Memoria

2005-01-01 / Joaquín Bernal / 2.800 palabras

Paula estaba convencida de que los objetos se escondían cuando los buscaba con prisas y sólo aparecían cuando estaba buscando otra cosa. En aquel momento buscaba sus llaves. Había mirado en los estantes del mueble bar, en la bandeja de las monedas, incluso en los bolsillos del otro abrigo. Estaba a punto de ponerse a buscar el mando a distancia del video, o las gafas de sol, para ver si así aparecía su llavero, pero no tenía tiempo para experimentos. Había quedado a las nueve y ya eran menos veinte. Si no se daba prisa iba a llegar tarde, y sabía que no la esperarían. Tendría que ir de bar en bar, buscando entre la multitud con ojos de miope que renuncia a las gafas durante el fin de semana.

Su abuelo la miraba en silencio desde la butaca del rincón. Tenía las piernas cubiertas por las faldas de la mesa camilla y jugueteaba a enredarse los bucles del tapete en los dedos temblorosos. Desde el televisor sonaba la voz cansina del locutor que retransmitía un partido de fútbol. El volumen estaba demasiado alto, como siempre que su abuelo se sentaba a ver el fútbol o los toros.

Las llaves tampoco estaban en los cajones del taquillón. Paula resopló y se puso las manos en las caderas.

—Mamá —gritó—. ¿Dónde están mis llaves?

Su madre le contestó desde la cocina, con la voz amortiguada por el ruido del extractor de humos y el silbido de la olla exprés.

—Mira a ver si están en la mesa del teléfono.

Allí estaban, medio escondidas entre la lamparita y las páginas amarillas. A veces parecía que su madre recolocara las cosas durante la noche para después poder presumir de clarividencia.

—¿Están ahí? —preguntó su madre.

—Claro.

Se guardó las llaves en el bolsillo del abrigo y palpó a través de la tela. Se aseguró de que junto a ellas llevaba aquel paquete pequeño. Lo había envuelto en papel de regalo verde oscuro. Aquella era la noche. Sintió los nervios acariciarle la nuca como si alguien le estuviese dibujando espirales con la uña.

Se miró por última vez en el espejo del salón. Su abuelo tosió flojito.

—Vas muy guapa, Merche.

—Soy Paula, abuelo —ella hablaba con desgana, sin mirarlo. Se arregló un poco el flequillo y ladeó la cabeza para observar el efecto.

—Claro. Paula —dijo él—. Merche es tu madre.

—Eso.

—Paula. Eres Paula —repitió él, pensativo—. Pero vas muy guapa.

Ella se inclinó hasta asomarse al pasillo que conducía a la cocina.

—Mamá, me voy —gritó de nuevo.

—No vengas muy tarde. ¿Llevas el móvil?

—Sí, mamá, sí.

Su abuelo dejó salir una de sus toses de palabras masticadas. Se limpió la boca con el pañuelo.

—Te pareces mucho a la abuela Virtudes —dijo con un hilo de voz—. Tienes ese lunar cerca de las pestañas, como una lágrima, igual que ella.

—Ya, abuelo. Siempre me dices lo mismo.

—El tío Alejandro también lo tenía, pero se murió.

—Lo sé, abuelo.

Él se quedó pensativo durante un momento.

—Tu abuela y yo nos conocimos en un baile. Ella llevaba…

—Ya, abuelo. Un vestido de tergal marrón feísimo. Y el pelo recogido en una coleta. Tú tropezaste delante de ella y la abuela se rió de ti. Y no te hizo ni caso hasta que pasaron dos meses.

—Todas sus amigas se burlaron de mí y yo me fui corriendo a mi casa.

—Ya lo sé, abuelo. Me lo has contado mil veces.

—¿Ya te lo he…? Vaya.

—Me tengo que ir.

—Te pareces mucho a tu abuela. Mucho —dijo él para sí. Volvió a enredarse los hilos del tapete en los dedos.

Paula salió a la calle y cerró la puerta con suavidad. Se miró el reloj. Cuando llegara al Chocolate seguro que ya se habrían ido. Volvió a palparse el bolsillo y el tacto de la caja le hizo acelerar el paso.

