Ida y vuelta

2004-02-10 / Joaquín Bernal / 2.300 palabras

Se abrochó los puños de la camisa y se puso la chaqueta. A pesar de que la tela del uniforme de verano era bastante ligera, sintió el sudor deslizarse espalda abajo, como si el mismo hecho de ponerse el traje fuese la señal para empezar a chorrear.

Suspiró. El trabajo de revisor no era malo. Aburrido, eso sí. Pero uno tiene un sueldo seguro a final de mes, que los niños más que comer devoran y ahí te quiero ver. De vez en cuando se acordaba de los planes que había hecho cuando era mucho más joven y aún creía que su vida, precisamente la suya, sería algo más interesante que la que habían tenido sus padres. Por aquel entonces también creía que las chicas en bicicleta tenían un encanto especial.

Siempre se dijo que sería pintor, de acuarelas. Pero la vida le adelantó por la derecha y se puso en su camino con cara de reproche. En ocasiones así, el destino parecía decirle a uno que hay que tomarse las cosas con más seriedad, así no llegarás a ninguna parte y ponte derecho.

Subió al tren, dejando salir un quejido corto y apagado. Su amigo Sebastián siempre decía que te das cuenta de que te estás haciendo viejo cuando se te escapan esos ruiditos guturales al sentarte en una silla, o al levantarte de ella. Se aflojó un poco la corbata y se dejó caer en uno de los asientos de primera clase para hacer hora hasta la salida del tren. Las cosas acaban siendo como tienen que ser, pensó. En vez de acuarelista, revisor. Miró por la ventana y se quedó absorto contemplando el ir y venir de maletas, el movimiento rítmico y apresurado de docenas de pies, ese bullir como de hormigas de toda aquella gente. Gente que se preparaba para un viaje, para la que el hecho mismo de coger un tren era algo especial que les permitía romper con las uñas esa capa elástica como de globo deshinchado en que se convertían los días, todos iguales, regulares y rutinarios. Él estaba dentro del globo, y hacía tiempo que había dejado de buscar el agujero de salida.

El tren dio un par de sacudidas y arrancó. Él decidió quedarse un rato más allí sentado, con las manos sobre los muslos, con una pereza densa que le sujetaba y le impedía incluso pasarse los dedos por la frente para quitarse el sudor.

Pasaron por Noblejas, aquel apeadero que parecía haberse quedado parado en el tiempo a pesar de las reformas y la mano de pintura plástica color helado de limón de todos los años. Cada vez que pasaba por allí pensaba en su hermana Josefina por alguna conexión quizá demasiado remota que unía aquel edificio, cabezota frente al paso del tiempo y de los trenes, con su hermana la soltera, la que tenía aquella manera de caminar tan suya y tan digna, con pasos largos y ese raspar breve de las punteras contra el suelo. Noblejas. Vieja nobleza. Nobleza vieja. Debería ir a visitarla más a menudo, se dijo.

Llevaban cincuenta minutos de viaje, así que se dispuso para el primer paseo de los muchos que daría en aquel viaje largo hasta Valencia. Se ajustó el nudo de la corbata y se pasó las manos por las solapas de la chaqueta. Suspiró profundamente y abrió la puerta del primer vagón.

Hacía años que se había acostumbrado a caminar por aquellos pasillos manteniendo el equilibro a pesar del traqueteo. En realidad, lo que le costaba un poco era caminar por ellos con el tren parado, pues entonces sus pies se volvían torpes y tenía que ir apenas rozando con la yema de los dedos los reposacabezas de los asientos, como para ir calculando las distancias y mantener así el equilibrio. Sin embargo, con el tren en marcha se sentía en su elemento. Se hizo a un lado para dejar pasar a una señora y se quedó mirándola mientras se alejaba con pasos vacilantes, como de bebé miedoso. Más adelante dejó pasar a un chico alto y, por un momento, le pareció estar mirando a un borracho de taberna y anís del mono.

Se puso a pedir los billetes con calma, sabiendo que tenía toda la tarde por delante. Un chico con una bolita plateada justo debajo del labio inferior le dijo que se había dejado su billete en el bolsillo de la otra camisa. Claro, si tuvieses la cabeza para otra cosa aparte de llevar las bolas, pensó él. Pero no le dijo nada. Le hizo un billete en ruta, le cobró y siguió con su paseo. El chico se quedó soltando quejas como toses, con palabras cortas y masticadas como de perro guardián en horas de visita.

