Leche templada

2004-01-01 / Joaquín Bernal / 1.100 palabras

A Gregorio le gusta el café muy caliente, leer el periódico en dos tiempos, primero sólo los titulares y luego las noticias completas, y también los domingos de sol y bocadillo en el pinar. Le gustan los besos de su mujer nada más despertar, con ese sonido como de ventosa hueca que parece remachar un cariño liso y tibio, ese amor en zapatillas que vienen respirando desde hace casi veinte años.

Gregorio tiene la costumbre, por las mañanas, de salir de casa media hora antes de lo que sería necesario, para poder así dar un buen rodeo camino de la oficina. Se conoce el recorrido a la perfección y suele dejar que sus pensamientos se entremezclen unos con otros, sin prisa, mientras camina, permitiendo que sean sus piernas las que le lleven sin más en un movimiento rítmico y casi hipnótico que ya tiene mucho de acto reflejo. Es el café con leche el que me pone en marcha y me lleva de las orejas hasta el trabajo, suele decir.

Cada mañana a eso de las siete, cuando él está a punto de salir de casa, su mujer se incorpora un poco en la cama y le desea un buen día con voz soñolienta mientras mueve las pestañas en un aleteo, gesto cómplice que a él le alegra de dentro a fuera con el peso de toda menudencia importante.

Conoció a Ana Belén en el grupo de teatro del instituto, después de que él se apuntara por ver qué era aquello. Ella hacía de Paula, el papel de protagonista en Tres sombreros de copa. Actriz y personaje eran una misma chica tierna, de ojos grandes, que cada vez que hablaba parecía pedir un abrazo sin llegar a pedirlo. Hay que ver cómo clavaba la actuación, piensa Gregorio. Él hacía el de Dionisio, un pobre hombre que iba buscando un camino que no fuese demasiado duro hasta no sabía muy bien dónde. Igual que él mismo en aquellos momentos. Resultó que las miradas en los ensayos eran más intensas de lo que les pedía el director y el beso el día del estreno tuvo más de Ana Belén y Gregorio que de Paula y Dionisio. Desde entonces, Gregorio vive con la sensación de que la parte más importante de sí mismo vive, como por accidente, en otro cuerpo.

Ha pasado los últimos meses preparando minuciosamente su vigésimo aniversario de casados. Lo tiene todo planeado. Una cena en el restaurante de Paquito, en el rincón tranquilo del fondo, con una botella de ese vino blanco que tanto le gusta a Ana Belén. Un paseo de vuelta a casa por la avenida, aprovechando la falta de ruidos y de prisas que trae la noche al barrio. Respirar hondo y, a la altura del estanco nuevo, aprovechar la luz de la farola para una parada en seco, toser despacio para aclararse la garganta y echar la mano al bolsillo. Duda si debe agacharse hasta tocar el suelo con la rodilla, pues le parece un gesto demasiado usado, como de segunda mano, pero tanto con la rodilla en tierra como sin ella, le dirá las palabras que lleva acariciando durante semanas y después le entregará la cajita roja de la joyería que contiene el cordón de oro, la misma que ha estado guardando en el segundo cajón en la oficina por miedo a que ella la descubra en casa.

Es un cordón idéntico al que ella perdió hace tres años mientras se bañaban en la playa de Gandía. Estuvo casi una semana con la cara triste, con los suspiros asomándole entre los labios, porque aquél cordón había sido el regalo de su madre al cumplir los dieciocho, le había contado ella. Gregorio intentó recordar cómo era sin demasiado éxito. Los hombres no nos fijamos en esas cosas, se decía como pasándose la mano por la conciencia. Le había costado convencer a su cuñada Violeta para que le ayudase con aquello. Después de varios días de llamadas de teléfono con la petición de que lo hiciese por su hermana y no por él, que quiero que sea un buen detalle y si no fuese imprescindible no te molestaría con estas cosas, Violeta accedió a describirle el cordón perdido con el detalle necesario. Incluso, para la sorpresa de Gregorio, se ofreció a ir con él a unas cuantas joyerías de la capital donde era probable encontrarlo. A esta mujer se le ha ablandado el corazón, piensa, porque mira que ha sido sieso durante años, pero casi mejor así.

Y ha llegado el día del aniversario y Gregorio lo ha pasado nervioso, con un hormigueo adolescente en los riñones y unos aleteos como de mariposas o pestañas o palomas diminutas en la boca del estómago. Ha conseguido terminar en el trabajo un poco antes de lo habitual y ha vuelto a casa por el camino más corto, obviando un rodeo que puede esperar a los días que seguirán llegando sin prisa. Siempre lo hacen.

Se ha encontrado a Ana Belén tumbada en el sofá, tapada con la manta grande, la de cuadros. Tenía los ojos llorosos y la nariz roja e hinchada, y la voz de alguien que habla a través de una toalla. En un primer momento él se ha asustado un poco. Está llorando, pobre mía, se ha dicho mientras sentía una sacudida de preocupación subirle por la espalda. Pero enseguida se ha fijado en la caja de pañuelos de papel en el suelo, al lado de ella, y en el vaso de agua con una pastilla agitándose en su efervescencia, sobre la mesa baja. Creo que tengo gripe, ha susurrado Ana Belén, estoy malísima. Eso es imposible, ha contestado él. Estás buena y eres mejor, ha añadido con un guiño torpe. Y ella le ha sonreído con un leve gesto de dolor y un sorber de nariz.

Gregorio silba bajito, a solas en la cocina. Saca el vaso de leche del microondas y lo coloca en la bandeja. Toma la cajita roja del bolsillo del pantalón, pasa el pulgar por la tapa, y la deja con cuidado al lado del vaso. La cubre con la servilleta, intentando que aparente un descuido imposible para la situación, y camina hasta el salón con la bandeja en las manos. Llevo andares de camarero novato, o de equilibrista borracho, se dice. La deja sobre la mesa pequeña y retrocede un par de pasos hasta quedarse de pie al lado del mueble bar.

Ella le dedica un aleteo breve y esforzado, toma el vaso y da un sorbo a la leche templada. Aparta la mirada de la televisión por un momento, como distraída, y su mano se acerca hasta la servilleta de forma casi automática. Gregorio sonríe y las mariposas y las pestañas y las minúsculas palomas juegan a perseguirse y le hacen cosquillas en el estómago una vez más.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.