Chipirones con tomate

2001-01-01 / Joaquín Bernal / 1.200 palabras

Rafael se sabía especial. Era capaz de presentir el futuro. Sin cartas, sin posos de café, ceniza de puro o guijarros. Pero había dos problemas. El primero, que no podía preverlo sino sólo intuirlo. El segundo, que sólo sentía cosas cuando el futuro venía negro como una nube baja de tormenta.

Aquella tarde llevaba horas sin poder parar quieto en casa. Se sentaba en el sofá grande, encendía la tele, cambiaba de canal, la apagaba, se levantaba, se recorría el pasillo con las manos en la espalda, se volvía a sentar. Se asomaba a la ventana apartando las cortinas como el que teme encontrar un coche negro, con dos tipos de traje bien cortado y gafas de sol, abajo enfrente del portal. Incluso se descubrió hojeando un folleto de publicidad de neumáticos y recambios. Al revés. Lo estaba hojeando al revés.

Así que decidió salir a la calle. Se puso la chaqueta de pana, cogió las llaves y el tabaco y salió como si fuera huyendo. Fue hasta la plaza y se sentó en un banco, cogiéndose las manos, apretándolas entre las rodillas. Se balanceaba despacito, adelante y atrás, mientras taconeaba nervioso. Iba a pasar algo, estaba seguro. El cielo se había puesto de un color raro, como de ceniza. Parecía que toda la plaza estuviese bajo un toldo grueso, dándole a las cosas ese aspecto tan especial que sólo tienen en los sueños o cuando el sol acaba de ponerse. Eran las cinco y media.

Sacó un Ducados y se lo puso en la boca. Se rebuscó en los bolsillos hasta dar con el encendedor. Lo miró y sintió un pinchazo en el lado derecho, justo debajo de las costillas. Ahí es donde él sentía la pena. En el encendedor se leía «Cafetería Sira». Su cafetería. La que había tenido que cerrar hacía ocho meses. Él mismo le había puesto el nombre después de pasarse tardes enteras en la salita, con las faldas de la mesa camilla cubriéndole las piernas, mordiendo el lapicero. Sira. Silvia y Rafael. Era perfecto. Nada más encontrar el nombre lo había apuntado en mayúsculas en una hoja nueva de la libreta pequeñita, esa donde apuntaban los gastos de la casa. La había arrancado con cuidado, había ido hasta la cocina y se la había enseñado a ella, que no le había contestado más que con un encogimiento de hombros.

Silvia. Silvita. Ella le había dejado hacía casi un año. Entornó los ojos, intentando recordar. Se miró el reloj. En realidad, haría exactamente un año a las seis de la tarde.

Ella lo había abandonado tras doce años de un matrimonio raro, como espeso, y se había fugado con el de la Mahou. Un chulo que siempre llevaba la camisa abierta hasta el tercer botón y el pelo largo peinado para atrás. Seguro que no era gomina, pensó Rafael. Sería grasa. Vaya un cerdo. Podía verlo aún apoyado en la barra, enseñando el tatuaje del brazo y hablando con ella mientras él contaba el dinero para pagarle. Sacudió la cabeza. Sentía los recuerdos frescos y pesados, cayéndole sobre los ojos como paletadas de cemento recién amasado. «AC/DC», decía ese tatuaje. Aquél jueves de hacía un año no se había presentado el repartidor. Ni su Silvia. Ella había ido a encargar unas cortinas para el salón y, según parecía, llevaba cuatro horas y media escogiendo estampados. Fue entonces cuando él empezó a notar la boca seca y la cabeza fluida, como siempre que intuía alguna nube en su propio futuro.

Y se pasó toda la tarde como encogido, yendo y viniendo tras la barra de la cafetería, presintiendo el dolor bajo las costillas, sin querer mirarse en el espejo de las estanterías por miedo a echarse a llorar. De fondo sonaban los gritos de los clientes, embobados mirando a la tele desde donde un locutor de voz cansina iba relatando el partido del siglo. Uno más, había pensado él mientras se servía otra copa de Soberano.

Aquella noche, al llegar a casa, había entrado en el dormitorio y se había encontrado con la puerta derecha del armario ropero abierta de par en par, con algunas perchas colgando de la barra como si fuesen los únicos restos de un naufragio. Buscó la nota por todo el apartamento. Tenía que haberle dejado un mensaje, estaba seguro. Pero sólo había encontrado una olla, tapada, sobre la cocina de butano. Chipirones con tomate. Por lo menos le había dejado la cena preparada. Aquella noche, después de cenar, había vomitado y se había quedado dormido en el sofá, mientras veía «E.T.» en la tele. Se despertó justo cuando se llevaban al bicho. Recordó la cara de Silvia, llorando desconsolada en la oscuridad del cine, cuando fueron a ver esa película hacía muchos años, en lo que parecía ser otra vida. Pero aquella noche, viendo al de los ojos saltones y al niño en la pantalla, el que se había echado a llorar había sido él, limpiándose de vez en cuando el moco líquido con el dorso de la mano.

Unas semanas más tarde confirmó que su intuición había sido tan buena como otras veces. Un buen amigo le contó que había visto a Silvia atendiendo en un bar cerca del ayuntamiento en un pueblo cercano. Detrás de la barra también había un tipo con un tatuaje en el brazo, le había contado. Bar Silman, se llamaba el negocio. Y él no necesitó saber más. En realidad no quiso.

En la plaza se había levantado un viento que olía a arena de obra. Rafael sacudió la cabeza y miró al suelo, a las cáscaras de pipa que cubrían varios metros cuadrados de baldosas alrededor de su banco. Levantó la cabeza y vio a un chaval que atravesaba la plaza, con andar cansino, dándole patadas a una lata vacía de Sprite. Un trueno retumbó no muy lejos y él sintió la vibración en todo el cuerpo. En el aire flotaba una sensación eléctrica familiar y por un momento se sintió como si alguien estuviese a punto de ponerse a gritar al límite de sus pulmones. Quizá era él mismo.

Encendió el Ducados, al fin, pasó el pulgar por el rótulo del encendedor y se lo guardó en el bolsillo. Eran las seis menos cinco.

Dio una calada profunda, se colocó el cigarrillo en la boca y sacó el llavero del bolsillo. Con los ojos entornados por el humo fue pasando las llaves, una por una, hasta que dió con la que buscaba, que era un poco más larga. Era la del cierre de la cafetería. La frotó con los dedos como si fuese un amuleto, respiró hondo y el pinchazo del costado fue diluyéndose como un terrón de azúcar en un vaso de agua caliente. La abriré de nuevo, pensó. Y le voy a cambiar el nombre. Sí. Cafetería Rafa. Sin más.

Se levantó, se sacudió los pantalones y echó a andar. Decidió que de camino a la cafetería se pasaría por el videoclub. La última vez había visto, de pasada, que tenían el DVD de la edición especial de «E.T.» Con eso y la ración de chipirones que él mismo se había preparado para la cena, la celebración de aquel primer aniversario sería completa.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.