Una hora y diez minutos de viaje. Santa Cruz de la Zarza. Una mujer joven le había estado buscado por todo el tren y por fin le había encontrado. Él la miró y le descubrió ojos de susto y una forma de tragar saliva como si estuviese engullendo un ovillo de lana. Su hijo estaba enfermo, llevaba vomitando desde que habían salido de Madrid, mire usted. Se les habían acabado las bolsas de plástico que ella, previsora y madre curtida, llevaba en el bolso por si el crío se ponía peor, ya sabe cómo son estas cosas. El niño había vomitado varias veces sobre el suelo del vagón y no parecía mejorar. Pobre mío, dijo ella mientras entrelazaba los dedos de ambas manos, pobre mío, si ya no tiene nada que echar. Él miró aquellos dedos retorcidos. Parecen varetas de rosal seco, se dijo, y sacudió la cabeza. No le gustaba ponerse artístico durante las horas de trabajo pues le parecía que su oficio, a pesar de ser aburrido, le exigía una atención completa y esa seriedad que te piden todos los uniformes.

Intentó tranquilizarla. Le aseguró que en la siguiente estación la ayudaría a bajar al crío y los bultos que llevara y que haría lo necesario para que llamaran a una ambulancia. Ella asintió temerosa, los dos fueron hasta su asiento y él se encontró con un niño acurrucado, abrazado a sus propias rodillas, con el pelo pegado de sudor. Tendría unos cuatro años. Allí dentro olía a vómito, con ese picor rancio en el fondo de la nariz que siempre le hacía pensar en adolescentes borrachos. Los demás viajeros empezaron a quejarse, a protestarle con ese ritmo y esa melodía que él había aprendido a tolerar con el paso de los años. No se preocupen ustedes, haremos que lo limpien, si estas cosas son así y qué quiere usted que yo.

Mirando al niño, a sus ojeras azuladas, se acordó de Juli, su vecino de cuando él aún vivía en casa de sus padres en lo alto de aquella calle que llegaba hasta el cerro. Juli era un retrasado que vivió con su madre hasta que ella se cansó de apretar los puños y de tragar lágrimas y decidió dejarse ir. Él duró muy poco más. Solía salirse al balcón de la casa de dos plantas a mirar la gente, con aquella sonrisa sincera y plana plantada en la cara. Todos le decían algo al pasar calle abajo hacia el centro, dispuestos a dar un paseo o incluso tomarse una cerveza después del día de trabajo, que también hay que esparcirse, mira, recién lavados, con el pelo aún mojado y oliendo a colonia. Juli nunca salía de casa pero siempre contestaba a todos con aquellas palabras pastosas e irreconocibles. Color violeta, pensó él. Juli hablaba con palabras color violeta. sí. Una tarde empezó a vomitar hacia la calle por encima de la barandilla, sobre las cabezas recién peinadas y perfumadas, pidiendo disculpas con palabras de color rosa pálido ante los gritos y los puños agitados en alto. Aquella misma noche murió.

Él miró por la ventana. Tarancón. Tarado en el balcón. Se dispuso a ayudar a aquella mujer joven para que pudiese bajar al crío mientras él cargaba con su maleta imitación de piel, pelada en las esquinas, y una caja de cartón asegurada con una cuerda. Risketos de Matutano, leyó. Sintió una oleada caliente y viscosa subirle hasta la boca. La vida es completamente absurda, pensó. Se mezcla la miseria con la alegría y el naranja chillón con el azul marino y se susurran maldiciones con voz amorosa mientras alguien te grita a un palmo de la cara que te ama y se piden explicaciones de cosas que no las tienen ni las necesitan, que no podrán entenderse jamás. Y mientras ocurre todo eso, una madre arrastra a su niño enfermo, tirando de una maleta vieja y de una caja de risketos que contendrá cualquier cosa menos golosinas.

Pidió al jefe de estación que llamara a urgencias para que se hicieran cargo del niño, se subió de nuevo al tren y se quedó allí parado, mientras se alejaban despacito y como deslizándose, mirando los ojos de susto de aquella mujer que acunaba al crío sentada en un banco pintado de rojo.

