Carlota no bota

2005-01-01 / Joaquín Bernal / 800 palabras

Carlota está hoy muy contenta. Papá va a llevar a su hermano Fredo y a ella a visitar el Museo de las Cosas Altas. A Carlota le encantan los museos. Le gusta pasearse por las salas enormes y escuchar el murmullo de los señores con bigote y gorra. Le gusta el sonido de sus zapatos cuando golpean el suelo brillante. Porque todos los museos tienen suelos brillantes y señores con bigote y con gorra, eso lo sabe hasta Fredo aunque solo tenga seis años.

Papá, Fredo y Carlota suben al tranvía y se sientan en la primera fila, al lado de la puerta, y en cuanto lleguan a la parada del Museo bajan los tres de un salto.

En la puerta del Museo, Papá saca las entradas y los coge de la mano para que no se pierdan entre tanta gente. Llegan hasta las escaleras. Carlota mira hacia arriba y ve una espiral que sube y sube, como si no terminara nunca.

Papá les explica que en cada piso verán cosas más altas que en el anterior. Por eso lo llaman el Museo de las Cosas Altas.

Carlota le pregunta a Papá:

—¿Cuántos pisos hay?

—Nadie lo sabe, porque nadie se ha atrevido a subir hasta el final —dice Papá.

—Yo si me atrevo —dice Carlota.

—Y yo —dice Fredo, que siempre se apunta a todo, aunque no sepa qué es.

Papá mira hacia arriba y se rasca la cabeza. Al final sonríe y le dice a Carlota:

—De acuerdo. Vamos a intentarlo.

Suben el primer tramo de escaleras. Papá les pregunta:

—¿Estáis cansados?

Los dos dicen que no.

Siguen subiendo escaleras. Hasta el segundo piso, el tercer piso, el cuarto piso. Al llegar al quinto piso tienen que parar un rato, porque Papá sí está cansado.

—Me estoy haciendo viejo —dice Papá.

—Tú no eres viejo —dice Fredo—. Eres mayor, pero no eres viejo.

Carlota le da un empujón a Fredo.

—Eres un pelota.

Antes de que empiecen a pelearse, Papá los coge otra vez de la mano y los tres continúan subiendo escaleras.

Al poco rato, Carlota ha perdido la cuenta de los pisos. El último que contó fue el décimo, pero eso fue hace mucho rato.

Papá se ha puesto colorado y suda.

—Tenemos que hacer otro descanso —dice Papá.

A Carlota no le importa, porque las piernas le duelen un poco después de subir tantos escalones.

Papá les pregunta:

—¿Queréis ver cuánto hemos subido?

Carlota y Fredo dicen que sí a la vez. Los tres se acercan hasta la barandilla de la escalera. Carlota ve una espiral que baja y baja, como si no terminara nunca.

Intenta contar los pisos, pero no ve muy bien a través de los barrotes. Trepa a la barandilla hasta asomarse por encima. Así sí que se ve bien, piensa Carlota.

—Cuidado, Carlota. Te puedes caer —dice Papá con cara de preocupación.

Ella le hace caso. No quiere que Papá se enfade y decida volver a casa. Y no quiere volver a casa sin ver el último piso del Museo de las Cosas Altas.

—Bájate ahora mismo —le dice Papá.

Y ella se deja caer. Pero algo sale mal, porque en vez de caer hacia adentro cae hacia afuera. Da una vuelta en el aire y empieza a bajar en medio de la espiral de escalones. Es como volar. Carlota piensa que quizá pueda contar ahora los pisos que han subido, pero no le da tiempo. El suelo de baldosas blancas y negras se acerca muy rápido.

Antes de que ella pueda pensar nada más, llega al suelo.

Carlota golpea las baldosas en un reventón de color rojo oscuro. Su sangre salpica las paredes, las faldas de las señoras y los zapatos de los hombres que están entrando al museo. Un poquito de rojo ha llegado hasta la visera de la gorra de uno de los hombres con bigote.

En un lado, la salpicadura es verdosa en vez de roja.

Desde el piso veintitrés Fredo mira hacia abajo a través de los barrotes.

—Carlota no bota —dice Fredo. Papá dice que no con la cabeza.

Fredo señala con el dedo.

—¿Qué es eso verde, Papá? —pregunta Fredo.

—No sé. Debe ser la bilis —contesta Papá—. Y eso que cuelga de la pared parece una tripa.

Agarra a Fredo en brazos y empieza a bajar las escaleras.

—Vamos a avisar a alguien del Museo para que limpie ese estropicio. La gente podría escurrirse y hacerse daño —dice Papá.

—¿No subimos al último piso? —protesta Fredo.

—Mañana volvemos y subimos hasta el final, ¿quieres?

Y Fredo dice que sí mientras Papá baja los escalones de dos en dos.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.