La última vez

2003-05-10 / Joaquín Bernal / 400 palabras

Para mí, todo tiene su sabor. Cada ciudad, cada momento, incluso cada persona. Y hablo del verdadero sabor que puedes sentir cómo te llena la boca y te roza el paladar.

Gloucester siempre me sabe a sal en la lengua, de forma tan intensa que me paso varios días masticando hojas de perejil cada vez que vuelvo al pueblo. Los chillidos de las gaviotas me saben a gambas que han estado dos minutos de más sobre la plancha caliente. El puerto sabe a tabaco de picadura nada más prenderlo. Los abrazos de Munnie saben a eucalipto con un poquito de limón. Las risas de Cline saben a sandía helada. Los telegramas a goma quemada, los frenazos a regaliz, los cumpleaños a sacarina sobre la lengua, un brazo dormido a algodón dulce, la mirada ladeada de Teent a pollo con mucho curry, mis paseos nocturnos a bourbon añejo y caliente.

Jeem me sabía a moras.

Cada despedida suya era un chorrito de vinagre sobre ellas, y poco a poco empecé a odiar el vinagre, pues siempre me anunciaba un sufrimiento ansioso, sordo y contundente, hasta su vuelta.

La última vez, abrazada a él en el puerto, con los gritos de fondo de los estibadores y su macuto verde a nuestros pies, las moras me supieron más intensas, más dulces que nunca. Quizá demasiado maduras, como pasadas, con el vinagre sobre ellas.

Miré sus ojos grises y alguien gritó el último aviso a nuestras espaldas. Él, más pálido que de costumbre, me besó en los labios. El sabor a moras dejó paso a una extraña combinación que me aturdió, como un puñetazo en plena cara. Jeem me sabía a algas, a pescado blando y pasado, a algo verde e indefinible, oscuro y turbio, a crisantemos, a llave oxidada, a cera derretida.

Sentí una náusea breve y al instante la boca se me vació por completo dejándome sin aliento. Él cogió su macuto y subió al barco. Yo, desde el muelle, le saludé con una mano tan pesada que no parecía mía, sin derramar aún ni una sola lágrima.

Un regusto a tabaco recién encendido me inundó por completo. En ese momento supe que estaba sola. Tendría que acostumbrarme a vivir sin el sabor de las moras con vinagre.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.