Cambalache

2007-03-15 / Joaquín Bernal / 3.700 palabras

Relato ganador del X Premio «Villa de Argamasilla de Calatrava».


La calle está desierta. Los adoquines, húmedos por la neblina nocturna, brillan a la luz amarillenta y mortecina de una farola. Un gato sucio cruza sin prisa en dirección a los cubos de basura.

Un hombre corre desde la plaza. Lleva la camisa por fuera de los pantalones. Sus pies descalzos apenas rozan el suelo, avanza con la desesperación del animal a punto de ser cazado. El gato sucio, sorprendido, lo mira y se escabulle detrás de unas cajas. El hombre corre dejándose atrás el alma, la conciencia, la cabeza. No piensa. Un pánico líquido y volátil le impulsa las piernas. Zancada, zancada, respiración. Zancada, zancada, zancada, respiración. Las piernas le arden. Cada inspiración es un puñado de cristales rotos. Necesita parar, lo sabe. No debe detenerse, también lo sabe. Sólo unos segundos, se dice. Un segundo. Lo suficiente para poder respirar hondo.

Se detiene, con las manos apoyadas en los muslos, con la mirada en los pies mugrientos.

El pecho se le agita con violencia. El aire helado de la madrugada parece haberse espesado hasta convertirse en alquitrán caliente. Él boquea intentando recuperar el resuello, pero sabe que no puede seguir allí parado. Teme desmayarse, caer como un pelele sobre el suelo húmedo. Sus bocanadas de vaho se atropellan unas a otras. Tiene que seguir corriendo, lo sabe.

Reanuda la carrera. Su pie desnudo desbarata el reflejo de la farola en un charco. Siente en la mano la salpicadura de agua sucia. Zancada, zancada, zancada, respiración.

Desde la plaza llega gradual un ruido de herrajes, de guarniciones metálicas. Resuena el bramar de las botas contra los adoquines, acompasadas como el jadeo de una fiera hambrienta. El hombre sigue corriendo. Mira hacia atrás un instante. Un grupo de policías avanza en bloque, al principio de la calle, con ese caminar mecánico y exacto que solo tienen los locos o las máquinas. Llevan los fusiles apretados contra el pecho.

El hombre se detiene. Mira a los lados. Gira sobre sí mismo con los brazos extendidos, como un ciego que busca escapatoria. Se acerca hasta una puerta alta, de madera picada por el tiempo y la metralla. Empuja con el hombro, una vez, dos veces. La puerta cede al fin. Él entra y la cierra con un portazo. El eco del golpe rebota en las paredes de ladrillo de los edificios cercanos.

Los policías se detienen a la altura de la puerta, arrancando a las botas un estruendo final. Una sombra camina hacia ellos desde la plaza. Los bajos de su abrigo ondean con cada paso. Lleva sombrero y una cámara fotográfica al cuello que se balancea sujeta por una cinta estrecha de cuero. Se detiene al lado de los policías. Enciende un cigarrillo. Apaga la cerilla con el índice y el pulgar antes de dejarla caer como en un descuido. Se quita el cigarrillo de los labios y expulsa el humo con un soplido impaciente. Escupe con discreción una hebra de tabaco.

—¿Dónde?

Uno de los policías avanza un paso y se pone aún más firme antes de hablar.

—Ha entrado ahí, señor.

El fumador hace un gesto con la cabeza hacia el interior del local y da otra calada al cigarrillo.

Los policías se ordenan como las piezas de un puzzle hasta formar en fila de a dos. Uno de los que encabeza el grupo patea la puerta, que se abre de par en par con estruendo de explosión. Los policías entran en orden con pasos ligeros que parecen seguir unas marcas invisibles en el suelo. El fumador espera hasta que todos han entrado, entonces entra él.

Echa un vistazo a la sala. El local está lleno de humo, de vapores de vino peleón, de palabras rancias de borracho, de toses pobres, esas toses que cuando suenan se agarran a los muros y parecen disculparse por invocar la miseria. Media docena de personas están junto a una barra de madera vieja y lustrosa. Detrás de ella hay un hombre delgado, con manchas oscuras bajo los ojos. Tiene el chaleco lleno de lámparas y un trapo en las manos. Enfrente de la barra hay unos cuantos veladores de mármol y, junto a ellos, personas sentadas en sillas de hierro forjado. Todos se han quedado inmóviles cuando los policías han descerrajado la puerta. Se han quedado congelados en ese instante que aún se suspende entre los vapores del sudor agrio que produce el miedo.

