Perro flaco

2006-01-01 / Joaquín Bernal / 3.600 palabras

Martín llevaba un tiempo con una asfixia tibia y pegajosa, como si hubiese metido la cabeza en una bolsa de plástico y hubiese respirado dentro de ella durante semanas. Era el ansia de algo que ya no encontraba en casa, a pesar de haber husmeado en todos los rincones buscando, como quien se ahoga dentro de un coche caído al río, una burbuja de oxígeno, una reserva de aire que le ayudara a seguir viviendo entre las paredes que habían amarilleado con el humo de tantos años y que los reproches y las broncas habían salpicado hasta el cielo raso.

Había estado trabajando desde las dos y media. Se miró el reloj, tecleó una última frase, guardó el documento y esperó con un golpeteo impaciente de dedos sobre el ratón a que el sistema le diera permiso para apagarlo. Se guardó las llaves en el bolsillo. Se puso la chaqueta y tanteó a través de la tela del pantalón para comprobar que las llaves seguían allí.

Salió al descansillo y cerró la puerta con mucho cuidado, porque no soportaba los portazos y los estruendos innecesarios. Era una persona silenciosa. Cecilia no. Ella adoraba las fiestas, la música alta, el alboroto de los cubiertos sobre la loza, el ruido del tráfico. Le encantaban la tarta al whisky, el ambientador floral, las carcajadas escandalosas, los marcos gruesos y dorados, el pimentón picante, los saludos a distancia, las tracas y los petardos, el cotillón, los silbidos, el gong, el Tirol, el gol.

Él prefería el rumor del acuario, la calma y las miradas cómplices. Pero esas miradas se fueron espaciando y al final no le quedaron más que gruñidos por la mañana y discusiones esmeradísimas antes de irse a la cama. Peleas a gritos, por supuesto, porque Cecilia necesitaba la estridencia. Parecía usarla como comprobación de que seguía viva. Hasta dormía a gritos, con frases que se resbalaban y tropezaban en su boca, una cháchara de borracho que zarandeaba las palabras igual que si fueran peleles. Cecilia tenía que hacerlo todo gritando, y eso incluía el llanto.

Martín apretó los dientes intentando alejar aquellos recuerdos rebeldes, pero escuchó mentalmente los sollozos de Cecilia, apagándose poco a poco con un eco podrido, y a continuación la explosión de una de sus risotadas inconfundibles.

Volvió a tantearse el bolsillo. Tenía menos de quince minutos para llegar hasta Burriel y Schwartz, concretamente hasta el despacho de Burriel, que era el abogado rechoncho y de cara colorada que le estaba llevando lo del divorcio. Quince minutos y ni un taxi a la vista. Decidió arriesgarse y caminar, porque un peatón irá más lento, sí, pero tiene más movilidad que un fiesta o un mercedes, se dijo Martín.

A la altura de la panadería de Carmina escuchó un ruido extraño detrás de él. Era el sonido de uñas contra cemento, acompasado, rítmico y cercano. Se giró y vio aquel perro delgaducho y desastrado que lo miraba a los ojos. Se había parado al mismo tiempo que él, como si esperase de Martín la siguiente orden, que soy un perro dócil, míreme usté. Aunque Martín no entendía mucho de perros, aquel tenía cara de cazador, pero la marca de las costillas bajo la piel dejaba claro que últimamente no había tenido mucha suerte en las batidas, o que directamente no había nada que cazar entre tanto coche y tan poco verde, cosa que a Martín le pareció lo más probable. Tenía la piel holgada, como dos tallas más grande de lo necesario, del color desvaído y muerto de los champiñones crudos. Llevaba el rabo bajo y de vez en cuando agachaba la cabeza sin dejar de mirarle. Martín echó un vistazo hacia los lados buscando sin mucho afán al dueño del animal, pero, como se temía, nadie reparó en ellos dos. El animal ni siquiera llevaba collar o chapa de identificación. Permanecía sumiso, atento, sin moverse del sitio, arañando el suelo de vez en cuando.

