Cinco lobitos

2001-01-01 / Joaquín Bernal / 600 palabras

Mantiene las dos manos frente a la cara, observando minuciosamente el movimiento de sus propios dedos. No los mueve él, y durante un instante se pregunta quién podría estar haciéndolo.

Se mira las uñas negras mientras una mosca se le posa en la boca, con el aire de seguridad de quien sabe que está sobre un objeto inerte. Un hilo de baba, plateado y elástico, se le escurre de la comisura de los labios.

Sigue mirando sus manos. Flexiona el pulgar hasta tocar la base del meñique y esa maravilla le hace sonreír. Prueba con la otra mano y suelta una carcajada.

Aunque se sabe sólo en el cuarto, siente que alguien le gira la cabeza sin consideraciones, obligándole a mirar por la ventana casi deshecha por la humedad, el salitre y los años. Ve el océano gris explotando contra las rocas en nubes de espuma.

Vuelve a mirarse las manos, resecas como el cartón, y de repente las ve vacías. La fuerza de la costumbre hace que se eche a llorar en silencio, sin sentir pena alguna.

Si yo no hubiese muerto habría sido divertido. Me fui demasiado pronto. Tres años de vida dan para muy poco. Apenas si pude empezar a comprender qué era todo ese mundo gigantesco que tenía alrededor.

Pero había cosas que entendía perfectamente. El roce de la barbilla de mi padre en mi cuello, rascando con barba de varios días, pues nunca se afeitaba en el barco. El sabor del anís que tomaba después de la cena, en el que siempre me dejaba mojar la punta de la lengua. El olor a sal húmeda de su ropa, que parecía contener peces y algas y estrellas. La cara de alegría de mi madre cuando él aparecía en el zaguán, con el pelo revuelto y los ojos cansados, después de cinco o seis días que a mí me parecían años.

Ahora mi madre se limita a visitarlo una vez a la semana, para hablarle al oído, despacito, con cariño resignado. Sé que ella llora a veces, cuando tiene que limpiarle la baba que chorrea de su boca perpleja, o cuando él mira al mar por la ventana y las lágrimas se le caen en silencio y sin saberlo.

Sí, podría haber sido divertido. Convencimos a mi madre y un día antes de mi cumpleaños pude ver al fin esa inmensidad de agua de la que mi padre tanto hablaba. Pude sentir la brisa moviéndome el flequillo y ese aire tan húmedo que daban ganas de beberlo más que de respirarlo. Me sentí contento, pues fue aquella la primera vez que me llevo con él. Lástima que también fue la última.

Ella siempre se levanta temprano, cuando el día empieza a iluminar aquel rincón del patio que se ve desde la cocina. Prepara café y se sirve una taza. Solo, sin azúcar. Y lo bebe mientras espera que el sol roce la base de la higuera. Día tras día.

Ambos se fueron. A uno se lo tragó la inmensidad de ese monstruo de agua, sal y algas. Al otro dejó de interesarle cualquier cosa que ocurriese fuera de sus recuerdos en círculo, su pijama blanco y sus manos ajenas. Y a ella no le queda más remedio que preparar más café y esperar a que el sol llegue hasta la ventana.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.