Carta al miedo
Sobreestimado Sr. Miedo:
Es usted un mentiroso. Si me atreviera, diría que es usted un puto mentiroso. Lo más curioso es que usted ya sabe que lo es, y disfruta con ello. Durante años ha utilizado sus trucos más sucios para hacerme creer que su existencia era algo razonable, que mi vida era más segura gracias a su continua mirada sobre mi hombro, que nada malo podía pasarme si le tenía lo suficientemente cerca. Todo eran embustes.
Como ya le he comentado en alguna ocasión, es usted retorcido. Ha llegado a susurrarme razonamientos de hasta seis niveles de recursión sin que se le moviera ni uno solo de sus cabellos perfectamente engominados, y yo me he tragado sus embustes como el que se fia, sin más, de un conocido del que pensamos que tiene mejor criterio que nosotros. Pero a diferencia de otras veces, hoy le digo que es usted retorcido sabiendo y sintiendo lo que me digo, y no como hasta ahora, con esa cara del que recibe una puñalada y responde con un tímido «hijo, qué carácter». Que haberlos, los hay, y usted bien lo sabe.
Pero sigamos el protocolo, que no me quiero perder ni una sola satisfacción mientras le escribo. El motivo de la presente es comunicarle que lo nuestro ha llegado a su fin. Seguro que usted ya se lo venía barruntando, pues siempre ha hecho gala de un olfato finísimo para adivinar cuáles serían mis siguientes pasos. Resulta que estas últimas semanas he estado quitándome lastres y usted se ha caído de mi hombro por algún pescozón mio, involuntario, mientras me quitaba pensamientos viciados y actitudes enquistadas como el que se quita la caspa de los hombros. Y he descubierto que sin usted las cosas son de otro color. Mejor dicho, las cosas son en color. Y me dispongo a dejar caer desde el balcón, fíjese bien, esta ELBE de catorce pulgadas en blanco y negro que usted me regaló hace años y con la que he tratado de aguantar hasta ahora.
Su mayor trampa ha sido la de mantenerme convencido de que había cosas que no podía hacer mientras usted estuviese cerca. Es mentira. Que usted esté o no esté a mi lado no tiene nada que ver con las cosas que hago o con cómo las hago. Sus tácticas rastreras son más tontas de lo que usted pueda pensar. Por ejemplo, esa manía suya de decirme al oído «estás estaba empezando a hiperventilar». Seguro que le parecía algo muy divertido. No lo era. Y ya no le funciona, además. Ahora sé que cuando suspiro, suspiro, sin más. Pero eso no quita que me dé la risa floja cuando oigo su voz, llena de drama y de gravedad, aconsejándome que eche a correr y me meta en casa.
Lo mejor de todo es que ahora comprendo que está usted a mi servicio. Lo he echado de mi hombro, pero lo llevo en el bolsillo. Así estará usted calladito y sin molestar, hasta que lo necesite y lo saque con la punta de los dedos para que olfatee el aire y yo pueda tener una idea de cómo está el patio. Acabará siendo usted como ese canario que llevaban los mineros para detectar el grisú. Ni más ni menos.
Puedo imaginarme sus gruñidos mientras lee estas palabras. Sus puños apretados, su ceño arrugado, sus maldiciones masticadas entre dientes. Pero no me importa e incluso le prefiero así. Usted trabaja mejor bajo presión. Por eso no va a tener usted vacaciones. Acaba usted de ser degradado. Era el CEO y ahora es mi PDA. No se le olvide.
¿Sabe usted una cosa? Creo que cada vez que aparecía a mi lado era consecuencia de que yo estaba pisando la línea de tiza que yo mismo dibujaba a mi alrededor. «Estos son mis límites», me decía. Y cuando me acercaba al perímetro saltaban las alarmas y usted se reía por lo bajini. Muy ladino. No sé cómo no me di cuenta antes de que para ir ampliando ese círculo debía tenerle a usted presente en todo momento, pues eso es síntoma de que estoy justo en el límite entre lo que soy y lo que seré después del siguiente paso. Debería saber que incluso he tirado la tiza. Estoy convencido de que la línea que dibuje hoy la voy a franquear mañana, así que ¿para qué hacer ese esfuerzo tonto? Uno va teniendo unos años y los dolores de espalda no perdonan. Además, sin línea uno no mide las zancadas y acaba avanzando con menos esfuerzo y más deprisa.
Me ha embaucado, señor suyo. Me ha soltado párrafos interminables, tan enrevesados como la letra pequeña de un contrato con el diablo y compuestos de palabras tan dulces como la letra grande de ese mismo contrato. Y lo que más me sorprende es que yo le creía. Por miedo. Eso es lo gracioso. Le tenía miedo a usted mismo. Y más tarde, miedo a sentir miedo de usted mismo. Mientras tanto, usted engordaba y engordaba, frotándose la panza satisfecho, levantando las cejas y asintiendo para que yo siguiera pensando que hacía lo correcto, que era un hombre sensato, que siempre hay que resignarse ante ciertas cosas. Pues no me resigno, mire usté. No me da la gana. Vaya haciendo nuevos agujeros en su cinturón porque a partir de ahora va a ir perdiendo unos kilitos cada día. Ríase usted de la dieta de la alcachofa.
No se moleste en responder a esta carta. Me imagino sus réplicas: «no cantes victoria», «no te desharás tan fácilmente de mí», «cuando menos te lo esperes estarás donde estabas». Pero ninguna es cierta. Le he calado y ya sé cómo se las apañaba para sacar siempre los cuatro ases. Maldito tahur. Se acabaron las cartas, se acabaron los pactos, se acabó el pedirle fiado. Ahora, para usted yo soy imprescindible, y para mí usted no deja de ser una herramienta conveniente, ¿se da cuenta de la ironía?
Descanse durante unos días, piense en todo esto, mentalícese: debe estar en plena forma para la que le espera. Pero no tenga miedo. En su caso sería un contrasentido.
Mucho ánimo. Lo va a necesitar.