Errare humanum est

2000-01-01 / Joaquín Bernal / 700 palabras

Se la encontró mientras ambos hacían turno en la taquilla del Imperial. Unos ojos azules, grandes, y unos labios finos en permanente sonrisa; era la misma Ingrid de siempre, a pesar de las patas de gallo, aquellas profundas arrugas marcando su ceño y algún kilo de más estratégicamente situado. Ingrid Cleat. Hacía ya mucho tiempo que no pensaba en ella.

Sentados en la terraza del Charleroi, ambos removían sendos cafés con leche, sintiendo el temor de decir alguna inconveniencia, arropados por el runrún de las conversaciones de las mesas cercanas. Él la volvió a mirar y sintió agolparse los recuerdos como si fueran niños a la salida del colegio, desordenados y ruidosos. Recordaba cualquier otro año como un magma indefinido de fotos amarillentas, imágenes desvaídas y personas de las que había olvidado el nombre, pero nada de eso le ocurría con el año 1962, pues lo tenía delante, con unos ojos azules e inmensos, removiendo el azúcar del café.

Se dejó ir, repasando algunas imágenes como el que hojea un álbum de fotos. Los carteles de «Tómbola» en los cines durante meses. La muerte de Marilyn. El esperado ascenso de su padre a secretario del asistente del subsecretario. El mundial de Chile, que Brasil había ganado una vez más. «Lawrence de Arabia», arrasando en los óscars. La boda en Atenas del príncipe Juan Carlos y la princesa Sofía. Juan Belmonte pegándose un tiro porque se había cansado de vivir.

Fue un año de radios pirenaicas, pasionarias, contubernios de Munich y americanos en órbita: John Glenn había conocido el primer amanecer fuera de la Tierra, y él había conocido a Ingrid.

Se había enamorado de inmediato, como un tonto. Sin remedio. Ella era una chica menuda, con una risa contagiosa y unas ganas de vivir que abrumaban a cualquiera. Y para él, sin más, empezó el sufrimiento. Quiso atreverse a decirle cualquier cosa, inivitarla al cine, a tomar algo, a pasear, decirle lo mucho que le gustaba, lo bonita que era, lo estúpido que se sentía. Pero nunca se decidió. Siempre fueron amigos dentro de una pandilla de doce. En más de una ocasión había sentido unos celos absurdos al verla de lejos, riendo con las bromas de Iñaki o alternándose con Esteban en los maratones de chistes los domingos por la mañana, entre vermús y aceitunas rellenas de anchoa. Guapa, inteligente, con un estupendo sentido del humor, y tan cercana. La puñalada del arrepentimiento, una vieja conocida, se le clavó en el centro de una herida antigua.

Dejaron de remover el café casi simultáneamente. Ella levantó la mirada y sonrió. Sopesó la pregunta que aún flotaba entre ambos, antes de contestar:

—Seguramente te habría dicho que sí.

Él se encogió de hombros. Ese detalle no tenía ya la menor importancia. Con cara de dolorosa concentración, doblaba minuciosamente una servilleta de papel, hasta transformarla en tira estrechita. Suspiró y ella volvió a hablar.

—Si al menos lo hubieras intentado…

Él no podía estar más de acuerdo. Habría evitado mil momentos de rabia; como cuando encontró aquella foto de la pandilla y se paso horas contemplando la sonrisa de Ingrid. Como cuando visitó la Alhambra con su mujer en viaje de novios y recordó la primera vez que había estado allí, años atrás, con sus amigos. Con Ingrid. Como cuando se preguntaba una y otra vez, igual que en una revista barata, que habría sido de su vida si…

Sonó un trueno lejano, que sintió en las tripas más que en los oídos. Soltó la servilleta y apuró el café. Miró a Ingrid con ternura. De todos modos, ella acababa de quitarle un peso de encima cuarenta años después.

La inminente tormenta había cargado el ambiente con una extraña sensación eléctrica. Irren ist menschlich. L’erreur est humaine. To err is human. Errare humanum est. Es de humanos equivocarse. Es de tontos arrepentirse. Y merece castigo divino el que se arrepiente de no haberlo intentado. Así de simple. Encendió un marlboro con parsimonia y se dejó envolver por el humo dispuesto a esperar que cayera el rayo que se había ganado a pulso.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.