Escaparate

2005-07-21 / Joaquín Bernal / 800 palabras

El maniquí de Confecciones Índigo, la tienda de ropa de la calle de la cuesta, no se atreve a moverse. También es cierto que durante las horas de comercio no lo ha hecho ni una sola vez desde hace veintidós años. En aquella ocasión la desesperación le hizo arrojarse contra el cristal tras un balanceo suicida que no cree que vuelva a repetir jamás. Acabó tirado en la acera, boca arriba, entre cristales, viendo cómo la gente se paraba un poco, sólo un poco, para sortearlo después con sus prisas de día de entre semana.

Su inmovilidad se mantiene mientras hay luz, porque de noche, con el cierre echado y los halógenos apagados, suele removerse de vez en cuando en su peana para cambiar el peso de un pie a otro, o para mover en círculos el hombro derecho que se le entumece con el frío de la madrugada desde que se llevó aquel golpe en el último traslado, hará unos diez años.

Esta noche, aunque afuera todo está en silencio y la oscuridad se escurre hasta los rincones del escaparate desde hace horas, no se atreve a temblar siquiera. Salvador, el dueño de la tienda, ha traído esta mañana una maniquí para hacerle compañía y la ha colocado en el hueco de la derecha, con un vestido de gasa muy elegante y muy fino. Y ella ha adoptado de inmediato una pose de modelo de París, como de maniquí de mundo que sabe conseguir que miren la prenda sin atraer la atención hacia sí misma, con una dejadez estudiada que al principio ha hecho que él sospechara.

Él siempre ha sido maniquí de los de toda la vida, con su posición de firmes, sus desconchones cubiertos de pintura titán y el gesto serio apenas esbozado en el plástico azul que le da forma. Pero ella es guapa, sí, guapa y con un mentón gracioso que dibuja a la luz de la farola un perfil de sombra contra la columna del fondo, con unas piernas moldeadas y lisas como el mármol.

Pues mañana mismo, se dice, intentaré girar el brazo por la articulación del hombro bueno. No doy para más, pero lo mismo consigo una postura más interesante, que ya son demasiados años con aire de legionario frente a la bandera. Suspira despacito y vuelve a mirar de reojo hacia la derecha. Ella ni siquiera respira. Sigue allí cubierta de gasa y de suficiencia.

Eso si Salvador no tiene pensado jubilarme, piensa, y siente el escalofrío subirle por la espalda. Aunque, bien pensado, no estaría mal. Son muchos años de pie durante horas, años aguantando la risa ante la señora con la redecilla cubriéndole los rulos, la que hace visajes al otro lado del escaparate para poder ver el precio de la chaqueta ofertón últimas existencias. Muchos malos ratos tragándose las ganas de llorar, esos días en los que cae en la cuenta de la vida tan extraña que le tocó vivir, soportando a ratos esos pinchazos como de alfileres en los pies dormidos, sin poder dar un solo paso, que hubiese estado mal visto, claro, y uno es un profesional.

Gira la cabeza despacio, con un ruido de roce antiguo de plástico duro, para mirar a la maniquí. Chista flojito, una vez, dos veces. Ella no se mueve, silenciosa. Él deja salir un «perdona» rasposo, como polvoriento, pero ella no responde. Está como muerta, y su cara blanca parece tan fría como el cristal del escaparate.

Poco a poco, ese mismo hielo se le va metiendo a él por dentro cuando empieza a pensar que quizá ser maniquí es otra cosa y que el mismo hecho de pensar es un vicio que no consiguió arrancarse cuando debía, hace años. Y de repente empieza a recordar, con imágenes que van y vienen en oleadas grises y blancas, aquella mañana hace muchos años en la que despertó de un sueño extraño y comenzó a hacerse preguntas. Conciencia de maniquí, pero conciencia al fin y al cabo, se dice, y se da cuenta de que ahora mismo vomitaría si pudiera doblarse por la cintura.

A ver si va a ser, no puede ser, pero lo mismo, quizá no debería estar haciéndome estas preguntas porque me hacen sentir extraño, como si me estuvieran sacando un pañuelo grande de seda a través de un agujero en la coronilla.

Siente una presión extraña en la nuca y un calor detrás de los ojos que le empieza a asustar. Mejor me quedo quieto y seguro que dentro de unos días estaré mejor, se dice.

Al otro lado del escaparate el barrio sigue durmiendo mientras él se abandona en un dejarse ir que va diluyendo las preguntas, el frío, el hormigueo de los pies, el miedo a la maniquí de París, el dolor del hombro. Quizá sea mejor así, piensa antes de quedarse quieto, muy quieto. En la acera de enfrente, el semáforo parpadea en ámbar, pero él ya no quiere verlo.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.