El fumador da una calada profunda al cigarrillo, lo deja caer aún a medias y lo pisa con aparente descuido. Se acerca con calma hasta la barra.

—¿Dónde está el argentino? —Su voz es de tabaco negro y coñá, de susurros roncos y blasfemos desde el último banco de una iglesia.

El camarero tiembla de forma incontenible. Retuerce el trapo, se agarra a él como si fuese un salvavidas.

—No conozco a ningún argentino.

—Sí. —El fumador alarga las vocales. Es un maestro de escuela a punto de perder la paciencia—. Sí que le conoces.

El camarero está a punto de llorar.

—No sé quién es.

El fumador apoya ambas manos en el mostrador, baja la cabeza y suspira. Tose, suavemente al principio, con violencia un instante después. Su respiración se convierte en grava cayendo por un terraplén. Aprieta los labios, los párpados, los puños, intentando estrangular esa tos, pero a duras penas lo consigue.

Mientras recupera el aliento se pasa la mano por la cara sofocada. Vuelve a mirar al camarero.

Frota contra la manga el sello plateado que lleva en el meñique. Alza el puño y lo contempla. El camarero intenta dar un paso atrás, pero el fumador lanza el dorso de la mano y le golpea en la boca. El camarero deja salir un grito ahogado, agudo, más de sorpresa que de dolor.

Un hombre joven situado al lado de la barra se abalanza sobre el fumador. Al instante hay un rumor metálico y todos los fusiles de los policías le apuntan a la cara. El hombre frena en seco. Uno de los cañones le roza la nariz. El fumador sonríe y levanta una mano blanda. Los policías bajan las armas y alguien tira del hombre, agarrándolo por los hombros, hasta llevárselo al rincón.

Del labio partido del camarero empieza a manar un hilo de sangre, pero él no se atreve siquiera a limpiarse. En su pecho se agita un grito contenido que le rompería la garganta si pudiera escapar.

El fumador se retira un paso, saca un pañuelo del bolsillo del abrigo y limpia con parsimonia la sangre del sello. Dobla el pañuelo con cuidado y lo guarda. Enciende otro cigarrillo y aguanta la cerilla hasta que la llama le acaricia los dedos, momento en el que la deja sobre la barra. Allí termina de arder hasta apagarse mansamente.

—Vamos a ver. Voy a repetirte la pregunta. —Le sopla el humo a la cara—. ¿Dónde está el argentino?

El camarero sacude la cabeza. Tiene los ojos llenos de una desesperación desquiciada, del pánico húmedo y helado de no saber qué está en juego. Quizá otra bofetada. Quizá la propia vida.

Del extremo opuesto del local surge una voz, quebrada por el miedo, pero perfectamente inteligible.

—Yo soy el argentino.

Los policías, en un movimiento automático, levantan los fusiles y se vuelven hacia la voz, con el jadeo rasposo que produce el roce de los trajes de asalto. El fumador también se gira, despacio.

—Levántate y deja que te vea.

El tiempo se cristaliza, nadie se mueve. Algunas manos bajan al fin los vasos hasta tocar en silencio la superficie de las mesas.

De otro rincón de la sala surge una voz de viejo, cascada, dolorida.

—No. Yo soy el argentino.

—No. Soy yo —dice alguien situado al lado de la puerta trasera.

—Yo soy el argentino.

—Aquí me tenéis. Yo soy.

—El argentino soy yo.

La mirada del fumador salta de un lado a otro de la sala, intentando identificar los dueños de las voces. Las caras tienen la expresión tan lisa como el mármol amarillento de los veladores. El local se ha convertido en una fotografía vieja; todo permanece inmóvil. Incluso el humo se ha detenido a media altura flotando entre las cabezas como una neblina sucia, estancada y podrida.

—Soy yo.

—Yo soy el argentino.

Los policías se miran unos a otros y miran al fumador; son cachorros a la espera de una seña. Uno de ellos avanza un paso.

—Señor.

—Hable. —El fumador sigue buscando con la mirada entre el humo.

