Al oído

1999-11-10 / Joaquín Bernal / 4.900 palabras

Isabel se miró el pequeño reloj de pulsera y bostezó larga y perezosamente, rozando con los puños las cortinas de detrás de la butaca. Hora de dormir, pensó. Observó la portada del libro que tenía entre las manos: El perseguidor y otros relatos, de Julio Cortázar. Lo dejó sobre la mesita baja del salón, apagó la luz y se dirigió al dormitorio, pensando aún en el hombre que vomitaba conejitos del relato que acababa de leer.

Se quitó la ropa sin dejar de bostezar y se miró durante un par de minutos en el espejo grande del armario. Decidió que tenía que empezar alguna dieta, por quinta vez en aquel mes, y se puso el pijama de elefantes, ese tan calentito que le daba ganas de dormir al instante.

Fue mientras se limpiaba los dientes cuando se encontró con aquella araña: un bicho con un cuerpo del tamaño de una canica y unas patas desmesuradas, que subía por la pared a pocos centímetros del borde izquierdo del espejo. Isabel dio un respingo y escupió el dentífrico con brusquedad. Se retiró unos pasos, con la nariz arrugada y un gemido ahogado en la garganta, sin quitarle la vista de encima. Se quitó la zapatilla derecha, bastante peculiar. Era un perro de peluche naranja, suave, con una lengua pequeña y roja. La sostuvo a la altura de la araña a una distancia lo suficientemente grande como para no poder darle aunque hubiese querido.

Los ojos de la zapatilla miraban perdidos al techo del cuarto de baño. Isabel cerró los suyos, avanzó un paso, dio un grito comedido y asestó un zapatazo sobre la araña, que ya se encontraba a la altura de los focos del espejo. Dejó durante unos segundos la zapatilla en el sitio, sintiéndose sin fuerzas para levantarla y ver qué quedaba de aquel bicho. Cuando al fin lo hizo, vio una mancha del tamaño de una cereza en la pared del baño. Una mancha roja en forma de anillo, con un amasijo negro en el centro, con aquellas patas aplastadas en una misma dirección, como si un cepillado demasiado fuerte las hubiese peinado hacia arriba. Isabel sintió que aquello era un ojo que la observaba sin parpadear y notó la náusea subir garganta arriba. Dejó caer la zapatilla y abrió la tapa del inodoro para soltar una arcada seca y violenta que la obligó a encogerse de dolor.

Se metió entre las mantas, acurrucándose, encogiendo las rodillas e intentando calentar las sábanas de franela en aquella noche de diciembre. Apagó la luz de la mesilla e intentó dormir. Eran las dos y veinte la última vez que miró el reloj antes de conseguirlo aquella noche.

El despertador sonó, casi gritó, a las cinco y media, con esa indiferencia que hacía a Isabel sentir una pereza infinita todas las mañanas. Un manotazo acabó con el aviso de que otro día acababa de empezar. Tenía la sensación de haber dormido poquísimo, como si hubiese cerrado los ojos pocos minutos antes.

Súbitamente recordó haber soñado con una araña que estaba en su baño: un bicho enorme y a punto de reventar, que ocupaba todo el hueco de la ducha, que tiraba el Sanex con una de sus largas patas, enganchando aquella especie de antenas en la esponja al tiempo que babeaba un espumajo inmundo sobre la esterilla de ventosas. Isabel se echó el pelo alborotado hacia atrás y se pasó la mano por la frente. Sentía la cabeza con la ligera calentura de los días previos a un buen resfriado y las imágenes del sueño aún latían ocultas detrás de sus párpados.

Tanteó con el pie derecho el suelo cercano a la cama buscando sus zapatillas. Al rozar el hocico de una de ellas un estremecimiento recorrió su espalda. Recordó la desagradable visita del baño de la noche anterior y el posterior zapatazo. No pudo reprimir un gemido de repugnancia.

Suspiró despacio y conectó la radio de la mesilla, una radio de imitación que intentaba aparentar cuarenta años más de los que realmente tenía, regalo de sus padres por su último cumpleaños. Isabel siempre la tenía sintonizada en Radio Clásica, ya que lo único que podía soportar a esas horas era alguna música tranquila. Comenzó a sonar un elaborado contrapunto barroco, sin que ella le prestase demasiada atención. Camino del baño se dio cuenta de que llevaba las zapatillas cambiadas de pie y los perritos parecían haber discutido. Sonrió ante tal pensamiento mientras agarraba el pomo de la puerta del baño.

