Pedazo de pan

2003-01-01 / Joaquín Bernal / 1.100 palabras

A María le gusta el pan. Le gusta ese olor caliente y mullido que desprende al sacarlo del horno, su corteza lisa interrumpida por fracturas que dejan entrever una miga blanquísima, el sonido de las barras al rozarse unas con otras, como si estuvieran dormidas y protestasen entre murmullos. Le gusta preparar la masa, sentirla entre los dedos, voltearla, empujarla, dejarla reposar, verla crecer y luego tostarse. Y, sobre todo, le gusta atender a los clientes en la tahona.

María se levanta bien temprano, a eso de las cuatro, casi siempre con media sonrisa que intenta romper la membrana del sueño y asomarse a su cara. Algunas veces lo que acaba por asomar, haciéndose sitio a codazos, es un gesto de amargura contenida, como si acabase de encontrar un pelo largo entre el puré. Le suele ocurrir después de esas noches en las que sueña que tiene panadería propia, que él no se ha ido, que su vida es exactamente como imaginó desde pequeña. El momento de despertar es como un golpe con la mano abierta en plena cara. Espabila, María, se dice. Hoy como ayer, y no te quejes que no te va tan mal. Entonces recoge uno a uno los pedazos esparcidos sobre las sábanas, se los va colocando encima, cada uno en su sitio, se pone de pie y se quita el camisón sin prisas.

Durante muchos años tuvo miedo al sueño. Era incapaz de dormir y se pasaba horas dando vueltas sobre ese colchón que se queja tanto y que hace ruiditos como de niño caprichoso. Temía dormirse y no volver a despertar nunca. En parte, esa posibilidad la atraía, como una especie de vértigo extraño que la agarrara de las muñecas y tirara de ella por encima de la barandilla. Pero, por otro lado, sentía un pánico hueco y frío al final del paladar cuando intentaba imaginarse qué habría después y, sobre todo, cómo sería el golpe contra el asfalto.

Su padre siempre decía que para muchos la vida es demasiado valiosa como para merecerla. Es echar amapolas a los grajos, decía, y dejaba salir una carcajada. Tienes mucha suerte, María, tienes mucho más de lo que mereces. Y se reía. Váyase al infierno, padre, pensaba ella entonces, porque nunca entendió la comparación pero siempre sentía una maraña de ideas negras y deshilachadas sobre su cabeza, durante días, después de oírla. Él dejaba caer esa frase, tan incomprensible y fría como una lápida, ponía cara de guasa y soltaba aquella risa rasposa de buen aficionado al coñac.

Pero María consiguió superar aquel miedo y ahora duerme bien a poco que se cuide. Mejor no tomo café que no conviene abusar y luego por la noche. La cocacola es cosa de jóvenes que yo me desvelo. A pesar de ello, a menudo sueña con una vida que no tiene y se ve obligada a jugar a los puzles nada más despertar.

Otras veces sueña que está despachando y la baguette que escoge es blanda y pesada, como si fuese carne flácida. Entonces coge otra, asustada. Pero también está blanda. Y prueba con otra. Y con otra más. Descubre que las barras son en realidad brazos muertos, con las manos crispadas y tierra entre las uñas. El cliente se va a dar cuenta, seguro. Y roza cada uno de esos brazos con sus propios dedos, horrorizada, intentando disimular, deseando gritar pero sin atreverse a hacerlo. Entonces se despierta sudando, con la respiración agitada y un nudo a la altura del esternón que le deja como encogida durante toda la mañana. Brazos de Viena, brazos de Viena, eran brazos de Viena, escucha dentro de sí mientras sacude la cabeza, camino del baño.

Todas las mañanas se da una ducha con agua fría que le hace tiritar frente al espejo, mientras se frota con la toalla. Entonces ríe bajito y entre dientes porque aquello le hace sentirse viva. Como cuando Esteban le hacía cosquillas en la nuca, ay, hijo, qué risa más tonta, justo en el nacimiento del pelo, y ella parecía poder oír su propia sangre circulando como un torrente minúsculo.

Entre cliente y cliente saca de debajo del mostrador un cuaderno con papel de cuadros. Y muerde el capuchón del bic naranja mientras piensa cada frase y cada palabra. Algunas veces escribe poemas, pero casi siempre son cartas a Esteban, que luego se quedan en el cuaderno, como encadenadas por la espiral de alambre. Mi amado Esteban espero que estés bien y yo como siempre qué te voy a contar. Nunca las echa al correo. Al principio pensó en enviarlas a su propia casa, pues es el único lugar en el que Esteban sigue viviendo, se dijo. Pero cuando se vio con el sobre sujeto con la punta de los dedos y ya colgando dentro del buzón, se sintió ridícula. No lo echó. Volvió a casa, sacó la hoja de dentro del sobre, la alisó con las manos sobre su regazo y la colocó con mucho cuidado dentro del cuaderno, en la posición que le correspondía según la fecha. Escribirlas era más que suficiente.

A María le encanta escoger el pan con mimo, sabiendo que cuando esa persona esté comiendo disfrutará con la miga esponjosa, con ese crujir que uno oye como por dentro de la cabeza, saboreando un buen pedazo empapado con la salsa de las albóndigas o el caldito de unas lentejas hechas a fuego lento.

A pesar de ello, ha decidido dar algo más con cada pieza de pan. Un poema, eso es. Un papelito enrollado, envuelto en un trozo de bolsa de plástico y escondido dentro de la masa. Y luego, al horno. Un único poema escondido en una de las barras que venderá a lo largo del día, y que alguien descubrirá maravillado al cortar con las manos un pedazo para su hijo.

Está decidida, así que saca el cuaderno, mordisquea el capuchón del bolígrafo, acerca unos centímetros el flexo y empieza a escribir. Son casi las seis y en la calle las cosas empiezan a desperezarse bajo una luz irreal. Se da cuenta de que su caligrafía se está volviendo más redondeada y sonríe.

Soy de miga caliente
y de crujiente corteza.
Si me aprietas entre tus manos
y crujo, como en un quejido,
es para poner ante ti
mi parte más blanda.

María recorta el papel con las manos, aspira el aire caliente que sale del horno y se le escapa una risita. Y es que, padre, también habrá grajos a los que les gusten las amapolas, digo yo.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.