De camino al centro se encontró con aquel Fiat granate una vez más. Llevaba un par de semanas viéndolo a menudo, siempre aparcado en alguna de las calles por las que ella solía pasar. Intentó distinguir si había alguien dentro y vio de nuevo aquel hombre con la cabeza rapada. Llevaba gafas de sol a pesar de que hacía horas que había oscurecido. Paula metió la mano en el bolsillo, cerró los dedos alrededor del regalo y apretó el paso.

Aquella noche, Paula esperó el momento oportuno para hablar con Dani. Solía planear cualquier cosa durante días, hasta la náusea, hasta que perdía la perspectiva y le parecía estar intentando agarrar un poco de agua entre los dedos. El primer paso de su plan era conseguir quedarse a solas con él.

La ocasión se presentó de camino al Strobo, al pasar al lado del bar de Martín. Los dos se quedaron un poco rezagados y caminaban juntos sin hablar, mirándose los pies. En la calle olía a fritura de pescado y a gambas. Paula se detuvo, sacó el regalo del bolsillo y se lo ofreció a Dani.

—Es para que sepas que te quiero.

El estómago le dio un vuelco al terminar la frase. Las palabras le habían salido como untadas de mantequilla y no había podido detenerlas.

Dani ni siquiera abrió el regalo. Respiró hondo y le dijo que él no la quería de ese modo. Y en aquel momento Paula supo que todo iba mal. Esa no era la frase. No, no lo era. Era justo en ese punto cuando él debía entenderlo todo. Era entonces cuando él le confesaba que sentía lo mismo y los dos se besaban en un portal. En el de las rejas altas pintadas de negro mate a la altura de la zapatería.

Al final de la calle alguien arrojaba botellas dentro de un contenedor de vidrio y Paula sintió un escalofrío al escuchar los cristales rotos.

—Dani, como ahora digas algo de no estropear nuestra amistad te parto las piernas —había intentado que sonase a broma, pero no estaba segura de haberlo conseguido.

Él sacudía la cabeza.

—Carla ya me había avisado de esto.

—Espera a que la pille —Paula apretó los puños.

—No la tomes con ella. Ha hecho bien. Nadie tiene la culpa de que yo te guste —se encogió de hombros—. Ni de que tú le gustes a ella.

Paula sintió que la camisa se le pegaba a la espalda como si estuviese chorreando agua helada. Lo miraba sin saber qué decir. Él le devolvió el pequeño paquete.

—Dáselo a Carla.

Paula miró el regalo por un instante. Aflojó los dedos y lo dejó caer. La caja dio un par de tumbos y se quedó de pie sobre el asfalto de una forma poco probable.

Echó a correr calle abajo. Las lágrimas le escocían en los ojos y lo único que veía era un montón de luces borrosas. Por un instante tuvo el convencimiento absurdo de que acabaría abriéndose la cabeza contra una farola por correr a ciegas. Se imaginó sus sesos sobre la acera y se detuvo para doblarse y vomitar en una alcantarilla.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y respiró hondo hasta tranquilizarse. No sabía muy bien dónde ir, así que echó a andar despacio por la avenida. Tragó saliva y el sabor agrio del vómito le picó al final de la garganta. Se sentó en los escalones de mármol de un portal y apoyó la cabeza en las manos. Se estaba quedando helada. Recordó la canción que su abuelo cantaba de vez en cuando mientras se afeitaba: dime que me quieres, dímelo por Dios, aunque no lo sientas, aunque sea mentira, pero dímelo. Su abuela adoraba aquella canción y se la había cantado a su abuelo al oído el día en que se conocieron. Paula sacudió la cabeza para sacarse de dentro la voz cascada y temblona de su abuelo, pero no lo consiguió.

—¿Te encuentras bien?

Paula alzó la mirada y se encontró con el hombre del Fiat granate. Llevaba puestas aquellas gafas de sol, como de costumbre. Paula sintió la sacudida del miedo a la altura de los riñones. Su primera reacción fue salir corriendo, pero él la agarró del brazo.

—Tranquila, Paula. No quiero hacerte nada.

—Suélteme —ella forcejeaba.

—Sólo quería saber si estabas bien —dijo él—. Y hablar contigo.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Él se quitó las gafas y Paula lo miró a los ojos. Tenía un lunar en forma de lágrima justo debajo de las pestañas del ojo derecho.

—Soy el tío Alejandro —aflojó un poco el agarrón—. ¿Te acuerdas de mí?