Abrió la puerta y pulsó el interruptor de la luz. Tuvo que repetir la acción varias veces, pues aquel interruptor se atascaba a menudo. Cuando la luz se encendió por fin, creyó por un momento que seguía dormida: tanto el lavabo como las cortinas de la ducha estaban cubiertas de una masa negra y palpitante. Se fijó un poco mejor y pudo comprender de qué se trataba: infinidad de arañas de patas largas cubrían la mayor parte de su cuarto de baño. Allí de pie, con las zapatillas al revés, con el sabor del insomnio aún en la lengua y agarrando el pomo como si su vida dependiera de ello, Isabel quedó paralizada durante un par de segundos. Al fin reaccionó, salió precipitadamente del baño y cerró con un portazo.

Aún jadeando y con el corazón acelerado, sintió cosquillas en el arranque del tobillo del pie derecho. Al mirar hacia abajo vio con horror una de aquellas asquerosas arañas que trepaba con insolencia por la pernera del pijama de elefantes. Isabel sacudió la tela del pantalón, pellizcándola a la altura del elástico de la cintura hasta que consiguió hacer caer a la araña. Sin pensarlo dos veces, la pisó con un movimiento en arco, elástico y preciso. Dos décimas de segundo antes de que su pie tocase el suelo se dio cuenta de que la zapatilla de ese pie había salido despedida a causa de las sacudidas previas. Demasiado tarde. Su pie desnudo pisó fuerte y se produjo un ruido desagradable y ominoso, como de uva reventada.

Isabel gritó y echó a correr hacia la cocina sin mirar siquiera aquella nueva mancha en el suelo al lado del baño. Se apoyó sobre el fregadero, cubriéndose la boca con la mano. Estaba segura de que la mancha de esta segunda araña muerta sería como la de la noche anterior: un ojo viscoso y rojo mirándola fijamente.

Sentada en una de las butacas del salón, aún temblando, marcó en su móvil y esperó contestación. No paraba de rascarse la espalda a través de la chaqueta de lana con la que ahora cubría la parte superior del pijama. Por fin, el tono de llamada dio paso a la voz familiar de Marta.

—Convento de las madres carmelitas. ¿Dígame?

Isabel arañaba nerviosa el tapizado de la butaca con la uña del índice.

—Marta, soy yo. Déjate de tonterías y escúchame —dijo con voz temblorosa.

—¡Ah! Hola, Isa. Estaba a punto de salir para el aparcamiento. ¿Te encuentras bien? No, no me lo digas. Seguro que has vuelto a confundir el cartón de leche para el desayuno con el don Simón y ahora me llamas para decir…

—Marta, para un poco, ¿quieres? No entiendo cómo puedes estar de humor a las seis de la mañana —interrumpió Isabel con brusquedad.

Intentó hablar de corrido, pues sabía que cada comentario de Marta sería un un amago de chiste, cosa para la que no tenía humor aquel día.

—Mira, no puedo ir esta mañana al trabajo porque tengo un pequeño problema en casa. Díselo a Federico y dile también que ya tiene sobre su mesa las estadísticas que me pidió el lunes. ¿Te acordarás?

—Sí, mujer. Le diré al cabezón que has tenido que salir esta madrugada a enterrar el cadáver de tu último amante y que estás molida. ¿Te parece bien?

Isabel soltó un pequeño bufido antes de contestar.

—Cuéntale lo que quieras, pero que no se te olvide. Intentaré llegar esta tarde después de comer. Hasta entonces.

Pulsó el botón de fin de llamada y dejó caer el móvil sobre el sofá. Resopló, cubriéndose la cara con las manos. Necesitaba hacer algo y hacerlo rápido. Recorrió mentalmente la lista de conocidos que podrían ayudarle.

—Álvaro. Quizá él sepa qué hacer —susurró para sí.

Álvaro vivía a dos puertas de su apartamento. Isabel pulsó el timbre con tres toques cortos y nerviosos. No sabía demasiado de él, salvo que trabajaba como fotógrafo, que llevaba siempre una de sus cámaras al cuello como un turista japonés, y que era un apasionado de los animales. De hecho, en la última reunión de vecinos se escucharon quejas sobre el tipo de animales que él tenía en casa y lo peligrosos que podían llegar a ser para los críos que vivían en el edificio. Resultaba un poco desagradable encontrarse en el ascensor a un vecino con una iguana sobre el hombro, y algunos de los inquilinos así lo hicieron saber. Volvió a pulsar el timbre dejándolo sonar, insistente. Seguro que el fotógrafo ya había salido de casa. Golpeó la puerta un par de veces con el puño, en un último intento. Justo cuando se daba la vuelta para volver a su apartamento, la puerta se abrió sin ruido alguno.

