Interrogación

2003-01-01 / Joaquín Bernal / 2.100 palabras

A Laura le gusta que la quieran, el olor de la coronilla de los bebés, que le pidan hacer recados, dibujar con sólo tres colores, que le hagan caricias en la mejilla, los polos de menta, la voz de su tía Victoria, los canelones que hace su madre y escuchar la radio a escondidas en la cama, de madrugada. Siempre le da la risa cuando le pasan la mano por la cara, porque siente una vibración por dentro que le llena el pecho.

Laura se aparta un rizo de la frente y arruga el ceño mientras doña Asunción rebusca en su monedero y murmura por lo bajo algunas palabras a medio conformar. Laura siempre disfruta con el sonido que hacen las monedas al chocar unas con otras. La mujer, por fin, saca dos de cincuenta céntimos y otra de un euro.

—Toma. Creo que llevas de sobra. Con lo que quede, te compras algo, corazón.

—No, no, doña Asunción. Que las vueltas son las vueltas —contesta ella, muy seria.

—Que sí. Una palmera o una cuña de chocolate, o lo que quieras.

Laura niega con la cabeza, poniendo cara de adulto convencido. La mujer sonríe y por un instante las patas de gallo se le marcan como cicatrices, como si estuvieran ahí para entrecomillar sus ojos oscuros.

—Como tú quieras —dice—. Dos barras y una chapata, que no se te olvide.

—Claro que no, descuide.

La mujer cierra el monedero y vuelve a levantar la vista, como dudando.

—¿Seguro que no te importa?

—Que nooo —dice Laura, poniendo los ojos en blanco y sacudiendo la cabeza—. Si ahora mismo no tengo nada que hacer. Además, me encanta ir de compras.

Doña Asunción le pasa la mano por la cara y a Laura se le escapa la risa. Se tapa la boca para intentar controlarse.

Echa a andar, calle abajo, con pequeños pasos que parecen saltos de gorrión descuidado. Los árboles de la avenida sueltan estos días pelusas pequeñitas que se quedan flotando en el aire, bailando, trenzando trayectorias como al azar, y ella se queda parada unos segundos mirando una de esas pelusas subir agarrada a un jirón de viento. Cada vez más arriba. Y más. Hasta que se queda pegada en el toldo verde de un primero. Ella sonríe y sigue su camino.

—Hasta luego, Lauri.

Laura mira hacia la derecha, de donde parece venir la voz. Hay un hombre sentado dentro del camión de reparto de butano, y ella agita la mano con movimientos rápidos de saludo alegre.

—Adiós, Germán —contesta.

Otro chico que ella no conoce coloca dos bombonas vacías en la parte de atrás del camión, encajándolas en los únicos huecos libres, como el que resuelve un puzle. Y ella sigue andando, dejando atrás el sonido metálico, hueco e inconfundible, de bombona contra bombona.

Empieza a notar como si se le encogiese la cara, la misma tensión que le aparece cada vez que no entiende algo. No arrugues la frente que te pones mohína, le dice su madre. Pero ella no se da cuenta. Y es que no puede entender que las bombonas vayan llenas de gas, que me lo dijo Vicente, piensa, y aún así no floten. Que sigan todas tan ordenadas dentro del camión y no salgan por los aires como si fueran globos, o pelusas, y que estaría chulísimo el cielo lleno de manchas naranja cada vez más pequeñas, se dice. Algunas bombonas se quedarían atrapadas en los toldos de los balcones, y la gente no tendría más que sacar la mano por el ventanal y tirar de ellas suavemente para meterlas en casa. Luego le echarían el dinero a Germán hasta la calle y todos tan contentos. Sobre todo Germán, que no tendría esa cara de dolor que se le pone cada vez que se coloca una bombona sobre el hombro. Laura se pasa la mano por la frente y la tirantez desaparece. Bueno, y qué más da, si sirven para lo que sirven.

