Hoja de reclamaciones

2006-04-15 / Joaquín Bernal / 1.100 palabras

Ser chófer tiene sus ventajas. Viajas mucho, conoces gente y eres tu propio jefe. Bueno, es mentira. Todo eso es mentira. Ser chófer es el peor trabajo del mundo. Mentira, otra vez. Es mucho peor el de pocero, y eso lo sé bien.

Cuando me compré el seiscientos, la Juana me dijo que estaba loco, que jamás conseguiríamos pagar las letras en fecha, que acabaríamos viviendo debajo de un puente. Por suerte se equivocó. En año y medio el seiscientos se había pagado solo. No es que cobrase mucho por cada viaje, pero por aquella época había pocos coches de alquiler en Madrid, y ningún chófer particular, excepto yo. Todo eso fue antes de que Ramiro hablase con los de su sindicato y me amenazaran con una demanda por intrusismo. Ya ves, como si aquel seat rojo cereza tuviese algo que ver con un taxi.

Los viajes solían ser agradables entonces, cuando el camino era siempre largo y la gente era siempre educada. Supongo que hoy no podría montar un negocio como aquél. En seguida te piden el libro de reclamaciones, porque la gente está deseando poder protestar. Supongo que lo que todos queremos es quejarnos sobre la vida que llevamos, sobre el aliento a coñá del jefe mientras nos dice que tendremos que echar unas horillas, sobre el puñetero niño que no deja de llorar con la radio a todo volumen como acompañamiento. Elena Francis y el berrear de un crío, un buen resumen. Pero creo que para eso se inventaron las hojas de reclamaciones, para que por un rato nos sintamos con derecho a protestar. Yo mismo las he pedido un par de veces. La primera, en aquel hostal inmundo de la calle Sierpes en Sevilla. La segunda, en el hospital, cuando lo de mi padre. La enfermera se rió de mí. Me dijo que aquello no era un merendero, la muy desgraciada.

De mis servicios con el seiscientos recuerdo un viaje en particular. Una familia de cuatro. Querían ir al pueblo de los padres de él a pasar el día, y me contrataron. Aquel tipo es la persona más alta que entró jamás en mi coche. Aún lo recuerdo sentado a mi lado, con las rodillas sobresaliendo hasta la altura de los hombros. Me recordó a un chaval demasiado talludo que se hubiese empeñado en montar en los coches de choque a pesar de no tener edad. Pero era educado, eso sí. Se le veía un hombre formal y muy de su casa. Nada que ver con esos niñatos que a veces me contrataban para que los llevara a alguna casa de la sierra, a alguna fiesta piscinera que aprovechaba la ausencia de unos padres. Qué desvergüenza. No. Aquella familia era formal, como Dios manda.

El seiscientos iba cargado hasta su límite. Subiendo un puerto, pocos kilómetros antes de llegar al pueblo, el motor se puso a jadear como un niño con tos ferina. Pensé que el pobre no lo contaba. Y qué carretera, Señor. Qué carretera. La llaman la de las mil curvas, me dijo aquel hombre cuando me oyó quejarme por lo bajo. Aquel pueblo ni estaba en el mapa.

En la parte de atrás, la mujer y los dos críos. El niño fue todo el viaje enfurruñado. Bueno, mentira. Tuve que parar para que vomitara, y en parte lo hizo en la puerta de mi coche. Aparte de aquel rato de arcadas, estuvo todo el viaje con un hocico que se le podía atar. La niña se pasó todo el trayecto sonriendo, excepto al atravesar una zona con curvas cerradas: se puso del color de la cera y, al menos durante un rato, se le puso cara de funeral.

Cuando llegamos al pueblo me retiré un poco, como siempre hacía, para estar en un segundo plano. A fin de cuentas, yo sólo era su chófer. Una señora, supongo que la dueña de la casa, se empestilló en que comiera con ellos, a pesar de que yo llevaba mi bocadillo, como siempre que salía de servicio. Lomo con pimientos, lo recuerdo bien porque fue aquel bocadillo lo que cené esa noche en casa. La comida fue estupenda, en cantidad y en calidad. Aquella mujer sabía cocinar, sí señor.

Cuando nos preparábamos para volver vi que la madre de la familia que me había contratado había puesto en fila media docena de bolsas delante del seiscientos. Bolsas repletas de comida. Patatas, galufo de la matanza, hasta dos pollos, supongo que recién matados. Un poco de su sangre se había acumulado en un pico de la bolsa, e inmediatamente la vi sobre la tapicería de mi coche, o sobre las esterillas de goma. Ni un kilo más, le dije. En este coche no entra ni un kilo más de los que trajo. La mujer me miró, incrédula, soltó un resoplido y se puso a trastear con las bolsas. Al final, dejó todo lo demás y se quedó únicamente con los dos pollos. Me estuvo bien empleado.

Pero fue una buena decisión la mía. Si hubiésemos metido toda aquella comida en el coche, nos hubiésemos quedado tirados con el radiador seco al intentar subir un puerto. Por suerte, el seiscientos se portó, como siempre hizo. Llegamos a Madrid cuando estaba oscureciendo. Me despedí de ellos y me fui para casa.

Cuando se lo conté a la Juana me cayó la mayor bronca de todos estos cuarenta y dos años de matrimonio. Mentira. La más grande fue cuando lo de la Pura, pero esta también fue de las gordas. Que si cómo se me había ocurrido, que si no me había parado a pensar en aquella familia, que si lo mismo contaban con esa comida para esa semana, que si era un desalmado, que si tal, que si cual. Por no oirla, accedí a llenar tres o cuatro bolsas con nuestra propia comida y acercarme para dárselas como compensación por lo que había hecho.

Estuve veinte minutos metido en el seiscientos, a la puerta de su casa, con aquellas bolsas en los asientos de atrás. Al final, arranqué y, de camino a mi casa, tiré la comida en un descampado. Nunca se lo dije a la Juana, como es natural.

A veces me pregunto qué me impidió salir del coche y darles aquellas bolsas. Vergüenza, supongo. O tal vez fue mi convicción de que todos necesitamos protestar. Estoy seguro de que durante meses, en muchas conversaciones de sobremesa, aquella familia estuvo quejándose de lo que les hizo aquella tarde el hombre gordo del seiscientos. Y todos tenemos derecho a quejarnos, caramba.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.