Es rara la vida

2006-01-01 / Joaquín Bernal / 2.100 palabras

Mi barrio es especial porque en él vive un boxeador. Y un panadero, un maestro perfumista, un pastor de ovejas y un guardaespaldas. También tenemos un pintor de retratos y otro par de docenas de oficios interesantes. Y todos ellos coinciden en la misma persona. Aquilino. Al menos, eso es lo que cuenta él.

Pocos conocemos su nombre. Para la mayoría es «el arrastrao», sin más. Él responde tanto al apodo como al nombre, con esa sonrisa y esa indiferencia levemente lejana que flota a su alrededor como una niebla misteriosa, dulce y azul. Arrastrao, anda, le dice Tico algunas tardes en el bar, acércale este décimo de lotería a Macías. Y que te lo pague. Y Aquilino sonríe, toma el décimo con la punta de los dedos y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego mira a Tico durante unos segundos, como sopesando si se merece el favor, sonríe, y sale del bar arrastrando los pies. No sabemos mucho de él, pero todos confiamos en su palabra. Es como si le quitaras la monda a una persona y la dejaras con la pulpa al aire, igual que uno hace con una naranja, porque a pesar de su aspecto se nota que Aquilino es un caballero. Se le ve en la forma de mirar.

A la vuelta, Tico le invita a un coñá y él se lo toma despacio, haciéndolo durar hasta que empieza a oscurecer. Entonces apura la copa, se seca los labios con una servilleta y la dobla dos veces a lo largo antes de dejarla sobre la barra. Después saluda brevemente con la mano y sale a la calle. Muy pocos sabemos dónde va cuando deja el bar.

Es difícil calcularle la edad, pero debe rondar los setenta. A mí no me importa que venga al bar, aunque se pase allí las tardes sin tomar nada. Se suele sentar en el rincón, cerca del teléfono, muy tieso sobre el taburete. Él sabe que ahí no estorba y a mí no me molesta. De hecho, me gusta tenerlo ahí como un mueble, porque le da al bar una especie de tranquilidad lisa y extraña. Se sienta en su sitio y mira fijamente las botellas de la estantería. Cuando él está, la gente parece hablar de forma más reposada. Aunque quizá sean imaginaciones mías.

Él mismo habla poco, y sólo cuando ha bebido. Si la tarde se le ha dado bien y ha hecho dos o tres recados consigue soltarse la lengua a base de vapores de coñá y entonces busca conversación. Siempre frases cortas, como si se le acabasen de ocurrir y no estuviese muy seguro de que fuesen ciertas o fuesen suyas. Habla como de prestado, dijo un día el guardia Morales, y yo creo que tiene razón.

Es rara la vida, Paco, me dijo Aquilino hace poco. Yo dejé la bayeta en el fregadero y lo miré mientras me secaba las manos con el paño. Será la tuya, le dije, porque la mía es muy normalita. Él le dio otro trago al coñá, me miró como si estuviese mirando un paisaje detrás de mi cogote y sonrió. Por eso, Paco. Por eso.

Muchas noches Aquilino se hace el remolón a la hora de irse. Entonces tengo que invitarle a algo con la condición de que se vaya cuando se lo termine. Esos días lo único que quiero es poner el bar patas arriba, barrer un poco, cumplir con el trámite de humedecer el suelo con la fregona y marcharme a casa para cenar algo y sentarme con la Feli en el sofá, a ver un rato la tele. Hace un par de días Aquilino no quería irse.

La tarde se le había dado bien. Tosió despacio antes de empezar a hablar. Paco, no sé si te he contado que una vez fui lector de una viuda ciega, me dijo. Yo no estaba para muchas historias. Sí, Aquilino, ya me lo has contado, le mentí. Aquel día yo tenía un dolor en los riñones y una sensación de vacío en el cielo de la boca. Al día siguiente estaba metido en la cama con unas fiebres que me sacudían el cuerpo hasta despertarme, pero aquella noche tan sólo me sentía cansado, y tenía ganas de echar el cierre para poder irme a casa cuanto antes. Pero Aquilino parecía no tener prisa. Le leía las cartas, continuó. Unas cartas muy largas y muy cursis. Se las enviaba un señor de la calle Velázquez. Ella se agarraba las manos, como si rezara, y me escuchaba sin interrumpir. Al terminar, yo me despedía de ella hasta el día siguiente y me volvía a mi casa, dijo Aquilino.