—Le sugiero que nos llevemos a todos. En comisaría averiguaremos quién es.

El fumador se quita el cigarrillo de los labios y escupe a un lado.

—Cierre la boca, Barros.

—Sí, señor.

Suena un roce metálico y terroso contra las baldosas. El fumador levanta la mano.

El estrépito de una silla al caer rompe el silencio. Alguien de las mesas del fondo se ha levantado con un impulso eléctrico y ha echado a correr a través de la puerta de atrás. El fumador hace un gesto con la cabeza y los policías siguen ese mismo camino. Desaparecen en orden, manteniendo entre ellos una misma distancia exacta.

El fumador camina despacio. Lleva el cigarrillo en los labios. Mira a los presentes con los ojos entornados, con esa intimidación confiada y silenciosa de quien sabe que volverá al día siguiente, o al cabo de unos meses, o dentro de un año, a tomarse la fácil revancha ante esos hombres que no tienen ya ni ganas ni fuerzas de luchar por sus vidas; las mismas vidas que se han vuelto tan miserables que cualquier amenaza de extinguirlas se convierte de inmediato en una promesa de alivio. El fumador lo sabe.

Sale por la puerta trasera y la cierra con suavidad tras de sí.

Por el callejón de grava huye un hombre gordo. Avanza con dificultad, balanceando unos brazos demasiado cortos al ritmo de las pequeñas zancadas, pero no se detiene. Lleva un tres cuartos y botas altas, con los bajos de los pantalones metidos en ellas. Detrás de él corren acompasados los policías, acelerando gradualmente, seguros ya de capturar al maldito argentino. El fumador camina veinte metros detrás de ellos, con zancadas largas que sacan a la gravilla un rechinar de huesos triturados y que hacen que la cámara se bambolee con violencia sobre su pecho.

El hombre gordo hace un quiebro hacia la derecha, en dirección a un local que exhibe un farol rojo sobre la puerta. Tropieza, está a punto de caer, pero se apoya en la fachada, toma un poco de aire y entra. La puerta se cierra con un silencio suave y blando.

Los policías se detienen al lado del local. El fumador camina hasta ellos, ya con menos prisa. Se adelanta unos metros, examina la puerta y la empuja con el índice. Se abre sin hacer ruido, sin resistencia. Él hace un gesto con la mano.

—Dentro.

Un policía se asoma al interior con cautela. Al instante suena un golpe húmedo y crujiente. Un estremecimiento recorre su espalda y le baja hasta las piernas como una descarga de alta tensión. El policía se desploma, con medio cuerpo aún fuera del local.

Los otros policías lo miran durante unos segundos. La pierna derecha del caído es un rabo de lagartija recién cortado. La bota temblequea sobre la grava. El fumador se acerca y pisa la pantorrilla con la suficiente fuerza como para amortiguar el temblor. Los espasmos van espaciándose hasta que el cuerpo del policía queda inmóvil.

El fumador repite el gesto con la mano hacia el interior. Los policías alzan los fusiles y entran. Detrás de ellos lo hace él.

El policía muerto tiene los ojos abiertos. Ha quedado tendido con la mejilla contra el suelo y bajo su cabeza crece mansamente un charco de sangre. Al lado, sobre el terrazo, están su gorra y un bastón con la empuñadura plateada, salpicada de rojo. Un poco más allá, un paragüero de latón con seis o siete bastones más. El fumador lo mira con curiosidad. El latón está decorado con una pintura que representa la cacería de un ciervo; el animal se revuelve mientras tres perros lo aprisionan por el cuello con unas mandíbulas como cepos. Una punta de la cuerna del ciervo se hunde en el abdomen de uno de los perros, justo debajo de las costillas.

Atraviesan el pasillo, que desemboca en una sala grande. La inunda una penumbra rojiza y un olor nauseabundo a lilas. El fumador se frota la nariz. Echa un vistazo alrededor. Hay manchas de humedad en los bajos del papel pintado. Desde el rincón suena un tango remoto en un mugriento giradiscos; el disco oscila como el plato chino de un número de circo.

En la sala hay seis o siete mujeres desnudas. Todas permanecen inmóviles, pero en sus caras no hay ningún miedo. También hay un puñado de hombres. Algunos están en mangas de camisa, otros aún conservan la chaqueta. Están acurrucados en los divanes, o agachados a los pies de las mujeres, con las manos en alto. Ellas miran al fumador y a los policías con descaro y medias sonrisas, con esa lejana despreocupación que da la costumbre.