Cuando pasaban por Camporrobles, una chica se salió al hueco de entrada al vagón. Ella le dio las buenas tardes y el contestó con esa voz que se le ponía cuando llevaba mucho rato sin hablar, esa voz seca sin fuelle que se le oía a su padre cuando le hablaba desde lejos en la era, las tardes de agosto.

Él la miró por el rabillo del ojo sin mover apenas la cabeza. La chica encendió un cigarrillo, dio una calada profunda, y apoyó el codo derecho sobre el brazo izquierdo que había cruzado sobre el pecho. Él se acordó de los ojos de aquella otra mujer. Pensó en el niño. Espero que esté bien y atendido. Se le pasarán los vómitos, seguro. Crecerá, se construirá una vida con una mujer y una hipoteca y cuando menos se lo espere saltará la liebre, esa liebre con calvas en el pelaje y ojos desquiciados que se le acercará despacito para dar un salto y morderle el lóbulo de la oreja y susurrarle a través del chorro de sangre, con esas risitas que huelen a rancio, que ya has llegado donde tenías que llegar, te pongas como te pongas y esta es tu vida aunque sea perra es la tuya y punto.

Miró hacia el exterior a través de la ventana. El mismo paisaje de siempre ante él, como huyendo, como si todos los que iban en aquel tren estuviesen acercándose más y más hacia el sitio exacto en el que se ha anunciado un bombardeo y los árboles y los postes y aquellos arbustos bajos tuviesen más cabeza que ellos mismos y buscasen refugio en dirección contraria.

La chica apagó el cigarrillo en el cenicero atornillado a la pared, dejó salir un hasta luego desganado y volvió al interior del vagón.

A él le gustaban aquellos viajes. Sobre todo cuando eran de ida. Siempre había preferido alejarse de su propio centro, aunque fuese por unas horas, sintiéndose como alguien clavado al suelo que se da permiso para volverse del revés, desdoblarse, salirse por alguna rendija y correr en cualquier dirección con una cuerda elástica atada a la cintura. En alguna ocasión había fantaseado con la posibilidad de llegar a Valencia, a Alicante, a Bilbao, y bajarse del tren para no volver a subir, sediento de esos aires distintos, menos densos, y dispuesto a empezar de nuevo, a hacer las cosas que no había podido hacer y a volver a hacer las que sí había hecho. Pero esta vez bien. Bilbao, sí. Ahí tienen mar, pensó. Dedicarse a pintar acuarelas en el paseo marítimo, quizá vender alguna a los curiosos de vez en cuando para poder pagarse una cena ligera y un vaso de vino del tiempo.

La realidad le cayó encima como una tela de arpillera, polvorienta y áspera. El sonido rítmico del tren había acabado por hacerse hueco en su cabeza y casi nunca lo oía ya. Pero cuando lo hacía y era consciente de ese golpeteo continuo y de ese retumbar bajito y constante se sentía a punto de gritar, desquiciado por ese mismo ruido durante días y dias. Durante años.

Siete Aguas. Cuatro horas y media de viaje. Poco más de una hora para llegar, para pararse un rato con Gerardo, el jefe de estación, tomarse una lata de cerveza caliente y subirse en otro tren. Y volver. Y por la noche patatas con pimientos y bacaladillas fritas, como todos los jueves. Y mañana otro viernes, con otras idas y otras vueltas, y la coliflor hervida de por la noche y la charla de siempre con Ángela para intentar decidir dónde ir el fin de semana.

Agitó la cabeza con violencia y algunas gotas de sudor le cayeron sobre los zapatos. No quiero volver, no puedo volver, no voy a volver y que salga el sol. Se quitó la chaqueta y la dejó caer sin mirarla siquiera. Se aflojó de nuevo el nudo de la corbata y se asomó por aquella ventana pequeña en la puerta del vagón para ver llegar la estación de Aldaia. Tan buen sitio como cualquier otro, se dijo. Abrió la puerta cuando el tren estaba aún frenando y saltó al andén. Caminó hacia la salida de la estación con una prisa rara, a la que le faltaba cualquier urgencia pero que tenía toda la determinación que él había acumulado durante años. Se palpó el bolsillo de atrás del pantalón para comprobar que llevaba la cartera. Sabía que en ella sólo tenía treinta euros, y en el bolsillo lateral un poco de calderilla que repiqueteaba con cada paso suyo.

Lo primero de todo era encontrar una papelería o un bricolage o una tienda de materiales de pintura. Y cuando llegue la liebre, me hago revisor, qué carajo.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.