—¿Querías algo? —dijo Álvaro, con voz ligeramente ronca, como de resaca.

Isabel dio un pequeño brinco de sobresalto y se volvió rápidamente hacia él.

—Por un momento pensé que ya habías salido.

—No, hoy no. Tengo pensado aprovechar mi último día de vacaciones tumbado en la cama —dijo Álvaro, sonriendo sólo con la parte izquierda de su boca, de una manera muy peculiar. A Isabel le pareció una sonrisa bastante atractiva. El pelo de Álvaro, casi albino de puro rubio y cortado a cepillo, le daba un cierto aspecto militar.

Una vaharada procedente del interior del piso la alcanzó. Olía a col hervida y a leche agria. Como el aliento de un anciano enfermo, pensó Isabel, intentando disimular su disgusto sin demasiado éxito. Desde dentro del apartamento llegaba el sonido apagado de una canción de Molotov. A pesar de ser tan temprano, el vecino ya llevaba colgada una brillante Pentax al cuello, de aspecto bastante caro. Álvaro pareció intuir el destino de la mirada de Isabel.

—Estoy haciendo pruebas con película infrarroja. Se me ocurrió un experimento durante la noche y no podía esperar. ¿Te puedo ayudar en algo?

Isabel permaneció durante unos segundos con la mirada fija en la cámara, hasta reaccionar. Nerviosa, comenzó a explicarle la situación de manera bastante atropellada.

Le contó lo de la araña de la noche anterior y cómo había encontrado el baño, aquella misma mañana, literalmente invadido por aquellos bichos. Mientras Álvaro sonreía a medias, Isabel le explicó que no sabía a quién llamar y que conocía su afición por los animales exóticos. Él hizo un gesto de condescendencia que consiguió que a Isabel se le erizara el vello de la nuca sin saber por qué.

Tras meditar durante medio minuto, el fotógrafo accedió a echar un vistazo al baño infestado y ambos se dirigieron con paso rápido al apartamento de Isabel. Un par de metros antes de llegar a la puerta, Álvaro se volvió con cara de estar pasándolo muy bien.

—¿Sabes si han conseguido salir del baño?

Ella respondió abriendo los ojos desmesuradamente y encogiéndose de hombros. Él se rió por lo bajo y entró, al tiempo que Isabel se quedaba en la puerta, mirando fijamente el felpudo mientras intentaba apartar el recuerdo de aquellas asquerosas arañas. Tras un par de minutos, él salió del piso, deteniéndose justo sobre el punto del felpudo al que Isabel miraba obsesivamente. Se limpió la suela de las botas militares justo antes de empezar a hablar, sonriendo.

—Tranquila, están todas allí… aún. De hecho, he pisado unas cuantas —dijo, mirándose las suelas con una atención morbosa—. No es tan grave como parece: han entrado por el desagüe del lavabo, pero creo que tengo la solución.

Isabel suspiró, aliviada.

—Gracias a dios —dijo en un susurro.

—Necesito coger algo de mi casa, pero vuelvo ahora mismo.

A medio camino entre la puerta de los dos apartamentos, Álvaro se paró en seco y se giró hacia ella, con aire pensativo.

—Ten en cuenta que estas cosas no las hago gratis.

La media sonrisa había vuelto a aparecer. Isabel sacudió la cabeza como intentando borrar un mal pensamiento.

—Por supuesto. No te preocupes por eso ahora. Lo único que quiero es que esos bichos asquerosos dejen mi baño en paz cuanto antes.

Isabel dejó salir una risita nerviosa mientras levantaba las cejas. Él asintió y se dirigió hacia su casa.

Cuando Álvaro llamó a la puerta suavemente con los nudillos, Isabel esperaba sentada en el sofá, cruzada de brazos, con los puños dentro de las mangas de la chaqueta y rascándose el cuello nerviosamente.

—Pasa, está abierto —dijo Isabel.

Álvaro entró llevando una jaula del tamaño de una caja de zapatos. Tenía un gesto grave en los ojos, pero la media sonrisa aún estaba allí.