El fumador se acerca hasta el giradiscos y da un manotazo al brazo con el revés de la mano. El arañazo de la aguja sobre el vinilo interrumpe el tango.

—¿Dónde está el argentino?

Nadie habla. Apenas si se puede oír el murmullo de algunas respiraciones aceleradas. El fumador baja la mirada y suspira.

—Será mejor que no tenga que repetirlo.

Una de las mujeres se acerca hasta él, balanceando las caderas desnudas.

—No conocemos a ningún argentino, corazón —le dice melosa.

El fumador arruga el ceño con gesto de extrañeza y la mira de arriba a abajo. Intenta respirar hondo, pero le ataca la tos. Sus hombros se sacuden en silencio. Baja la cabeza, cierra los ojos un instante, sólo un parpadeo lento, hasta que el picor en la garganta cede.

Dirige la mirada hacia la mujer. Ella le sonríe. El fumador suelta el puño contra su pecho en un movimiento de pistón. Ella sale despedida y cae de espaldas. Su cuello se cimbrea como un látigo y su cabeza golpea el suelo con sonido de sandía madura.

Del fondo del salón se oye una voz de hombre, grave y cavernosa.

—Yo soy el argentino.

El fumador se gira hacia él. El olor a lilas es más intenso que nunca y él se frota de nuevo la nariz.

—Deja que te vea —La voz del fumador tiembla de forma casi imperceptible—. Sal si eres hombre.

Una voz de mujer, quebrada por el llanto, contesta desde el rincón opuesto.

—No, yo soy el argentino.

El fumador aprieta los puños.

Un aliento frío le roza la cara como una gasa invisible. Él se gira despacio, hasta localizar el origen de la corriente de aire. Camina hasta una puerta pequeña, al fondo del local. Está abierta y él se asoma al interior. Palpa en la pared hasta que encuentra la llave de la luz.

El cuarto es un excusado. Hay un lavabo con espejo, un retrete y un bidé. Todo está limpio, la porcelana blanca reluce, y en el aire flota el olor de la lejía. En la pared del fondo hay un ventanuco abierto. Algo ha arrancado un extremo de las cortinillas hasta dejarlas colgando de una única escarpia. El aire húmedo que entra por la abertura hace ondear la tela.

El fumador retrocede hasta la sala y se dirige a los policías.

—Ha salido por detrás.

A la espalda del local, los policías corren detrás de un hombre delgado y desmañado. La única farola está al final de la calle y la silueta del huido deja adivinar su cabello alborotado y una corbata que ondea sobre su hombro. El fumador también corre, jadeando trabajosamente. El hombre delgado traza una curva abierta hacia la izquierda y desaparece en una bocacalle. Ellos le siguen de cerca y, pocos segundos después, giran en esa dirección.

A la entrada del callejón se topan con cinco mendigos que tratan de calentarse las manos al fuego de una hoguera hecha con tablillas, cartones y papel de periódico. Los policías se detienen y los rodean en un movimiento conjunto y automático.

El fumador cruza el cordón policial, se acerca a los mendigos y les mira los ojos. Ninguno de ellos tiene la mirada allí. Todos están muy lejos de esa hoguera, del hambre, de los adoquines sucios de esa calle pestilente. El fumador agarra a uno de ellos por los hombros y lo sacude con violencia.

—¿Por dónde, mamarracho? ¿Por dónde se ha ido?

El mendigo ni siquiera le mira. Levanta el brazo y extiende el índice hacia arriba, señalando a la luna en cuarto menguante. El fumador lo suelta con una sacudida.

Los policías esperan órdenes. Él agacha la cabeza y permanece quieto, mirándose los pies durante un instante.

Saca un cigarrillo, lo enciende y tira la cerilla a la hoguera. Se quita el sombrero y se alisa el cabello hacia atrás, mientras sujeta el cigarrillo con los dientes. Mira al mendigo, primero la cara inexpresiva marcada de arrugas, luego el dedo índice sucio y amarillo que aún señala hacia el cielo.