Aquel perro le resultaba levemente familiar. Esa acera estaba al sol y las baldosas de cemento estaban calientes. Desprendían un olor terroso entre el que flotaban los recuerdos de un chiquillo que durante la siesta juega en un patio conocido. La piedra de granito del rincón del fondo. El perro Pérez dormitando entre las macetas de hortensias. El columpio. Aquella brecha igual que una boca en la cabeza del chino. El tacto de los labios de Rebeca, tan lisos, la noche de la traca. Los desayunos de colacao y pan frito cada sábado. Las salidas para buscar setas. El abuelo pisando el monte, apoyándose en la vara que los nietos tenían prohibida, aprovechando la ausencia de la abuela para fumarse un ducados. Pérez brincándole alrededor. Los ligeros chasquidos de las rodillas de mamá al ir de aquí para allá en la casa. La aspereza en el paladar del dulce de membrillo con pan. El olor del armarito que hacía las veces de botiquín. Aquellas setas. Intentó recordar el nombre, pero tuvo la sensación de que pensaba cada vez más despacio. Martín notó cómo se coagulaba el siguiente segundo hasta que pudo casi tocarlo, y el tiempo dejó de fluir para empezar a manar lentamente, espeso como la sangre saliendo de una herida que apenas doliera. Supo al instante que podría pasarse la vida allí quieto, sin más, raspando de cuando en cuando la acera con las suelas de sus zapatos y mirando los ojos de aquel perro sucio.

Por encima del ruido del tráfico sonó un claxon que le sacudió los hombros. Martín se miró el reloj y comprobó que quedaban once minutos para su cita con Burriel. No llego, pensó, ya no llego. Otro tendría que hacerse cargo del animal, así que echó a andar con una pesadumbre sorda y amortiguada resbalándole por la espalda, recordándose lo complicada que era su vida y felicitándose en secreto por ser hombre y no perro.

Tenía que contarle a Burriel, no se le podía olvidar, que había visto el coche pequeño aparcado cerca de la casa de Cecilia. Tenía que recuperar el ibiza. Al fin y al cabo, era quien lo había usado más a menudo, y, qué narices, que lo había pagado él, religiosamente, rezando cada mes para que le llegara el dinero. Una vida de préstamos personales y aspirinas, analgésicos después de la cena para amortiguar los gritos. Y el agua del acuario temblando con el estruendo de… Uñas sobre cemento. Maldito chucho. El pulgoso seguía detrás.

Martín sabía que tenía pocas opciones. Cualquier otro le habría dado un grito. Cecilia lo habría hecho, desde luego, pero él se limitó a hacerle gestos vivos con el brazo, apartando el enjambre de la mala conciencia. El perro no se movió. Martín decidió que lo más prudente sería ignorarle, de modo que se puso a andar con el propósito de no dedicarle ni un segundo más. A la altura del quiosco de los periódicos, el perro se entretuvo un momento a olisquear una mancha amarilla en el suelo, en el trascacho de un portal. El mejor amigo del hombre, pensó él, y se entusiasma con una meada de borracho.

Al pasar, Martín rozó con el dedo el costado del quiosco. Algunas tardes se acercaba a la nueva casa de Cecilia para dar un paseo por su barrio. Una vez se había armado de valor para preguntarle al quiosquero por el ibiza gris aparcado enfrente, delante del portal de ella. El hombre le dijo que el coche llevaba ahí dos o tres meses, que no lo cogía nadie, nunca. A Martín eso le cuadraba perfectamente. El galerista tenía un audi rojo y un humvee hache dos; un cuatro por cuatro escandaloso que había dejado a Martín con la boca abierta a la puerta de los juzgados hacía unos meses. Seguro que al volante iba aquel mamarracho, pero los cristales tintados le habían impedido verle la cara. Seguro que había ido a recoger a Cecilia para invitarla después a comer a algún restaurante exótico, algún sitio donde sirvieran platos con mucho picante.

En cambio él, para afrontar los gastos del divorcio, había tenido que vender el mini que le regaló su padre cuando cumplió los veinte. Una pieza de coleccionista, como le dijo al comprador, aunque al final sólo sacó de él lo justo para cubrir los gastos de cuatro o cinco meses. Echaba de menos las tardes en el taller, repasando el motor, ajustando los platinos, encerando la carrocería. Se sentía a gusto con las manos sucias. Había heredado la afición de su padre, que le dejó poca cosa más. El recuerdo del olor a grasa y a gasolina le alcanzó como una bofetada.