—Ya he vuelto. Te voy a presentar a unos amigos míos.

Álvaro se acercó hasta la mesa de cristal que estaba delante del sofá y depositó cuidadosamente la jaula sobre ella. En su interior bullían unos animales extraños, bolas de pelo sin cabeza ni cola aparentes. Emitían un sonido curioso, parecido a un susurro ininteligible que se dirigieran los unos a los otros. Isabel pensó por un momento que aquellas cosas estaban conspirando de algún modo contra ella. Un escalofrío le subió espalda arriba.

Intentó hacer un cálculo aproximado del número de aquellos animales que había en la jaula, pero le fue imposible. No se veía más que una masa casi continua de pelo que rebullía tras la rejilla metálica de la tapa. Álvaro abrió la trampilla de uno de los laterales e introdujo la mano en la jaula. Isabel se retiró unos palmos hacia el otro extremo del sofá, mientras la mano de él agarraba suavemente a uno de los animales, sacándolo de la jaula con delicadeza.

—Te presento a mi camada de farfos —dijo Álvaro, triunfal, mientras daba la vuelta a aquella bola peluda hasta ponerla de cara a Isabel.

Nunca había visto algo semejante. Una especie de rostro casi humano de gesto burlón, rodeado de pelo, como un hombre que hubiese dejado crecer su melena y su barba durante meses, se le quedó mirando fijamente. Aquél animal le estaba sonriendo, pensó Isabel. Era ridículo, pero así era. El farfo le ofrecía una sonrisa cínica, como la de alguien que finge estar encantado de conocerte sin conseguir ser del todo convincente.

—¿Qué…? ¿Qué son? —preguntó Isabel con un hilo de voz.

Álvaro se aclaró la garganta, como si preparase el inicio de un discurso para un auditorio inexistente. Empezó a hablar con un punto de orgullo en la voz.

—Son farfos. ¿Te gustan? Estos simpáticos animalitos vienen de una zona muy concreta de Pakistán. Para ser más exactos, vienen de una estrecha franja arenosa que se extiende aproximadamente desde Quetta hasta la orilla de uno de los afluentes menores del Indo. ¿Sabías que les encanta ocultarse bajo la arena?

Isabel no prestaba la más mínima atención a las palabras de Álvaro. Sentía una extraña y morbosa fascinación al contemplar aquél animal. Álvaro seguía con su explicación, encantado, mientras miraba al animal que tenía en sus manos con un cariño levemente repulsivo.

—Los descubrieron dos exploradores ingleses, sir John Sterne y su ayudante, Artemus Hood, a finales del siglo pasado.

Isabel estaba atónita. El animal guiñó un ojo y ella sintió una oleada de repugnancia ascender desde sus pies hasta la boca del estómago. Álvaro parecía casi emocionado mientras hablaba de lo que parecía ser su tema preferido.

—Estos dos caballeros los bautizaron como gabblers. Seguro que ya has notado que susurran de una manera muy… humana —dijo Álvaro casi cerrando los párpados—. ¿Sabes? Las gentes de aquella zona los vienen utilizando durante siglos para deshacerse de plagas de todo tipo. Te sorprendería ver lo que estos amiguitos pueden llegar a hacer.

Los farfos seguían su discreta charla particular, como de sala de espera de hospital. Isabel reprimió un gesto de asco.

—¿Te importa si te dejo solo mientras haces lo que tengas que hacer?

Álvaro soltó una risita atravesada.

—Por supuesto que no. Vete tranquila, y dentro de un par de horas puedes volver para darte un buen baño de espuma.

Isabel entró rápidamente en su dormitorio para cambiarse y poder salir cuanto antes del piso. No quería pasar ni un minuto más al lado de los farfos.

—Te aseguro que no encontrarás ni una sola araña —dijo Álvaro, levantando la voz en las últimas palabras para hacerse oír.

Isabel entró en la cafetería Charleroi, situada a una manzana de su portal. Se acomodó en un taburete alto, pegada a la barra, y pidió una manzanilla decidida a esperar unas horas.

Mientras doblaba cuidadosamente el sobrecito de azúcar, ya vacío, vio con horror cómo una reluciente cucaracha correteaba nerviosa por encima de la barra. El camarero, sin inmutarse, soltó su enorme manaza abierta, golpeando secamente sobre el insecto. Isabel se volvió horrorizada, dejando caer el vaso de manzanilla sobre la formica imitación de mármol, justo un momento antes de que el camarero se mirase la palma de la mano y procediese a limpiarla contra el pantalón. Isabel sacó precipitadamente unas monedas de su bolso y las dejó caer sobre el platillo antes de salir a toda prisa de la cafetería.

