Enroque corto

2003-01-01 / Joaquín Bernal / 2.200 palabras

Tobías acercó la cara al escaparate hasta tocar el cristal con la punta de la nariz. Aguantó la respiración para no empañarlo y miró a un punto en el interior. Ahí estaba, con sus filos lisos y brillantes. Era perfecto.

Cada tarde cuando volvía de judo se paraba ante la tienda para mirar ese juego de ajedrez. Lo deseaba con un ansia que le golpeaba la boca del estómago. Aún más, lo necesitaba porque estaba convencido de que ese ajedrez era lo único que le faltaba para ser feliz. Por desgracia, sus padres no pensaban lo mismo y no entendían la urgencia. Ya les había pedido que se lo compraran, pero lo único que obtuvo de su madre fue un gesto de manos pidiéndole paciencia, que tal vez, que ya verían, que quizá para su cumpleaños. Su padre ni siquiera le había contestado. Sólo había soltado su gruñido especial, ese que era casi un jadeo. Eso significaba «qué estupidez» y Tobías lo sabía bien.

Hasta su cumpleaños faltaban aún once o siete meses, o nueve, no estaba muy seguro. Lo que sí sabía con certeza era que todavía quedaba muchísimo tiempo. Intentó hacerse una idea de los días que aún tendría que esperar; pero sólo acertó a intuir lo que significaba mañana, el mañana de mañana, y así sucesivamente hasta que se sintió un poco mareado y lo dejó.

Apretó la nariz contra el escaparate. Se le escapó un suspiro y en el cristal se dibujó una nube de vaho que empezó a hacerse más pequeña, muy despacio. Tobías lamió el vaho, miró el ajedrez a través del cristal que la lengua había dejado al descubierto y no pudo evitar sonreír.

Estaba convencido de que si pudiera practicar a diario con ese ajedrez conseguiría hacerse más listo. Y estaba seguro de que sería poco a poco, casi sin enterarse, como esas veces cuando algo iba cambiando y él sólo se daba cuenta al final, con esa alegría de levantarse una mañana y descubrir que aquella judía que metió entre algodones húmedos al fin había germinado.

Había aprendido las reglas del juego con un libro muy viejo que tenía las esquinas dobladas y estaba medio desencuadernado. Se lo había prestado José Manuel. Tobías ya conocía el movimiento cabezota del peón, los pasos miedosos del rey y el descaro de la reina. Le impresionaba la torre con su avance imparable, el ataque como de cuchillo del alfil, y siempre sonreía con los brincos del caballo. Pero quería aprender a pensar en las distintas piezas al mismo tiempo. Quería hacer los ejercicios del libro y para eso necesitaba ese tablero. Había intentado hacerlos de cabeza o tomando notas en su cuaderno; pero había descubierto que era incapaz de mantener en la memoria la posición de las piezas y pensar el siguiente movimiento a la vez.

Una idea saltó como un chispazo. La gente prueba las cosas antes de comprarlas, claro. Seguro que podría jugar unos minutos si le decía al de la tienda que quería comprobar la calidad del producto antes de llevárselo. Sí, esa era una buena frase. Comprobar la calidad del producto. La repitió mentalmente unas cuantas veces para que no se le olvidara después.

Mientras empujaba la puerta de entrada miró su reflejo en ella. A veces era una ventaja tener cuerpo de adulto. Comprobar la calidad del producto, se repitió. Por encima de la puerta sonaron unas campanillas.

El dependiente le dirigió una sonrisa impersonal y le habló sin entonación.

—Buenos días en qué le puedo ayudar.

Tobías sintió cómo se le extendía por el pecho una alegría de sopa caliente. Aquel hombre le había tratado de usted y eso significaba que su plan podía funcionar.

Tosió ligeramente y bajó la barbilla con la intención de hacer su voz más grave, aunque no le hacía mucha falta porque su tono habitual ya era hueco y profundo, como de gigante triste, que le había dicho un día Laly; de cinguango, que le decía a menudo su padre.

—Buenos días —dijo Tobías—. Quería comprobar la calidad del producto.

—¿Disculpe?

—Si, eh. El ajedrez que tiene en el escaparate. —Tobías intentaba aparentar desinterés—. Me gustaría comprobar la calidad del producto.

El dependiente pareció dudar por un instante. En sus ojos apareció y desapareció una fugaz expresión de sorpresa.

—Buena elección —dijo al fin—. Permítame decirle que es un ajedrez estupendo. El tablero está construido con arce y raíz de olmo. —Entornó los ojos y sonrió—. Las piezas son una preciosidad, ¿verdad? Estilo Staunton, de palisandro y boj. Ya no se hacen muchos juegos de ajedrez como ese.