—Mi tío Alejandro está muerto.

—Ya ves que no —extendió la mano libre delante de sí, examinándola—. ¿Tengo pinta de estar muerto?

Paula negó con la cabeza. Había algo en aquella cara que le aleteaba dentro del pecho, un reconocimiento antiguo, una seguridad extraña de encontrarse frente a un hombre bueno. Alejandro la soltó y se metió la mano en el bolsillo.

—No sé lo que ha pasado antes —dijo él—, pero creo que esto es tuyo.

Sacó el paquete que Paula había dejado caer hacía unos minutos y se lo ofreció. Ella lo cogió y lo sujetó contra el pecho.

—He discutido con un amigo.

Él se pasó las yemas de los dedos por el cráneo.

—Me alegro de que sólo fuera eso. De lejos, más que una discusión parecía una calabaza —se golpeó con los nudillos en la cabeza—. Una calabaza enorme.

Paula bajó la mirada.

—No te preocupes —continuó él—. Yo he recibido unas cuantas y sé que no matan. Esas cosas escuecen del carajo, pero no son graves.

Ella volvió a mirarlo y no pudo sujetar la sonrisa. El se la devolvió. Había algo muy familiar en aquella manera de entornar los ojos.

—Venga, te invito a un cocacola —dijo Alejandro—. ¿Hace?

—Mejor un vodka con limón —contestó ella sin dejar de sonreír, y se agarró a la mano que él le tendía para ayudarla a incorporarse.

Él sugirió cambiar la copa por un café y Paula estuvo de acuerdo. Fueron al Charleroi, un bar tranquilo alejado de la zona de marcha.

Estuvieron hablando casi hora y media. Alejandro le explicó quién era y dónde había estado los últimos quince años. Le contó la discusión que había tenido con su propia madre, la abuela Virtudes. El tío Alejandro le explicó que la abuela le había echado de casa al enterarse de que a él le gustaban los hombres. El abuelo se había ido de casa con él, pero al final Alejandro había acabado por convencerlo para que volviera. No tenía mucho sentido que los dos estuviesen por ahí dando tumbos. Al fin y al cabo, él había sido el elegido para convertirse en la oveja negra. Después de aquello, se había pasado los últimos años intentando en vano sacudirse de encima la sensación de culpa.

Llevaba diez días en la ciudad. Nada más llegar había conseguido averiguar dónde vivían Paula, su madre y su abuelo. Había alquilado un coche y se había pasado horas en él, aparcado en su misma calle, intentando decidirse a acercarse hasta el portal y llamar al portero automático. No había conseguido juntar el valor necesario para hacerlo. Aquella noche se marchaba de nuevo. Ya tenía el billete de tren. Cuando Paula le preguntó el destino del viaje, él sólo contestó que estaba lo suficientemente lejos.

—Pensaba que te habías muerto —dijo Paula.

—Es lo que la familia le contó a todo el mundo.

—¿Mi madre lo sabe?

Alejandro asintió.

—Hay algo que no puedo entender —dijo ella.

—¿El qué?

—Que la abuela te echara de casa después de tanto tiempo en el hospital.

—¿Qué hospital?

—Estuviste ingresado casi un año y medio.

Él negó con la cabeza.

—Sólo he estado una vez, cuando tenía ocho años.

—¿Y cómo es posible que yo te recuerde en aquella cama?

—Recuerdas lo que te han contado.

—Eso es imposible. Recuerdo perfectamente que la abuela me llevaba a verte. Yo me sentaba en tu cama y me contabas cuentos de miedo, tumbado, hablando bajito —Paula miró por el ventanal de la cafetería—. Aún me acuerdo. La bruja y su estofado de niños. Tuve pesadillas durante años con aquel cuento.

Alejandro sacudió la cabeza.

—Yo te los contaba, Paula, pero no en un hospital. No hubo ningún hospital. Ni siquiera hubo enfermedad, y mucho menos muerte. Te dijeron lo que debías recordar. Y ese fue el cuento más grande de todos.

Hubo un silencio incómodo que duró varios minutos. Alejandro respiró hondo y recuperó la sonrisa.

—¿Cómo está el abuelo?

—Bien —contestó ella—. Muy pesadito, pero bien.

—Fue el único que se puso de mi lado. Seguro que después de aquello ni tu madre ni la abuela le hablaron durante meses —dijo él—. Lo echo mucho de menos. ¿Se lo dirás?