El aire húmedo de la mañana despejó un poco su cabeza. Decidió pasear por el barrio mientras pasaban esas horas interminables. Así su estómago recuperaría su posición natural, dos palmos más abajo de donde se encontraba en ese momento.

Al llegar a la puerta de su apartamento, se encontraba mucho más tranquila. Tomar el aire le había sentado bien. Empujó la puerta pero la encontró cerrada. Buscó en su bolso y descubrió con desagrado que no había cogido las llaves. Llamó golpeando la puerta suavemente con las uñas, esperando que Álvaro hubiese tenido la idea de esperarla. Al momento, él abrió la puerta y la recibió con un cigarrillo casi consumido en los labios, sonriéndole sin decirle ni una palabra. Pasaron hasta el salón e Isabel echó una ojeada por toda la habitación buscando la jaula. La localizó sobre la mesa grande, cubierta con una de sus toallas. Álvaro pareció adivinar sus pensamientos.

—No te preocupes. Te devolveré la toalla recién lavada. La cogí para taparlos, porque después de comer no tienen un aspecto demasiado agradable —dijo, con esa sonrisa esquinada que ya no parecía tan atractiva.

—No… importa —dijo Isabel, casi sin aire.

—Pasa al baño, ya verás —dijo él.

Isabel le hizo caso, vacilando por unos instantes antes de decidirse a abrir la puerta. Pulsó el interruptor y la luz se encendió a la primera. Se encontró con su baño libre de arañas. Lo más curioso es que también estaba reluciente, tan limpio como después de hacer sábado. Se encogió de hombros y volvió al salón suspirando, aliviada, mientras recorría el corto pasillo.

—Han hecho un buen trabajo, ¿verdad? —dijo Álvaro guiñando un ojo.

—Así es. No sabes cuánto te agradezco…

Álvaro levantó la mano derecha reclamando silencio. Rió por lo bajo antes de hablar.

—Ya te dije que no suelo hacer estas cosas por amor al arte.

—¡Oh! Perdona, no había caído en ello —dijo Isabel, mientras se acercaba hasta la butaca en que había dejado su bolso.

Álvaro apagó el cigarrillo en la tierra del pequeño cactus que estaba sobre la mesa de cristal. Su expresión era expectante y burlona, como la del que acaba de plantear una divertida adivinanza. Ella sacó su billetera del bolso y hurgó hasta encontrar un par de billetes.

—¿Cuánto crees que es lo justo? —dijo, sin dejar de mirar el dinero.

—Creo que no me has entendido. Dije que no haría esto gratis y tu estuviste de acuerdo. Y no pensaba precisamente en dinero.

La sonrisa de Álvaro la desconcertó aún más.

—No… No sé a qué… te refieres.

—No te preocupes, es fácil. Sólo quiero que poses para mí. Desnuda, por supuesto. Ya sabes que soy fotógrafo —dijo él, acariciando el objetivo de su Pentax con el dedo índice.

Las cejas de Isabel se arquearon durante unos segundos. Levantó la cabeza con la cara de alguien que no acaba de entender un chiste y dirigió su mirada a Álvaro.

—Venga, déjate de bromas. ¿Cuánto quieres por… la limpieza?

—Ya te lo he dicho.

—¿Hablas en serio? —dijo ella, ladeando la cabeza con los párpados ligeramente entornados, sopesando las palabras de Álvaro.

—Creo que es justo —dijo él sonriendo, pero su sonrisa no era más que una mueca.—Yo me he deshecho de tus arañas y ahora tú te deshaces de tu ropa. Y tranquila, que sólo serán dos o tres carretes.

—Ni hablar —dijo, resuelta. Volvió su mirada a la billetera y sus dedos rebuscaron en su interior.—Te doy cinco mil pesetas y estamos en paz.

Álvaro parecía no escuchar mientras sacaba un cigarrillo del paquete de Ducados. Lo encendió con parsimonia y encogió los hombros antes de hablar.

—Si te parece mal desnudarte sola, hay una solución fácil. Yo también lo haré. Puedo traer el trípode y colocar la cámara allí, en el rincón al lado del ficus. Estoy seguro que podría tomar unas fotografías estupendas de los dos jugando en el sofá, utilizando el mando a distancia de la cámara.