Tobías escuchaba aquellas palabras como el que escucha un encantamiento. Staunton, palisandro, arce, boj; formando el hechizo que le permitiría quitarse de una vez la telaraña que a veces se le formaba dentro de la cabeza.

—Es estupendo —dijo—, sí señor.

—Con el tablero y las piezas le regalamos el reloj. Es un poco más pequeño que los de competición pero funciona exactamente igual.

—Qué buen regalo. —Tobías se mordía el labio inferior—. ¿Podría probarlo?

—¿El reloj?

—No —contestó Tobías—. El ajedrez. ¿Podría probarlo?

El dependiente arrugó el ceño.

—¿Probarlo? —Clavó la mirada en él durante unos segundos.

Tobías asintió casi con miedo. El hombre miró hacia el escaparate, echó la cabeza hacia atrás y dejó salir un soplido largo.

—Verá. Es que tengo ahí delante todas esas cajas y sería un follón —protestó—. Y tampoco quiero hacerle perder el tiempo.

Él sintió bajo las costillas el abrazo invisible de los nervios. Entreabrió la boca y sacudió la cabeza.

—No tengo prisa.

—Mejor pásese mañana, a ver si tengo esto más despejado —dijo el dependiente—. De todos modos, el ajedrez es el ajedrez, ¿no? —Se le dibujó una media sonrisa—. Seguro que se hace usted una idea.

Tobías tomó aire como para decir algo, pero aguantó la respiración unos segundos mientras ordenaba las palabras.

—¿Y si le ayudo yo a retirar las cajas? Luego las colocamos entre los dos.

El dependiente parecía confundido.

—¿Cómo dice?

A Tobías el miedo se le aplastó contra el cielo de la boca como una bola de plastilina. Tuvo la sensación de haberse puesto una máscara no le encajara del todo: se le estaba escurriendo y dejaba entrever su verdadera piel. Como cuando en una película alguien se tiñe el pelo, pensó, y luego se le olvida y sale a la calle y se pone a llover y le caen los churretones de tinte por toda la cara y todos se ríen. Buscó algo que decir. La cabeza se le había espesado y le funcionaba más despacio de lo normal, de modo que se agarró a la única frase que le pareció buena.

—Es que me gustaría comprobar la calidad del producto. —Tobías se arrepintió de haberlo dicho incluso antes de acabar.

El dependiente entornó los ojos.

—Lo siento. El producto… no se lo puedo enseñar ahora mismo.

Tobías sabía que necesitaba hacer algo. Miró hacia atrás y vio las cajas apiladas que impedían el acceso a la parte interior del escaparate. Estaba seguro de que se podrían apartar sin mucho esfuerzo en un momentito. Pero el dependiente no estaba dispuesto a hacerlo, y aún menos a dejar que él lo hiciera.

Se escuchó a sí mismo hablar.

—No importa —dijo—. Mañana me pasaré por aquí otra vez.

El dependiente sonrió y pareció relajarse.

Tobías supo al instante qué hacer. Tenía que conseguir que aquel hombre se pasara a la trastienda unos minutos, lo suficiente para poder acercarse a las cajas, retirarlas un poquito y estirar el brazo para rozar con los dedos el costado brillante del ajedrez. Con eso se conformaba, al menos hasta que llegase el día en que cumpliera los veintisiete.

Tenía que pedirle alguna cosa que pudiese estar apilada en una estantería de la trastienda. Su cabeza se licuó durante un segundo. Tiempo suficiente. Puzles, pensó. Ya nadie compra puzles. Seguro que los tiene en lo más alto del estante del fondo. Hizo un esfuerzo por conseguir un gesto pensativo que fuera convincente.

—¿Tiene… puzles?

—Sí señor.

—¿Podría ver alguno?

El dependiente soltó un soplido y aflojó los hombros.

—¿De qué tipo?

—De los grandes. —Tobías se mordía la piel del interior del labio—. De los de cinco mil piezas o más.

—Creo que por ahí tengo alguno. Déjeme ver. —Se pasó la mano por la cara justo antes de meterse en la trastienda.

Tobías se asomó por encima del mostrador durante un instante. Dentro sonaban movimientos de bultos y el arrastrar de objetos metálicos. El hombre le habló desde allí pero parecía estar mucho más lejos. Tenía la misma voz que se le ponía a José Manuel cuando jugaban a hablarse a través de la manguera del patio.

—En algún sitio tenía uno grande, de la torre Eiffel—dijo el dependiente.