El fumador da una calada profunda. Una pluma de humo le avanza garganta abajo y pronto el picor se hace insoportable. La primera tos se le escapa entre los labios como una risa aprisionada durante un entierro. La pluma llega a los pulmones y se convierte en una navaja. Llegan más toses; roncas y graves, rocas que se le desgajan del pecho. Escupe a un lado. El salivazo de sangre se estrella sobre un papel de periódico que pisa la bota de uno de los policías. Él vuelve a colocarse el cigarrillo en los labios, mientras su respiración se calma.

Se acerca al policía y le arrebata el arma. Se gira hacia el mendigo y le apunta a la cabeza. El disparo suena atronador entre las paredes de la calle estrecha. El mendigo intenta aguantar el empujón invisible de la bala, pero trastabilla y acaba sentado en el suelo. Se lleva la mano a la frente y se examina los dedos manchados. Mira al fumador a los ojos. Mira el fusil. Apoya las manos abiertas en los adoquines, en un intento de permanecer erguido, pero al instante los brazos ceden y su espalda golpea el suelo con un impacto plano y seco.

El fumador arroja el fusil hacia el policía. Tose una vez más, ahora con suavidad. Se quita el cigarrillo de los labios y lo tira contra el mendigo. Agarra la cámara fotográfica y hace girar una de las ruedecitas hasta que algún trinquete metálico se amartilla en sus tripas. Se lleva la cámara a la cara, encuadra al mendigo tendido en el suelo y dispara. El relámpago del flash ilumina por un instante la expresión de sorpresa congelada en la cara del hombre y el hilo de sangre negra que le baja desde el centro de la frente hasta la sien. El fumador hace dos fotografías más.

Se empieza a notar el olor picante de la pólvora. Él se frota la nariz.

—Barros.

El policía se acerca al instante. El fumador se descuelga la cámara del cuello y se la entrega sin dejar de mirar al mendigo.

—Lleva esto inmediatamente a De Soto. Dile que ya tiene portada para la primera de mañana.

—Sí, señor.

—La policía captura al argentino. Dile que el titular es ese, ni una palabra más ni una menos.

—Al instante, señor.

El agente se pone en camino, sujetando la cámara por la correa con la punta de los dedos, con el brazo extendido, como quien lleva un animal infectado y teme que le roce la ropa.

El fumador mira a los demás policías y les hace una seña con la cabeza en dirección a la comisaría. Se colocan en fila de a dos y empiezan a caminar. Los cuatro mendigos vivos ni siquiera se han movido de sus posiciones alrededor de la hoguera. Sus ojos siguen muy lejos mientras el rumor de las botas se va apagando en la distancia.

El fumador contempla a los policías hasta que doblan la esquina.

Se abre el abrigo y palpa el forro hasta encontrar al tacto una costura de puntadas amplias, desiguales. La desgarra con los dedos en un tirón breve y preciso. Del interior del forro saca un librito con las tapas de plástico flexible de color azul oscuro. Lo sopesa, acaricia la cubierta, pasa el pulgar por el canto de las páginas. Reprime un nuevo amago de tos.

Se acerca a la hoguera y arroja el libro, que cae abierto con el lomo hacia arriba sobre una bola ardiente de papel de periódico. Al instante, las llamas relamen las tapas y empiezan a fundir el plástico, a cambiar el azul a negro. El papel se transforma en ceniza. Las letras doradas de la cubierta se retuercen con el calor. Mercosur. República argentina. Pasaporte. Pronto son ilegibles.

El fumador saca el paquete de cigarrillos y se entretiene unos segundos en hurgar con el índice. Se ha quedado sin tabaco. Suelta una maldición por lo bajo, arruga el paquete vacío y lo lanza también a la hoguera.

Escupe a un lado, pensando en el paquete de tabaco sin abrir que le espera en el despacho, al lado de la máquina de escribir. Quizá sea el momento de dejar el vicio. La posibilidad de una vida nueva inunda al fumador, le sorprende con su olor a tinta fresca y su crujir de libro abierto por primera vez. Sería una sandez no aprovechar la oportunidad. Una auténtica sandez.

Se pone en camino hacia la redacción, decidido a tirar el tabaco en cuanto llegue. Pronto se convierte en una sombra que se aleja, en un contraluz que se recorta sobre el resplandor de una farola.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.