Inmortal

2007-01-01 / Joaquín Bernal / 1.100 palabras

Este relato es el resultado de un experimento algo extraño. Tomé como base la canción «My Immortal» del grupo Evanescence, transladé su estructura a una hoja Excel siguiendo de forma estricta los cambios en la música y usé esa escaleta como plantilla para escribir el relato. Quizá sea buena idea leerlo mientras suena de fondo la canción pero el resultado del experimento dependerá de tu velocidad de lectura. Para intentar ayudarte he sincronizado con la música la presentación del texto: reproduce el vídeo, mira los primeros párrafos y comprobarás a qué me refiero.

La carretera está húmeda por la neblina. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para sacarla a bailar. El coche dibuja los giros con agilidad de pianista. Él conduce. Aunque hace frío, ella se ha puesto el vestido blanco que a él le gusta. Le mira los muslos. Ella ríe a carcajadas y tira un poco del extremo de la falda. Empieza a chispear. La carretera se retuerce como una serpiente herida, pero él pisa el acelerador un poco más. Está ansioso por llegar a la casa, por encender la chimenea, por ver cómo cae ese vestido para desvelar la piel tibia y pecosa. No corras tanto, le pide ella, no somos inmortales. Él afloja un poco, pero le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y esa curva imposible les alcanza demasiado pronto.

Un borrón desenfocado, zarandeos, un estruendo, una lluvia de cristales, el chirriar del metal. Y el silencio.

Él sale por la ventanilla y se arrastra a gatas. Tiene un velo delante de los ojos, una bruma gris que lo inunda todo. Mira hacia el coche volcado. Una rueda gira desquiciada. El techo está hundido en la parte de ella. Se pone de pie y corre. Ella está aprisionada pero viva. Algo le ha rajado el costado, haciéndole jirones el vestido y la carne. Chorrea sangre, pero muestra una sonrisa brevísima antes de la mueca de dolor. Un trueno estalla y empieza el diluvio.

Bomberos, ambulancia, hospital, gritos, miedo podrido en el paladar, puñetazos a la pared, noches en vela.

Después de unos días, ella habla al fin, poco, susurrándole al oído. Si me quedase, ya sabes, no quiero máquinas. Anda, calla, aún darás mucha guerra. Duerme un poco. Los médicos todavía no le han dicho a ella que sus piernas ya no son suyas. Él no ha reunido el valor para hacerlo. Cuando ella duerme, él llora en silencio, hecho un nudo en el sillón de skay, mirando las pecas de su nariz y ese pelo cobrizo derramado sobre la almohada, y se abraza para intentar sacarse de las tripas esa niebla helada.

Cinco días, sueños de fiebre en una butaca, sándwiches de máquina, charlas intrascendentes. Suspiros.

En cuanto te pongas bien nos vamos a ir seis meses, qué digo, nos vamos a ir un año de viaje. Autobús o tren, donde nos lleven. Si nos apetece quedarnos dos semanas en un pueblito perdido en un valle, pues nos quedamos. Le pasa la mano por la frente. Ella sacude la cabeza. No, dice, yo quiero un viaje programado, lleno de jubilados, con muchos viejos verdes que me toquen el culo y muchas señoras repintadas que te saquen a bailar. Ríen, y él siente los ojos más y más pequeños mientras la mira.

Cambia la butaca por el sofá de casa. Duerme vestido, agarrado al móvil. Legañas y autobús al hospital, a diario.

Una mañana entra en la habitación y se encuentra las sábanas en el suelo. Ella está tendida en la cama, mirándose las piernas, temblando, apretando los dientes. Le mira, pero a él le resulta imposible hablar. Se frota los ojos para apartar la niebla, pero es inútil. Se ha quedado sin aire y siente un remolino turbio en el pecho que engulle cualquier palabra. Ella se desgarra la garganta con un grito.

Negación, ira, negociación, depresión. Palabras de médico. Vuelta a casa en un coche que huele a nuevo.

Un martes de cielo deshecho, él vuelve del trabajo y se encuentra la calle llena de gente. Una ambulancia. Un círculo de cabezas que miran al mismo centro ominoso. Un sabor conocido a miedo rancio. No sabemos nada. Déjenme pasar. Un policía se interpone. Vivo ahí mismo. En qué piso. Segundo izquierda. Acompáñeme. Le agarra del antebrazo mientras se lo lleva aparte. La bruma en sus ojos se hace más intensa.

Cae de rodillas, el pensamiento hecho humo. Unas cortinas en el segundo ondean por fuera. Un grito eterno.

La carretera está mojada por la lluvia. Cada curva ciñe la montaña por la cintura para obligarla a bailar. El coche dibuja los giros con sacudidas de animal moribundo. Él mira el otro asiento a través de las lágrimas. Está vacío. Le sorprende un fragor como de pájaros o de alas, de viento inverosímil. Y allí está ella, riendo a carcajadas y tirando un poco del extremo de la falda. No somos inmortales, le dice. Aún no, contesta él. El velo que cubría sus ojos ha desaparecido. Agarra con fuerza el volante y lo mantiene recto, dejando que el coche se trague la curva. El asfalto se convierte en gravilla, la gravilla en tierra, la tierra en aire.

El motor se acelera. Al instante, un rugir de viento y la ingravidez que le levanta del asiento.

Él suelta el volante y mira hacia ella. Se ha convertido en una gema que refleja una imagen en cada faceta y él la hace girar, fascinado. Dos manos sobre un tomo del Decamerón. Miradas cruzándose. Un teléfono escrito en un papel. Él sobre el césped. Ella empapándolo con una manguera amarilla. Su risa. Un cachorro de cocker con un lazo rojo. Dos reproches amargos. Sus uñas pintadas de negro. Su sonrisa. Vaqueros y calcetines. Un iris verde líquido. Ella saltando sobre aquella hoguera en la playa. Una discusión a las puertas de un teatro. Su sonrisa. El vello rojizo de su nuca. El hueco de su clavícula. Su sonrisa. Sus pecas. Esa sonrisa.

Verde profundo, dorado dulce, eucalipto rugoso, azafrán, sangre, cobre, lengua, carne, ceniza, humo. Dios.

El coche se desploma, y el aire ruge mientras se abre para dejarle paso. La realidad ha adquirido un sosiego desconocido y se entretiene en cada detalle. El coche sigue cayendo, cada vez más despacio, hasta que se detiene en el aire. Las motas de polvo se han quedado inmóviles en un fotograma congelado para siempre. No somos inmortales, escucha. Aún no, piensa. Y aunque ella está gritando, él vuelve a ver esa sonrisa.

Su sonrisa.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.