Tobías se acercó hasta el escaparate. Se agachó y trató de empujar la caja más baja de una de las pilas. Esperaba mucho más peso pero resultó que todas estaban vacías, de modo que el empujón fue excesivo y aquella torre se vino abajo. Todas las cajas acabaron esparcidas por el suelo aunque, por suerte, el hombre también estaba haciendo mucho ruido en la trastienda. Tobías se quedó inmóvil un instante. Dentro, el dependiente seguía hablando desde otra dimensión.

—Es que cinco mil piezas son muchas piezas —decía—. ¿A ver? Dos mil quinientas. Nada.

Tobías dio un par de pasos hacia el escaparate. Había dos planchas de cristal separándolo del interior de la tienda, pero había entre ellas una abertura de un par de palmos. Introdujo la mano por el hueco, intentando salvar los obstáculos entre él y el ajedrez. Un reloj despertador, las piezas de madera coloreada de un juego de construcción que se apilaban formando una torre, un termómetro de baño en forma de caballo de mar. La yema de su dedo índice estaba a un centímetro del borde reluciente del tablero de ajedrez. Se inclinó hacia adelante un poco más. Sólo un poco más.

—¿Qué demonios hace?

Tobías dio un respingo y derribó la torre de piezas de madera al sacar la mano de un tirón. Se volvió. El hombre había salido de la trastienda y llevaba en las manos una caja plana y enorme.

—¿Se puede saber qué está haciendo?

El dependiente dejó la caja sobre el mostrador y se puso las manos en las caderas. Tobías buscó algo que decir, pero alguien había dado un pellizco a la manguera que le conectaba el cerebro con la boca. Una oleada de calor le subió hasta la cara.

—Sólo quería tocarlo.

—¿Está usted tarado o qué?

Tobías levantó las palmas de las manos. Sintió las lágrimas subirle por detrás de la nariz y la rabia de saber sin duda que iba a llorar. Era un imbécil. Ni siquiera tenía que haber entrado en la tienda. En aquel instante odió el ajedrez, se odió por querer ser más listo, por no hacerse a la idea de ser un chico un poco lento. Se odió por caer en lo que, según su madre, hacía siempre la tía Mercedes: esperar más de lo que la vida estaba dispuesta a darle. Según su padre, eso significaba no acostumbrarse a ser estúpido.

—Yo sólo quería tocarlo —dijo—. La calidad del producto. Tocarlo un poco.

—¿Querías robarme? —El dependiente salió de detrás del mostrador y dio una patada a una de las cajas vacías—. Ibas a robarme. Esto es increíble.

Había dejado de tratarle de usted y eso era mala señal. Muy mala señal. El tinte se había disuelto por completo y Tobías se sintió el pelo empapado y la cara llena de chorreones oscuros.

—No se enfade, por favor. —Finalmente se echó a llorar—. Yo le ayudaré a recogerlo todo, se lo prometo. Pero no le diga nada a mis padres.

—¿A tus…? Anda qué gracia. —El dependiente no parecía contento, pero soltó una risa seca que a Tobías le recordó al gruñido especial «qué estupidez»—. Tus padres, ¿no? ¿Qué eres? ¿Un niño de teta?

Tobías sacudió la cabeza y se limpió el moco líquido con el dorso de la mano abierta. Dio un par de pasos hacia atrás y chocó con otra columna de cajas, que también terminó en el suelo. El dependiente se puso a su lado y le gritó directamente a la oreja.

—¿De dónde narices te has escapado? ¿De algún centro de esos? —Enrojecía por momentos—. Sal de aquí ahora mismo. Y no te quiero volver a ver rondando la tienda, ¿me entiendes?

Levantó la voz para hacerse oír mientras Tobías se dirigía hacia la puerta.

—Si te vuelvo a ver llamo a tus padres. O a la policía. ¿Me has oído?

Tobías le había oído, pero no contestó. El hombre masticó las palabras, como hablando para sí, mientras se agachaba a recoger las cajas.

—La calidad del producto. Hay que joderse.

En la cabeza de Tobías los peones, los alfiles, las torres y los caballos saltaban unos sobre otros y se reían con las bocas muy abiertas. Le restalló el golpe de un rey negro detrás de los ojos y sintió el dolor y las lágrimas calientes. Acostúmbrate, le susurraba su padre escondido detrás de aquellas piezas de palisandro y boj. También reía. Acostúmbrate.

—Lo intentaré —murmuró él.

Echó a correr calle abajo, dejando atrás un campanilleo y un portazo, alejándose de aquel escaparate al que ya no podría volver a acercarse.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.