Hace meses, Vicente le enseñó a encender el calentador, que eres toda una mujer y sé de sobra que tendrás cuidado. Recuerda cómo acercaron la cerilla encendida los dos, con las manos juntas, hasta esa boca negra, abierta en la chapa blanca y brillante, y cómo la llamita azul se encendió con un flop que a ella le asustó un poco. La ducha de aquella tarde tuvo algo de especial, porque el agua estaba tan caliente como de costumbre pero Laura sabía que había sido la cerilla que ella misma había acercado la que, al final, hacía que tuviese que abrir un poco el grifo del agua fría. A ella ese encadenarse de las cosas que haces y las cosas que después te pasan siempre le ha maravillado.

A Laura le gusta escribir en el espejo empañado al salir de la ducha. Poner su nombre con el índice, dibujar debajo un corazón, que cada vez me sale mejor, piensa, y debajo de él una interrogación. Le gusta ese juego, imaginar que hay un chico por ahí que hace lo mismo en su espejo y que algún día se conocerán, porque el destino es así, que me lo ha dicho Chente, y los dos podrán escribir cosas en el sitio que ahora ocupa la interrogación. Él pondrá «Laura». Y yo pondré su nombre, se dice. Y siente un bullir como de plumas en la tripa que hace que se le escape una risita.

Pero que no se llame Vicente. El novio de su madre se llama así. A Laura le cae muy bien, porque habla despacio, tranquilo, como con palabras blandas de gomaespuma, porque es como de peluche y muy fuerte a la vez, porque cuando él le habla lo hace contando con que ella le va a entender. Pero no le gusta su nombre, así es que casi siempre le llama Chente, aunque su madre le ponga cara de chupar limones cuando lo hace.

Vicente. Es un nombre demasiado amarillo, piensa ella. Nombre como de hortelano serio que te echa la bronca porque te has salido de la linde y le has pisado el primer surco de cebollas. No, mejor que se llame de otra forma.

Le suda la mano en la que lleva las monedas, así que se las cambia a la otra. Casi sin darse cuenta el euro se le escapa entre los dedos. Da unos cuantos botes sobre las losas de la acera y echa a rodar muy decidido. Ella se queda allí, mirando, sin tiempo de hacer nada antes de que la moneda llegue hasta el bordillo, se arroje sin pensar a ese precipicio en miniatura y desaparezca en una alcantarilla antes de hacer un clinc que suena a burla. Ahora sí que la he liado, se dice, que nunca estoy en lo que tengo que estar. Se acerca hasta la alcantarilla y se agacha, intentando ver algo entre las barras metálicas de la tapa. El euro está en el fondo, brillando como a lo suyo. Laura intenta meter los dedos entre dos de las barras, pero la mano sólo le cabe hasta el punto en que el pulgar roza la misma tapa. Imposible, Laura, no hay manera de cogerlo, piensa, y se sienta en el bordillo con la sensación de que la moneda se está riendo de ella desde ahí abajo. Deja caer los brazos entre las piernas y mira hacia arriba. Más pelusas.

—¿Qué te ha pasado?

Laura gira la cabeza y se encuentra con la mirada de un chico que permanece de pie a su lado. Lleva una camiseta verde oscuro, con el dibujo de Garfield en el pecho.

—Se me ha caído un euro ahí —contesta ella, señalando con desgana.

—Pues sácalo, ¿no? —dice él, sonriendo.

—No puedo. No me cabe la mano.

—Anda, quita.

Ella se aparta un par de palmos. El chico agarra la tapa de la alcantarilla por las barras de los extremos, flexiona las rodillas y da un tirón silencioso. La tapa cede sin más esfuerzo, y él la deja a un lado, apoyada en el bordillo. Se pone de rodillas, estira el brazo dentro del hueco y saca el euro, que levanta con gesto de triunfo todo lo que le da de sí el brazo.

—¡Lo pillé!