Lo que estaba claro era que ni Cecilia ni su amigo necesitaban el ibiza. Estaba seguro de que ella usaba el todoterreno, con la música a todo volumen y quemando pastillas de freno en los semáforos. Conduciendo a gritos.

Tenía que contarle todo aquello a Burriel, que no se le olvidara. Incluso podrían hablar con el quiosquero para que firmase una declaración sobre la falta de uso del ibiza, porque seguro que aquel hombre colaboraría si le prometían una buena gratificación. Aunque si Cecilia no usaba el coche, era posible que no tuviera reparos en que se lo quedara él. Seguro que ni se acordaba de que lo tenía aparcado a la puerta. Un coche tan discreto y poca cosa, tan gris oscuro, tan poco ruido. Seguro que a ella le daría igual. Todo sería cuestión de hablarlo como adultos y acordar… Uñas sobre cemento. Perdió el hilo.

Indiferencia, Martín, se dijo, pero no consiguió hacerse mucho caso. Ese perro no está ahí. Ese perro no está. No está. Se detuvo en seco y el perro hizo lo mismo, porque sí estaba. Martín resopló. Se le agotaba la paciencia, pero no sabía qué hacer para darle esquinazo.

Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta sin pensar, con la sensación de estar moviéndose mientras la propia voluntad miraba sólo de reojo. Le había cambiado la tarjeta al teléfono hacía un mes, con el impulso de quien limpia la mesa de migas y ceniza después de una partida de mus. Tecleó con el pulgar el número de Cecilia y se llevó el móvil a la oreja. Sonó el tono de llamada y él echó a andar. Un toque. Uñas sobre cemento. Dos toques. Este chucho es capaz de seguirme hasta lo de Burriel. Tres toques. El altavoz del móvil crujió con la voz de ella.

—¿Dígame?

Martín se tuvo que retirar el teléfono unos centímetros. Nada había cambiado. Se preguntó por qué había llamado pero no supo que contestar, ni a su pregunta ni a la de ella, que seguía gritando.

—¿Sí? ¿Quién llama?

Él tosió despacio antes de contestar. El corazón le latía hacia adentro en dirección a la boca. El móvil se le escurría por el sudor.

—Hola —dijo por fin—. Soy yo.

—¿Y quién eres tú?

—Yo —volvió a toser—, Martín. Te llamaba por…

La llamada se cortó de inmediato. Él se quedó parado un instante, mirando algún punto más allá de la glorieta, con el teléfono pegado a la oreja, tratando de reaccionar.

Cerró los ojos e hizo esfuerzos por encontrar un punto central que le diese algo de equilibrio, pero no había nada inmóvil a lo que agarrarse. Tuvo ganas de darse una bofetada. Tonto, tonto, tonto, que eres tonto, Martín. Completamente idiota. Eso te pasa por no pensar, tonto.

Volvió a marcar. Sonó un tono antes de que Cecilia cancelase la llamada. Él pulsó la combinación de teclas para la rellamada y ella la volvió a cancelar, tan pronto que él no tuvo tiempo de escuchar el zumbido. En su lugar tan sólo sonó un clic extraño, como de uña medio rota que se engancha en la tela de la camisa. Eres tonto, Martín.

Después de aquella estupidez, Cecilia sabía su nuevo número y no volvería a cogerle más llamadas. Cayó en la cuenta de que podría haber usado el truco que le había contado Alejo. Asterisco, treinta y uno, almohadilla, y el número al que uno quería llamar. Lo había recordado perfectamente, pero tarde. Buena memoria, mal uso. La historia de su vida.

El perro se acercó un par de pasos y se sentó a su lado, a medias sobre su pie, como si fuese una mascota entrenada con esmero. Martín sintió el calor del animal a través del cuero del zapato.

Él seguía con el móvil en la mano, mirándolo como si fuese un ratón muerto. Le pasó el dedo por la pantalla y se lo guardó. El perro dejó salir un gemido suave y elástico, discretísimo. Martín se giró hacia él y se mordió el labio inferior. Se miró la hora y, al fin, sonrió.

—¿Sabes lo que te digo? —El perro ladeó la cabeza, escuchándole con atención—. Que le den a Burriel. Y que le den al ibiza. Ya no lo quiero.

Se inclinó y dio unas palmadas en la cabeza del chucho, que entrecerraba los ojos con cada golpecito sin moverse ni un centímetro.