Decidí empezar a recoger mientras él terminaba su historia. Es rara la vida, Paco, añadió mientras yo daba la vuelta a las sillas y las ponía sobre las mesas. Él me hablaba sin mirarme. Las cartas dejaron de llegarle, dijo, y la mujer se iba poniendo más pálida cada día. Me pedía que comprobase otra vez el buzón del portal. Por si no has mirado bien al entrar, decía. Su piel se fue volviendo transparente, Paco. Se iba apagando. Yo sabía la dirección de aquel hombre, así que me acerqué hasta la calle Velázquez para pedirle explicación. No sé por qué lo hice. La portera me contó que había muerto tres semanas antes. Una infección en la sangre que los médicos no supieron identificar. No me atreví a contárselo a la viuda, Paco. No me atreví. Seguí yendo a su casa a diario. Una tarde empecé a leerle una carta que podría haber recibido. Me conocía el estilo dulzón y florido del difunto, así que la fui inventando sobre la marcha. Mientras yo hablaba ella iba recuperando el color poco a poco. Aquilino hizo una pausa demasiado larga que hizo que me girase hacia él. Qué puñetera y qué rara es la vida, Paco.

Volví detrás de la barra y lo miré. Seguía fijo en las botellas del estante, pero parecía haber una humedad en sus ojos. O quizá fuesen imaginaciones mías. Decidí que no pasaría nada por cerrar quince minutos más tarde, de modo que acerqué un taburete al suyo, le serví otra copa de coñá, me puse un bíter y me senté a su lado. Olía de una forma especial, como a sudor polvoriento.

Seguro que al final se dio cuenta de la trampa, le dije. Te equivocas. Estuve inventando cartas para ella durante casi un año. Yo llevaba siempre un par de folios en el bolsillo, en blanco, para hacerlos sonar entre mis dedos y completar la mentira. Creo que nunca sospechó, y si lo hizo jamás me dijo nada. Era ciega, añadió. Ya me lo has dicho, murmuré yo.

Él dio un trago largo al coñá, tomó aire y continuó hablando, con palabras que empezaban a quedarse enredadas en la punta de la lengua. Al cabo de un año, dijo, la viuda murió también. No tenía familia. Yo había ido a verla el día anterior al hospital. Me la encontré tumbada en la cama, luchando por respirar y haciendo bajo las sábanas el bulto de una rama de olivo. Me dijo que fuese a ver al hombre que le escribía. Que le pidiese perdón en su nombre. Perdón. Por morirse, Paco. Me pidió que fuese a pedirle perdón por morirse.

Sus ojos seguían húmedos, pero él hacía esfuerzos por tragarse ese ovillo y empujar las lágrimas hasta el estómago. Llora con las tripas, pensé.

Vamos, que ya es muy tarde, le dije. Él asintió e hizo intento de levantarse del taburete, pero trastabilló y estuvo a punto de caer al pie de la barra sobre las cabezas de las gambas y las servilletas arrugadas. Lo agarré como pude y le ayudé a incorporarse de nuevo. Vas un poco cargado, le dije. Él sonrió y me mostró los cinco dedos de una mano. Déjame que te acompañe a casa, le dije yo. Levantó la cabeza y le vi la mirada clara por un instante. Gracias, Paco, me contestó.

Aquella noche no barrí, ni fregué. Apagué las luces del bar, salimos y eché el cierre. Sentía un escozor en la garganta y los ojos calientes. Echamos a andar calle abajo, con mi brazo alrededor de su costado para evitar que acabase en el suelo. Y cómo le pesaban al condenado aquellos pies torpes.

Al llegar al cruce le pregunté hacia dónde ir, y él hizo un gesto hacia la izquierda con la cabeza. Al final de la calle chica, me dijo entre dientes. Por suerte para mí, no estaba lejos, pero el camino se me hizo larguísimo mientras intentaba que él caminase más o menos erguido.

