La avutarda

2003-01-01 / Joaquín Bernal / 1.000 palabras

Yolanda tiene la respiración agitada y las manos apretadas contra el respaldo del banco. A su lado, Tadeo espera en cuclillas, con las cejas levantadas y la cara del que sabe tener la razón y acaba de demostrarlo. Escondidos los dos, observan a un pájaro grande, del tamaño de un pavo, que camina indeciso y en círculos a unos quinientos metros de ellos.

—Ya te dije que viene todas las tardes —dice él, y se acerca hasta poner la barbilla sobre la madera.

Yolanda mira al pájaro, maravillada, a punto de echarse a reír. Se tapa la boca con las manos y un resoplido se le escapa entre los dedos. Tadeo le hace un gesto.

—Vamos.

Ella se pone seria, sacude la cabeza y le contesta en un susurro.

—No. Se va a asustar. Mejor lo vemos desde aquí.

—Que no. Verás como no se asusta —dice él y sonríe mientras se palpa el bolsillo de la camisa.

Yolanda se deja caer como a cámara lenta y se sienta en el suelo, sin importarle que la tierra aún esté húmeda del chaparrón de por la mañana. Tadeo le lanza una mirada de reproche mientras señala al suelo con la palma abierta y hacia arriba.

—Te vas a poner perdida la falda, Yol. Levántate, anda.

—No me digas lo que tengo que hacer. Ya soy mayorcita. Cumplo veintiséis en mayo —dice, y hace una pausa, intentando hacer un cálculo antes de continuar. Se da por vencida. —¿Cuántos meses quedan?

—No sé. Tres. O cinco. No sé —dice él.

Mete dos dedos en el bolsillo y saca una galleta redonda. La pone delante de la cara de ella. Es una maría hojaldrada, de las gruesas. Las que más me gustan, piensa Yolanda.

—¿Se la quieres dar tú? —pregunta Tadeo.

Yolanda sonríe, encantada, y asiente con movimientos breves y rápidos. Coge la galleta y ambos se ponen de pie. Echan a andar con movimientos muy lentos, como si estuviesen cruzando un puente hecho con listones de madera carcomida.

En la distancia, la avutarda gira la cabeza y se queda inmóvil por un segundo, como sopesando la posibilidad de echar a volar. Pero no lo hace. Se queda allí, observando cómo los dos se le acercan. Yolanda lleva el brazo extendido, con la galleta en la punta de los dedos. Habla entre dientes, con la boca torcida de medio lado y sin dejar de sonreír.

—Tadeo, se va a ir. Se va a ir, se va a ir.

—No, no. Ya verás. Tú sigue —dice él con la cabeza inclinada hacia el pecho, como si le hablase al cuello de su camisa.

La avutarda gira el cuerpo y se les queda mirando de frente, como esperando averiguar qué se proponen. Abre unas alas inmensas y las bate un par de veces. Las recoge y a Yolanda se le escapa una risita. Se adelanta unos pasos y llega a la altura del pájaro. Al momento, Tadeo se detiene a su lado. Ella acerca la mano, con la galleta, muy despacio.

—Hola, bonito. Hola.

—Bonita, Yolanda. Es una avutarda. Es bonita.

—Hola, bonita. Hola. No te vamos a hacer nada —dice con el mismo tono de voz con que se habla a un crío.

La avutarda da un par de pasos cortos. Se detiene y remueve un poco las alas. Da otro paso. No parece asustada, sólo curiosa. Alarga el cuello hasta poner su cabeza a un par de centímetros de la galleta, pero aún no aparta la mirada de Yolanda. Tiene los ojos pequeños y un poco bizcos, como Tadeo.

—Eres muy guapa, ¿lo sabes?

Tadeo pone los ojos en blanco durante unos segundos y sacude la cabeza. Le hace un gesto con la mano.

—Dásela, Yol. Dale un trocito.

Yolanda arranca un pedazo de hojaldrada con la punta de los dedos y la acerca al pico del pájaro. La avutarda aparta la cabeza, como un niño con una rabieta.

—Toma, toma. Está muy buena.

Antes de que pueda reaccionar, la avutarda le arrebata la galleta de la otra mano con un movimiento rápido. Despliega las alas y empieza a batirlas. Yolanda se sobresalta y acaba sentada en el suelo otra vez. Tadeo da un par de pasos hacia atrás, con las manos en alto, intentando protegerse. El animal encoge las patas, da un pequeño salto y echa a volar. Durante un momento, los dos se quedan inmóviles, viendo al pájaro alejarse.

Se miran y se echan a reír a carcajadas. Ella se frota la cara con las manos mientras siguen las risas, como intentando quitarse el susto de encima.

Yolanda mira el trozo de galleta que aún tiene entre el pulgar y el índice. Se lo echa a la boca y lo mastica un par de veces antes de colocar la pasta resultante entre la encía y el labio superior. Le gusta pasar luego la lengua, para ir recogiendo el sabor dulce poco a poco.

—Sí que le gustan, sí —dice Tadeo mientras se rasca la frente.

—Claro. ¿Y a quién no?

Suspira y se incorpora sin ningún esfuerzo mientras Tadeo recoge del suelo una pluma de color dorado. Hace girar la pluma con los dedos y Yolanda lo observa, con la boca abierta transformándose en una sonrisa. Se sacude la tierra de la falda.

—¿Vendremos mañana? —dice y se sube un poco la goma de la coleta.

—Claro.

—Puedo traer una napolitana. Seguro que le gustan las napolitanas.

—Le gustan más las redondas. Ya lo has visto.

Ella no contesta. Está segura de que le gustarán las napolitanas. A ella le vuelve loca ese olorcito a canela. Pero se dice que no importa, que le da un poco igual.

—Oye, Tadeo.

—¿Qué?

—¿Cuántos meses quedan para tu cumpleaños?

—No sé. Cuatro, creo. No sé.

Con un gesto brusco, como si se le acabase de ocurrir, él extiende el brazo para ofrecerle la pluma. Yolanda la coge, pasa el brazo por encima de los hombros de él y los dos echan a andar hacia la salida del parque.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.