Obra
Un dedo con la uña mordida se desliza por el fino papel, siguiendo una línea de letras escritas con pluma y tinta negra. Letras pequeñas, apretadas, casi de molde si no fuera por el aire infantil de las aes y las oes.
Él tiene el pelo grasiento pegado al cráneo y marcas oscuras bajo los ojos. Repasa una y otra vez lo escrito esa noche.
Las cortinas están descorridas y dejan ver unos cristales sucios. La lluvia los golpea con ritmo. Una claridad lechosa empieza a iluminar el cuarto. Ya no queda mucho tiempo. La humedad espesa se condensa sobre el vidrio en lágrimas que caen formando regueros en la mugre.
Sobre una mesita de mármol descansa una pecera, esférica, llena de un agua verdosa en la que flota una extraña pulpa. Aquella masa grisácea en otro tiempo fue un pez dorado. Cada rincón de la habitación apesta a orina rancia, a pescado podrido, a polvo sobre polvo.
Los dientes del color de la cera muerden un padrastro en el pulgar, al lado de lo que queda de uña. Él escupe con suavidad el pedazo de piel. El pulgar sangra.
Él toma la pluma y la sumerge en el tintero. Piensa. Sus ojos fatigados se niegan a enfocar pero eso ya no importa. Lleva tanto tiempo con la Obra que podría seguir escribiendo aunque se le secaran los ojos, aunque se los arrancaran con una cuchara. Escribe con pulcritud en la última página del último cuaderno, el que luce en la tapa un intrincado y florido seiscientos sesenta y seis.
Y llegará el día en que todo lo vivo parezca muerto. Diabolus, Abaddon, Shaitan, Baalberith, Naamah, Thamuz, T'an-mo, Azazel. Todos son nombres de una misma verdad.
Dentro del fregadero, una bandeja de plástico contiene un puñado de fotografías desvaídas, resecas, curvadas sobre sí mismas. Los frascos con los productos de revelado están volcados a los pies de la cocina. Sobre la alfombra descansa la Obra: diez torres de sesenta y seis cuadernos y una más de cinco, esperando al que cerrará el círculo. Cuadernos con páginas de un papel finísimo, abarrotadas de renglones apretados.
Y será ese día cuando todo lo muerto vuelva a estar vivo. Sabazios, Haborym, Hecate, Pwcca, Mictian, Midgard, Sedit, Beelzebub. Todos son nombres de una misma verdad.
Una lágrima caliente le escuece en el ojo, se desliza hasta la punta de la nariz y desde allí se arroja al papel sobre la penúltima línea escrita, dejando escapar un brevísimo tap al chocar contra las letras. Él deja escapar un jadeo. Arruga la nariz, deposita la pluma con cuidado y se frota los ojos. Debería repetir todo el cuaderno, pero no puede. No debe. No ahora que está tan cerca del final. La tinta se extiende por el interior de la lágrima como las raíces de una diminuta planta aún por brotar.
Él llegará puntual a la puerta de cada uno de los suyos. Chemosh, Mefistófeles, Dagon, Nihasa, Behemoth, Beherit, Tchort, Ishtar. Todos son nombres de una misma verdad.
Un ligerísimo golpeteo sobre el sintasol le hace girar la cabeza hacia el rincón que le sirvió de trastero. Las cucarachas se pasean entre bolsas de basura azules; bolsas con humedades y fangos marrones adivinándose a través del plástico, apiladas hasta media pared.
Y golpeará dos veces: la primera para despertar, la segunda no. Saitan, Shiva, Nija, Sekhmet, Loki, Balaam, Milcom, Tezcatlipoca. Todos son nombres de una misma verdad.
Casi no queda tiempo. Ha de terminar. La pluma está seca y la introduce una vez más en el tintero. Unas líneas más y estará terminada. La Obra de una vida por fin cerrada. Y Él podrá venir porque él ya estará preparado.
Al primer golpe la sangre se helará en todas las venas. Damballa, Cimeries, Sammael, Mammon, Rimmon, Samnu, Asmodeo, Demogorgon. Todos son nombres de una misma verdad.
Su respiración se ha convertido en un jadeo repetido y obstinado. No falta mucho. No mucho.
Al segundo golpe la sangre hervirá dentro de cada cuerpo. Ahpuch, Adramelech, Marduk, Nergal, Gorgo, Ahriman, Mormo, Euronymous. Todos son nombres de una misma verdad.
Ya casi está. Casi. Un último movimiento. Cargar la pluma. Por última vez.
Esa será su venida, desde siempre y para siempre. Y todos conocerán el nombre de la única verdad.
Roza el papel con la pluma para marcar el punto final. Ansioso, sopla suavemente para secar la tinta. Cierra el cuaderno, pasa la mano con cariño por la tapa y lo deposita sobre la última torre, con el mismo cuidado que emplearía al manejar un recién nacido.
Suena un arrastrar de pies al otro lado de la puerta. Todos los músculos se le tensan.
Alguien golpea en la puerta. Dos veces.
Corre nervioso hacia la entrada.
Tropieza con las dos torres centrales de cuadernos y cae. Se golpea la base del cráneo con la pequeña mesa de mármol y siente un crujido terrible que le recorre la espina dorsal de arriba a abajo. Un dolor azul y dulce se expande desde detrás de la nariz.
La vida se le escurre sobre la alfombra polvorienta, pero él sonríe. Sonríe porque comprende al fin cuál es la única verdad que ha llegado.
3 comentarios
Buf, qué aire tan cargado.
Chiki
Lo bueno del asunto, Chiki, es que ya ha habido tiempo para ventilar: este relato tiene casi nueve años. Es lo que tienen las limpiezas de disco duro :)
Joaquín Bernal
Si lo que querías conseguir era una pelusa en la garganta…lo has hecho.
Jimena