—Claro, pero no creo que se entere de qué le hablo. Tiene Alzheimer.

—Tú díselo de todos modos.

Paula volvió a recordar la voz de su abuelo, cantando delante del espejo: dime que me quieres, dímelo por Dios, aunque no lo sientas, aunque sea mentira. No pudo evitar acordarse de la risa de Dani, su ceja levantada, sus gafas redondas.

—Que no se entere tu madre —dijo Alejandro—. Prefiero que no sepa que tú y yo hemos hablado.

—No te preocupes por eso.

—¿Cómo está ella?

—Está siempre triste. No me preguntes por qué.

—Tu madre siempre ha sido una mujer triste.

Hubo otro silencio demasiado largo y demasiado frío, de modo que decidieron irse. Ya en la puerta, Paula buscó en el bolsillo del abrigo. Sacó el paquete envuelto en papel de regalo.

—Toma. Quédatelo.

Alejandro sonrió.

—¿Qué es? —agitó la caja intentando adivinar.

—Qué más da. Es para que sepas que te quiero.

Él miraba el regalo y la miraba a ella, alternativamente.

—Ni se te ocurra rechazarlo —añadió Paula—. Una calabaza por noche es más que suficiente —se golpeó la cabeza con los nudillos y se echó a reír.

Él rió también. Inclinó la cabeza y se guardó el regalo.

Intercambiaron números de teléfono que ambos sabían que jamás marcarían, se dieron un abrazo temeroso y se despidieron. Alejandro echó andar en dirección a la estación y ella sintió un temblor extraño en el cuerpo cuando lo vio alejarse.

Cuando llegó a casa su madre veía la tele en el cuarto de estar y su abuelo dormía en el sillón con el mentón apoyado en el pecho y la baba caída.

—Vienes temprano —dijo su madre.

—Sí —la palabra le raspó la garganta al salir.

—Yo me voy a acostar. Ayuda a tu abuelo cuando quiera irse a la cama.

—Claro, mamá. No te preocupes.

Su madre salió del salón y ella se sentó en el sillón libre al lado de él. Se cubrió las piernas con las faldas de la mesa. Él se despertó y la miró.

—Paula —abrió mucho los ojos—. Eres Paula.

—Sí, abuelo. Soy Paula.

—Eres tan guapa como tu abuela.

—Abuelo.

—¿Qué?

—¿Cómo conociste a la abuela?

Él la miró muy fijo durante unos segundos que se estiraron como chicle caliente. Sus ojos opacos parecían buscar la salida de un laberinto, como dos ratones blancos ignorantes de que en realidad no había salida posible. Al final pareció darse por vencido y se encogió de hombros antes de hablar.

—No lo sé, hija. Supongo que lo normal. Por algún conocido o así.

—No, abuelo. No fue normal —dijo ella—. Fue en un baile, y la abuela llevaba un mantón de hilo y un moño bajo. Y los labios pintados de rojo cereza. Tú llevabas un traje gris oscuro y un clavel blanco en la solapa. En cuanto te vio supo que ibas a ser su novio y se lo dijo a sus amigas. Todas se pusieron verdes de envidia.

Él asentía lentamente, con la boca abierta.

—La tenías en el bote, abuelo —continuó ella—, aunque al principio no le hiciste ni caso, ¿te acuerdas?

Paula sintió la vibración del móvil en el bolsillo del vaquero. Sacó el teléfono y leyó el nombre en la pantalla. Era Dani. Si llamaba en aquel momento también la llamaría al día siguiente. Pulsó la tecla de cancelar.

—Se acercó hasta donde estabas —dijo Paula— y te preguntó si no la sacabas a bailar. Iba guapísima. Te quedaste prendado de aquel lunar en forma de lágrima que tenía debajo del ojo, como éste. Estuvisteis toda la noche bailando, ¿te acuerdas?

Su abuelo miraba hacia la ventana y sonreía, asintiendo, con la mirada puesta mucho más allá de aquellos cristales, en dirección a la estación.

—Claro que me acuerdo.

—Aquella noche le cantaste una copla al oído.

Paula le cogió la mano y él empezó a canturrear.

—Dime que me quieres, dímelo por Dios, aunque no lo sientas, aunque sea mentira, pero dímelo.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.