Laura se echa a reír. No puede creer que haya hecho eso, nunca hubiese pensado que las alcantarillas se pudieran abrir. El chico le da la moneda, vuelve a agarrar la tapa y la coloca con cuidado en su sitio. Se seca un inexistente sudor en la frente con el antebrazo, resopla, y se sienta en el bordillo, al lado de ella. Laura lo mira, entornando los ojos como si quisiera verlo por dentro de un vistazo.

—Gracias.

—No es nada —dice él—. ¿Cómo te llamas?

—Laura —contesta, y se retira un rizo de la cara antes de continuar—. ¿Y tú?

—Vicente.

A ella se le escapa una carcajada. Se tapa la boca con las dos manos, sin dejar de mirarlo. Es guapo, piensa. Dos ojos enormes que parecen mirar desde otro sitio, como si él, o incluso Garfield, estuviesen muy lejos de allí en ese mismo momento. Laura se coloca el pelo detrás de la oreja.

—¿Eres hortelano?

—No —contesta él sin pensárselo, como si esa conversación fuese algo ya ensayado—. Bueno, no lo sé. ¿Qué es hortelano?

—Que si trabajas en una huerta.

—¡Ah! No, no. Vivo con mis padres.

Laura se muerde el labio por dentro y gira la cabeza hacia él antes de seguir hablando.

—¿Sabes qué? Creo que me encanta el amarillo.

Se va a reír de mí, por tonta, piensa, pero él mira de reojo a un lado y a otro, y luego la mira a ella con la cara del que tiene un secreto y está a punto de compartirlo.

—Laura. La-u-ra… Y a mí el naranja, ahora que lo pienso.

Los dos se echan a reír. Laura se queda un momento quieta, como esperando que él diga algo más, pero Vicente está con la boca abierta, como si las palabras estuvieran flotando delante de él y no supiera decidirse por cuál utilizar. Laura se levanta y se sacude los pantalones. El tose flojito y se pone también de pie.

—Acabo de mudarme. Vivo en esa calle, enfrente de la farmacia —dice, por fin—. ¿Nos vemos luego y así me enseñas el barrio?

—Claro —contesta ella casi sin pensar.

Vicente hace un movimiento con las cejas y sonríe otra vez. Sus ojos vuelven a tener visión de rayos equis, piensa ella. Y echa a andar con las monedas bien agarradas en la mano derecha. De repente se da la vuelta y grita.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiséis —responde Vicente, levantando también la voz.

Laura aprieta el puño sobre las monedas de camino a la panadería, respirando más hondo que de costumbre, como si alguien le hubiese dado margen extra y no tuviese que hacerse sitio a codazos para entender las cosas. Hay poco que entender, se dice.

Al cabo de un rato, pulsa el timbre con el índice mientras sujeta el pan contra el pecho.

—Dos barras y una chapata, doña Asunción —dice Laura, acercándole la bolsa a la mujer.

—Muchas gracias. Eres un sol.

—Y aquí tiene usted las vueltas.

—Ay, lo que vales —dice, y le pasa una vez más la mano por la cara—. Estás hecha una mocita.

—Mocita, no, doña Asunción. Una mujer. Que tengo veintisiete —dice ella, con una sonrisa que no le cabe en la cara. Suspira antes de hablar.

—Doña Asunción…

—Dime, hija.

—He conocido… —dice ella, pero las palabras se le atrancan en la garganta. No ve motivo para contarle nada, pero necesita hacerlo o saldrá volando como un globo lleno de gas. Como una bombona de butano hasta quedar atrapada en el toldo de un balcón.

—He conocido…

—¿A quién has conocido?

—A mi pregunta —dice.

—¿A quién?

Laura toma la mano de doña Asunción y le dibuja en la palma una interrogación con el índice.

—No sé lo que me dices, hija —dice doña Asunción mientras levanta las cejas. La coge por la barbilla y le gira la cara despacio hasta mirarla de frente—. Pero te brillan los ojos.

Ojos de rayos equis, piensa Laura, que se siente como una pelusa que sube, y sube, que deja atrás los toldos del primero y del segundo y que se agarra fuerte para comprobar lo alto que puede llegar.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.