como digo, el contraataque era correoso.

La conclusión de ese micro debate interior llegó solita, completa y envuelta para regalo. Y no la pude discutir. La vida no es bonita. La vida no es una mierda. La vida es. Sin más. No hay marco de comparación posible y por eso no tiene sentido ninguna calificación. La vida es, y cualquier otra cosa que se intente decir sobre ella será una estupidez: la vida merece vivirse, anímate que la vida es muy bonita, la vida es una barca, qué asco de vida, etcétera.

Si la vida es ser, por pura simetría la muerte es no ser. Obviedad gratis, oigan. Es decir, mejplico, aversimentiendes, la muerte sólo la puedo definir por negación de lo único que es. Pues vaya mierda de definición que se auto sabotea, ay.

La muerte no formula ninguna pregunta. Aún en el caso de personificarla lo suficiente para que pudiera hacerlo, tarea complicada para algo que no es, poco le importaría lo que pudieramos contestar. Yavestruz.

¿Y qué pregunta le vas a hacer a una o a la otra? La vida te responderá a todo, absolutamente todo, con un «sí». La muerte, con un silencio.

Y después de esta bobería filosófica de baratillo, me quedo con la cara de Miguel, con esos ojillos nublados que empiezan a ver luces, bultos que lo alimentan, que lo acarician, que le hablan flojito con voz de retrasado y entonación de trampolín. Los mismos ojillos que empiezan a ver lo que hay aquí fuera. Lo que es. Porque no hay más, por definición.

Como especie, somos unos chulitos y unos creídos. Nos emperramos en que haya una respuesta, aparte de 42, a la pregunta del millón de dracmas. Pero vamos a ver: ¿qué nos hace pensar que, para empezar, tenga sentido esa pregunta? El hecho de que somos auto conscientes, supongo. Pero la capacidad de hacernos preguntas no implica que estas sean importantes, ni siquiera, jaté bien, que tengan sentido.

Si algún día Miguel me pregunta por una paloma muerta, le invitaré a un helado y esperaré a que se lo coma. Miguel, ¿qué ha pasado cuando te has comido el helado? Pues que se ha terminado, tito. ¿Y por qué se ha terminado? Porque me lo he comido. Pues eso, Miguel. ¿Y cuando se termina la vida, tito? Cuando te mueres. ¿Y por qué te mueres? Por accidente, Miguel. Uno siempre se muere por accidente, así que aprovecha lo que puedas mientras puedas. Hala, a vivir. Y cuando se termine, adiós y gracias por el helado.

Los detalles que los vaya descubriendo sobre la marcha, porque es seguro que su modelo mental y el mío son tan distintos como lo pueden ser el de un cazador nómada de Ngouri y el de un tornero fresador de Andújar. Que cada cual encuentre las piezas necesarias y las vaya colocando en el puzle. Si un día Miguel llega con una de esas piezas en la mano y me pide opinión, le daré la mejor que tenga, pero no dejará de ser una opinión, desde el punto de vista ateo, agnóstico, budista, católico, logsiano, etcétera. Al fin y al cabo, la pieza la tendrá que colocar él, que para eso se trata de su puzle.

Como dirían Les Luthiers, la vida es todo esto, todo esto es, esto es, la vida es, todo.

Y esto es todo.

Madoff no es el único

No entiendo tanto revuelo por la estafa muchibillonaria de Bernard Madoff. La mayoría de los estados vienen ejecutando con éxito, desde hace décadas, un timo de idéntica estructura (el esquema Ponzi) al del susodicho motherfucker, sin que nadie haya puesto el grito en el cielo. ¿A qué estafa me refiero? Al sistema de pensiones de la Seguridad Social, por supuesto. En España, como en muchos otros sitios, la ley te obliga a caer en este timo. Producto de mentes perversas con aptitudes para el mal, oigan.

Gente normal

No hay gente normal. No existe tal cosa. Solo hay gente cuya historia completa no has tenido el privilegio de escuchar, aún.

Lo dijo un tal Timmer como comentario a una anotación sobre borderline personality disorder, aquí.

Basado en hechos reales

Esta tarde he visto un viejo sentado al sol. No importa quién es. El viejo ronda los cien años. Ahí estaba, con su chaqueta puesta a pesar de los treinta y tantos grados. Ha mirado a lo lejos durante un buen rato hasta que le ha saltado algún resorte. Entonces, con un movimiento nervioso y temblón, ha sacado una libreta pequeña del bolsillo interior de la chaqueta. La ha abierto. Era de papel sin pautar. En la primera página había escrita, con tinta negra y caligrafía florida, una frase ininteligible. Él ha ido pasando páginas, como buscando algo concreto, pero todas, excepto la primera, estaban en blanco. Aún así, ha seguido hojeando su libreta sin prisas. En ese momento me ha saltado a la cara la metáfora evidente y dos ideas como dos pedradas me han golpeado en la nuca. La primera ha sido la iluminación súbita de saber, de forma inequívoca y contundente, lo que es ser escritor. La segunda ha sido la duda profunda de si realmente merece la pena serlo.

El problema

Creo que he identificado el problema, esa piedra enorme que desde hace meses se me ha puesto delante, bloqueándome sin remedio. A ver si consigo explicarme sin sonar demasiado pedante.

No quiero que mis historias resulten bonitas. Quiero conseguir sacarle al lector una carcajada, un escalofrío, un vómito o incluso un improperio.

No quiero escribir más historias blandas, pasteurizadas, revisadas y envasadas al vacío. Lo que quiero es abrirme las venas y dar de beber al lector.

Al carajo la corrección política.

Me vuelvo al procesador de textos.


No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicarselo a tu abuela.

Albert Einstein