—Tú y yo nos vamos a ir al parque, a respirar un poco. ¿Qué te parece?

El perro se incorporó y agitó la cola por primera vez.

—Pues venga —dijo Martín.

Caminaron unos metros antes de que Martín se parase en seco.

—Necesitas un collar y una correa —dijo—, porque no se pueden llevar los perros sueltos, ¿lo sabías?

El animal, como si intuyera lo que le esperaba, dejó salir un quejido que sonó a juguete de goma sobre el que alguien se ha sentado en un descuido.

—No te preocupes. Buscaremos un collar que no apriete.

Cruzaron la avenida, dieron la vuelta a la glorieta y se pararon frente a una tienda de animales. Había un enorme camaleón de plástico, sonriente, colgado de la fachada, y un cartel pegado por dentro del cristal que anunciaba que además de tienda eran también clínica veterinaria. Veinticuatro horas precios económicos. Empujó la puerta y sonó un campanilleo discreto.

A los pocos minutos, Martín salía a la calle agarrando un extremo de una correa, con el perro al otro extremo, intentando quitarse el collar a zarpazos. Pronto se acostumbró a llevarlo en el cuello; seguramente el sacrificio le pareció insignificante si con él podía quedarse junto a aquel hombre. Quizá pensara en que iba a conseguir algo de comer, o intuyera una manta vieja al lado de un radiador templado. Quizá imaginara alguna de esas cosas, porque caminaba casi a saltos y agitaba el rabo mientras escuchaba a Martín, que no dejaba de hablarle.

—He cambiado de idea, Gómez. —Bajó la voz—. Porque te llamas Gómez, ve aprendiéndote tu nombre. —Volvió al tono normal—. Vamos a dar un paseo hasta el quiosco de un amigo. Y tal vez después comamos algo. ¿Qué te parece?

Gómez movió el rabo y jadeó con ansiedad perruna.

Llegaron hasta delante del portal de la nueva casa de Cecilia, y Martín se puso a hojear los periódicos del quiosco mientras buscaba una buena forma de empezar la conversación con aquel hombre de pelo canoso y bigote amarillento de nicotina.

Del portal de Cecilia salió un hombre bronceado, con el pelo largo engominado hacia atrás. Iba manipulando un teléfono móvil. Lo siguió con la mirada mientras cruzaba la avenida y se dirigía hacia el quiosco. Gómez, tumbado a los pies de Martín, también lo observaba con una expectación de orejas a media asta y ojos atentos, con esa curiosidad seria y recelosa que sólo consiguen los perros.

El hombre llegó hasta donde estaban y habló al quiosquero sin levantar la mirada de su teléfono móvil.

—Dame el cinco días —dijo, y arrojó unas monedas sobre la prensa. Una de ellas rodó unos centímetros y cayó dentro del quiosco, pero él siguió mirando el teléfono.

Gómez se incorporó y tensó los músculos de las patas traseras. Dejó salir un gruñido oscuro y profundo de perro grande. El hombre sonrió enseñando los colmillos. Se dirigió a Martín.

—Haga usted el favor de controlar a la bestia.

—No se preocupe. No hace nada.

—No me preocupo —contestó—. Pero no quisiera tener que darle una patada para que deje de dar por culo.

Martín no contestó. Bajó la mirada hacia los periódicos y apretó los dientes.

Gómez abrió la boca durante unos segundos, dejando ver unos dientes cortos y desiguales, unos colmillos redondeados que no asustarían a nadie. Flexionó las patas, dio un salto elástico y se lanzó al tobillo del hombre, intentando clavarle los dientes a través del pantalón. A él lo sorprendió el movimiento del perro y dejó caer tanto el cinco días como el móvil. El teléfono rebotó sobre la acera.

—¿Qué cojones…?

Gómez seguía aferrado a la parte inferior de la pernera, con el cepo defectuoso de sus dientes a medio clavar en la tela. Martín se quedó inmóvil, mirando una escena que parecía estar ocurriéndole a otro Martín en otra parte.

El hombre dobló las puntas de los zapatos hacia adentro, levantó la pierna libre un instante y propinó una patada a Gómez en el vientre. El perro salió despedido hacia atrás hasta golpearse con las planchas metálicas del quiosco. Se quedó sobre la acera, de costado, intentando recuperar el aliento. De su lengua caía un hilo rosado de baba.