Llegamos a aquel callejón que olía a orina vieja y a ese aroma dulzón de la basura cuando tiene mondas de fruta. Recorrimos sus veinte o treinta metros y nos detuvimos frente a una puerta de madera vieja y nudosa. Era una caseta diminuta, con las tejas melladas sobresaliendo del alero y las paredes encaladas. Un enorme desconchón ocupaba la mitad de la pared frontal, dejando el yeso al aire. Dime dónde tienes la llave, le dije. Él sonrió y negó con la cabeza. Dio un golpe preciso con el puño bajo la cerradura y la puerta se abrió a una oscuridad húmeda y densa. Entramos.

Busqué la llave de la luz a tientas. La pulsé y se encendió una bombilla de pocos vatios, desnuda, colgando del cable. Allí dentro olía a húmedo, a vaho de viejo condensado en los rincones. Le ayudé a caminar hasta la cama y a tumbarse. Cerró los ojos y se los cubrió con el antebrazo. Pensé en quitarle la ropa, pero no me atreví. Tengo que reconocer que me dio asco. Aquilino murmuró. Es rara la vida, Paco. Es rara, decía. Al momento escuché su respiración haciéndose más profunda. Y yo suspiré. Quién te manda, Paco, quién te manda, me dije.

Miré alrededor y vi cientos, miles de papeles apilados en las estanterías que cubrían la mayor parte de las paredes de la habitación. Algunos montones estaban atados con pedazos de cinta estrecha de tela. Me acerqué hasta la estantería del fondo y cogí uno de esos montones. Aparté un poco el nudo y leí. Gancho de izquierda, por Aquilino Ros. Lo dejé en su sitio y cogí otro. Trashumante, por Aquilino Ros. Pasé las páginas con el pulgar, con un movimiento como de abanico. Casi quinientos folios, escritos a mano con una letra redonda y cuidada. Fui mirando los que tenía cerca. Esencia fundamental, por Aquilino Ros. Te protejo, por Aquilino Ros. La mano tonta, por Aquilino Ros.

Me retiré de aquellos estantes y miré a aquel hombre que dormía con la chaqueta puesta sobre sábanas sucias y revueltas. Al lado de la cama había una mesita baja, y sobre ella un montón de folios y una pluma que parecía buena. Me acerqué y cogí los primeros folios del montón. Perdona que me vaya, por Aquilino Ros. Busqué las últimas hojas escritas y leí.

Entró en la habitación con un miedo doloroso y picudo apretando sus garras sobre su cuello. Allí estaba ella, en la cama, bajo sábanas de lino que apenas se levantaban sobre el colchón. Sus brazos eran jirones de trapo sucio, flacos y marchitos. Parecía estar respirando puñados de arena, pero dejó salir un jadeo breve cuando lo vió entrar en la habitación.

A continuación había una tachadura que cubría una frase entera, y nada más. Allí, con aquel folio en la mano, mirando las estanterías repletas, comprendí que todas sus historias eran verdad. Todas sus profesiones, todas sus confidencias de borracho eran más ciertas que mi propia existencia. En los estantes estaban las pruebas. Me puse a temblar, seguramente porque la fiebre empezaba ya a hacer de las suyas.

Lo miré y murmuré. Sí, es rara la vida, Aquilino. Apagué la luz y salí del cuarto. Cerré la puerta de un tirón y me dirigí a casa. Aquella noche me apetecía más que nunca acurrucarme al lado de la Feli y ver un rato la tele. El caso era no pensar. Las fiebres con las que amanecí el día siguiente me hicieron un favor, porque cuando me recuperé un par de días después recordaba aquella noche como una pesadilla suave lo suficientemente lejana como para no hacerme daño.

Aquilino sigue viniendo por el bar. Creo que estos días está recordando cuando fue herrero, o profesor de latín, o corneta de una banda. Se lo noto en la forma de mirar a las botellas, aunque puede que sean imaginaciones mías.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.