Álvaro rozaba el objetivo de la Pentax con el dedo corazón, describiendo lentos círculos sobre su borde. Expulsó por la nariz el humo del cigarrillo y la media sonrisa se acentuó. Un brillo extraño en sus ojos apareció y desapareció como una ráfaga.

—También podemos fotografiarnos en el baño, si lo prefieres —dijo burlón, mientras su mano izquierda simulaba el movimiento de una supuesta araña sobre el brazo del sofá.

Isabel sintió la sangre agolparse en las sienes al tiempo que una imagen inundaba poco a poco su mente: ella desnuda tumbada sobre una alfombra de arañas rechonchas y negras en el suelo del baño, con los ojos fijos en el techo. Álvaro también desnudo, con una sonrisa obscena, pisando ruidosamente las arañas y rozándole sin prisas los pechos con los pies, descalzos, cubiertos de una repugnante viscosidad roja de patas y coágulos.

Una tremenda náusea le anudó el estómago durante unos instantes, atorándole las palabras en la garganta. Cuando al fin pudo hablar, pronunció lenta y cuidadosamente, con falso aplomo, aparentando no haberle oído.

—Estoy segura de que diez mil serán suficientes.

Él soltó tres carcajadas, breves y secas, y clavó su mirada en ella. Isabel sintió sus ojos desnudándola palmo a palmo, notando casi el roce repulsivo de aquellas cortas y rubias pestañas desde el sofá. Miró alrededor durante un par de segundos, desorientada. Cerró los puños con fuerza, se clavó las uñas en las palmas de las manos y el súbito dolor le hizo reaccionar. Habló, y su voz sonó fría, llena de odio mal contenido.

—Sal inmediatamente de mi casa. Ahora.

Álvaro levantó las dos manos en señal de rendición. Se levantó del sofá y cogió la jaula a través de la toalla. Hizo una reverencia versallesca antes de atravesar la puerta y desapareció dejando el eco de un portazo tras de sí.

Isabel aflojó muy lentamente los puños y se desplomó sobre el sofá. Se llevó las manos a la frente y trató de tranquilizarse. Acababa de echar de su casa a la araña del sueño, la más grande de todas.

La tarde fue agotadora, pues había tenido que recuperar el tiempo y entregar también el trabajo atrasado de aquella misma mañana. El incidente de Álvaro pronto había quedado en el fondo de su mente, como lodo de ciénaga, cubierto por una capa gruesa de cansancio y un generoso dolor de cabeza. Un día muy completo, pensó irónica.

Recorrió decidida el pasillo hasta el cuarto de baño. Encendió la luz al segundo intento y se asomó desde fuera, estirando el cuello. Quería asegurarse de que las arañas no habían vuelto a aparecer en el transcurso de aquellas pocas horas. Para su alivio, el baño estaba limpio. Apagó la luz y se encaminó hacia la cocina a prepararse algo para cenar. Un Sopinstant y rápidamente a la cama, pensó.

Completamente a oscuras, Isabel suspiró. Boca arriba sobre la cama y tapada hasta la barbilla con las mantas, trataba en vano de dormirse mientras escuchaba el cansino tictac del viejo despertador de cuerda.

Extrañas imágenes de formas geométricas, levemente fosforescentes, pasaban por delante de sus ojos flotando en la oscuridad.

El reloj seguía con su latir mecánico, rompiendo el silencio, traqueteando escandaloso. Isabel sentía los tímpanos taladrados con cada vaivén de su maquinaria. No podía dejar de oírlo y eso le impedía dormir.

Bajo el ruido del reloj notó un sonido mucho más leve, como un susurro comedido. Aguzó el oído. Nada. Únicamente el despertador. Pero no estaba segura.

Otra vez. Un cuchicheo extraño procedente de todas partes y de ninguna. Cada vez más fuerte, cada vez más cerca.

Abrió los ojos hasta el límite mirando a ambos lados de la cama. Oscuridad total. Los murmullos arreciaron y se imaginó en medio de un pésame, con centenares de personas susurrando palabras de ánimo a la familia de un difunto. Su corazón se lanzó a un galope sin sentido. Podía oírlo en el interior de sus oídos aún sobre aquel bisbiseo. En aquel instante un sonido ronco cuchicheó directamente en su oreja derecha.