Martín no tuvo tiempo de pensar. De una zancada se colocó al lado del hombre. Por un instante infinitamente pequeño miró hacia adentro y sintió una punzada de miedo al comprobar que Martín ya no existía. Sólo había un latido de algo rojo, enorme y viscoso, un velo de arena que le raspaba detrás de los ojos, una llave oxidada debajo de la lengua. Dos sogas invisibles le tiraban de los brazos y lo convertían en una marioneta que una vez tuvo nombre.

—Boletus —murmuró—. Aquellas setas se llamaban boletus.

El puño derecho se le movió hacia atrás y él lo descargó en la cara de aquel hombre. Sonó un chasquido de zanahoria tronchada. El hombre se dobló por la cintura y se tapó la cara con las manos. Las gafas de aro metálico se le habían quedado entre los dedos, dobladas en un ángulo extraño. Gimió mientras la sangre le chorreaba por las muñecas.

Martín observó cómo se formaba un pequeño charco rojo oscuro a los pies de aquel hombre. Tiene forma de corazón invertido, pensó absurdamente. Miró a Gómez y sintió sobre la lengua el sabor de un miedo metálico y retorcido. Se agachó al lado del perro, le pasó la mano por el hocico y lo cogió en brazos. El animal estaba babeando sangre y respiraba con silbidos rugosos y fríos.

Martín caminó hasta la calzada sujetando a Gómez contra el pecho. Las piernas del perro colgaban lacias y se agitaban con cada paso. Él giró la cabeza a un lado y a otro. Miró al frente. El ibiza. A la mierda. Corrió hacia el coche. Depositó a Gómez sobre el asfalto con mucho cuidado. Su puño derecho volvió a echarse hacia atrás tomando impulso y él lo descargó contra el cristal del lado del conductor, que reventó en pedazos. Algunos cayeron sobre Gómez, que cerró los ojos intentando protegerse. Martín sintió en los nudillos un dolor picudo y amarillo, y en ese instante supo que se había roto la mano, pero no le importó. Introdujo el brazo por el hueco de la ventanilla, quitó el seguro y abrió el coche. Tendió a Gómez en el asiento de atrás. Los silbidos se habían espaciado, y la respiración era un rastrillar sobre piedras. Él se sentó al volante, desencajó la cubierta de plástico negro e hizo el puente a tientas, sin pensar siquiera, con una conciencia diminuta en cada dedo que guiaba sus movimientos. Tenía que llegar cuanto antes a la clínica del camaleón.

Intentó respirar hondo, pero sintió en la parte de atrás de la garganta una membrana pegajosa y elástica que se combaba apenas empujada por su ansia. Sus intentos de tomar aire se acompasaron con los de Gómez. Martín apretó los párpados e inspiró por la nariz con todas sus fuerzas. Sintió la puñalada del desgarro y de repente tuvo la sensación de estar respirando algo demasiado frío por el agujero equivocado, una bocanada de aire nuevo que hacía aletear los jirones de un tejido rasgado, viejo como pergamino. Entonces gritó, como no lo había hecho jamás en su vida; con toda el alma en la boca, con los pulmones ardiendo por un esfuerzo nuevo y desmesurado, con la sangre acumulándose en las sienes y un latido extraño en los ojos.

Miró hacia el portal. Allí estaba Cecilia, inmóvil y muda, mirando alternativamente hacia el ibiza y hacia el quiosco. Martín la contempló durante unos segundos, jadeante, y por primera vez la vio; una nube de pachulí, una butaca de skay verde, carcajadas que descubren un diente picado, una redecilla para el pelo, chistes sobre negros, casetes de gasolinera, natillas con cayena. Y de repente se sintió tan vivo como estafado.

Ella corrió hasta el quiosco. Recogió del suelo el teléfono móvil y se lo guardó en el bolso. Agarró del brazo a aquel hombre tambaleante, le ayudó a incorporarse y le examinó la nariz con un gesto de asco doloroso.

Martín apretó las manos sobre el volante y pisó el acelerador. El rojo lo envolvió, convirtiéndolo en un coágulo de conciencia que volaba en el ibiza sobre las líneas blancas de la avenida. Y volvió a gritar hasta tapar con su voz rota el ruido del motor al acelerar un poco más.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.