—Farfarfar… fasfar… farfaaaaaar…

De repente, se hizo un silencio total. Isabel intentó acercar la mano hasta el interruptor de la lámpara de la mesilla, pero se sintió paralizada. Súbitamente los susurros reaparecieron con mucha más intensidad. Sintió un pinchazo y una quemazón repentina en el cuello seguidos de una extraña tibieza deslizándose desde allí hasta el pecho.

Arrojó las mantas a los pies de la cama con una patada casi refleja y encendió la luz en un movimiento que se le antojó lentísimo. Con los ojos entornados por la súbita claridad vio algo que le robó la respiración. La parte delantera del pijama se encontraba empapada en sangre y sobre aquella mancha oscura y roja un farfo la miraba a un palmo de su propia cara. Intentó gritar, pero su garganta se encontraba ya paralizada. Sólo pudo ver en aquellos últimos momentos de cordura consciente cómo docenas de farfos se abalanzaban sobre ella, revolviendo sábanas y mantas, mordisqueando la tela del pijama, sin rozarle siquiera la piel, susurrando, murmurando, afanosos y repugnantes. No pudo soportar la visión de aquellos animales y cerró los ojos un instante antes de perder el conocimiento.

El hombre grueso de la chaqueta tocaba con el dedo índice de la mano derecha, enguantada en látex, el tobillo de la chica que yacía muerta sobre la cama. Por un momento trató de calcular cuántos cadáveres llevaba vistos en tantos años de oficio, pero pronto se dio por vencido. Rozó la placa que asomaba por el bolsillo de la chaqueta con la punta de los dedos, antes de hablar.

—¿Ningún vecino oyó nada anoche? —preguntó con desgana.

El portero del edificio, un hombre menudo con el pelo escaso y pegado al cráneo, estaba ligeramente descompuesto y tenía en la cara el color de la ceniza. No parecía estar implicado, a pesar de que contestó con una desenvoltura insólita en aquellas circunstancias.

—Ninguno, oiga. Ni siquiera yo sentí el ascensor ni la puerta de fuera ni la del garaje. Mi señora, que tiene el sueño como una hebrita de hilo, tampoco me dijo nada cuando le pregunté.

—Está bien, muchas gracias. Puede retirarse. —dijo el policía, observando cómo el portero remoloneaba un tanto antes de salir del dormitorio.

Miró una vez más hacia la cama y repasó mentalmente los pocos datos inútiles de que disponía.

Isabel Simón Ronsard, de veintiocho años de edad, soltera. Un metro sesenta y nueve de estatura, cincuenta y cinco kilos de peso, pelirroja, ojos castaños. Ninguna enemistad grave conocida. Muerta sin motivo aparente. Según el forense, la muerte tuvo lugar dos días antes de que la encontraran, por mediación de Marta Salacrou, compañera de trabajo quien, preocupada, pidió la llave del apartamento al portero del inmueble, encontrando el cuerpo tal y como ahora lo veía: desnudo por completo, a excepción de algo parecido a los elásticos anchos de un supuesto pijama, en los tobillos y en las muñecas.

El policía sacudió la cabeza mientras soltaba un bufido. Pensativo, sacó un cuaderno del interior de su chaqueta.

El fotógrafo de la policía esperaba en un rincón, observando el panorama, con un cigarrillo consumiéndose en los labios. El policía le habló sin levantar la vista de la pequeña libreta, en la que tomaba notas con un lápiz mordisqueado.

—Venga, haz unas fotos de todo esto y vámonos. Aquí no hay nada más que buscar.

—Como quieras —contestó el fotógrafo, tomando la cámara que llevaba al cuello.

El silbido agudo del flash después de cada disparo de la cámara llegaba hasta los rincones del dormitorio. El policía rió aviesamente arqueando las cejas con gesto de incredulidad antes de dirigirse al fotógrafo.

—Buena vuelta de vacaciones te has encontrado, Alvarito. Una muerte como ésta y en tu propio edificio. No te privas de nada, chaval.

El fotógrafo le sonrió con la mitad de la boca y el policía sintió un escalofrío que le hizo estremecerse. Cualquiera diría que estaba disfrutando de aquello, haciéndole fotos a aquella pobre chica, desnuda y muerta, fría como el hielo y con la piel de un color ya violáceo. Decididamente no le gustaba aquel chico, con esa sonrisa de desdén autosuficiente. Valiente cabrón, pensó, y salió de la habitación mientras se quitaba el guante.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.