Premonición

2005-09-02 / Joaquín Bernal / 800 palabras

Juan Ramón Estrada tiene una intuición repentina mientras cierra la puerta de casa. Está seguro de que hoy va a atropellar a un hombre. Un temblor leve le sube por la espalda y siente una fiebre fría en las sienes. Pulsa el botón de llamada del ascensor pero no ocurre nada. La lucecita verde sigue marcando «libre». Aprieta impaciente, cada vez más fuerte, como si intentara gritar con el dedo, pero el ascensor sigue dormido y él decide bajar por las escaleras. Sigue viendo, entre espantado y extrañado por lo vívido de la imagen, la cara de ese hombre en el momento congelado en que su coche le troncha las piernas a la altura de las rodillas, y cómo parece tumbarse sobre el capó muy despacio, con el pelo revuelto y un mechón blanco en el flequillo. Juan Ramón Estrada está tan absorto que no oye el tintineo del euro que cae de su bolsillo al sacar las llaves del Ibiza.

Doce minutos después, Angustias Robledo sube por esas mismas escaleras. Viene de comprar el pan y sujeta una barra contra el pecho. En el suelo del descansillo entre el primer y el segundo piso está el euro, de pie, y ella piensa de repente que fíjate que es difícil y ni a posta, mira. Se agacha para cogerlo y la barra de pan se le escurre al soltar la mano derecha. Ella intenta agarrarla entre manoteos antes de que acabe en el suelo, pero lo único que consigue es darle una palmada leve e involuntaria en uno de los extremos, suficiente para que la barra describa un grácil arco sobre la barandilla de madera y caiga por el hueco de la escalera. Angustias Robledo contiene la respiración durante algo menos de dos segundos, hasta que el pan golpea las baldosas de abajo. Ella deja salir un sonido gutural tan corto y contenido que tiene más de jadeo que de grito. Se asoma por encima de la barandilla y ve la barra allí abajo. Le falta un pedazo de uno de los extremos. Mira el euro al lado de sus pies y suspira antes de volver a agacharse para cogerlo.

Ocho minutos después está en su cocina, discutiendo con Manuel Recuero, su marido, porque éste tendrá que ir hoy a comer de menú; no hay pan con el que hacerle el bocadillo habitual. Ella se ofrece a bajar de nuevo a la panadería, pero él le contesta, casi le ladra, que ya no se puede esperar. Sale de casa dejando tras de sí una una estela de mal humor, jirones que se chocan contra las esquinas del pasillo y se disuelven en volutas invisibles.

Cinco horas y diez minutos después, Manuel Recuero baja del andamio, se sacude el yeso del mono y saluda con la mano y con desgana al resto de la cuadrilla, que se ha sentado en un tablón apoyado sobre dos bidones, al pie de la obra, dispuestos a comerse sus respectivos bocadillos. Él resopla y se dirige al bar «El Puente», al otro lado de la carretera, donde tienen menú del día. Luego y que no ahorramos nada, se dice.

Diecinueve minutos más tarde, a los de la cuadrilla se les atragantan por un instante los bocadillos de caballa, de lomo frito, de tortilla de atún, cuando un ladrillo se hace añicos contra el tablón, justo entre dos de ellos. Justo en el hueco en el que Manuel suele sentarse a comer. Es un ladrillo visto, de los de fachada, dice uno de ellos mirando los trozos a su alrededor. Los demás se encogen de hombros y dan tragos simultáneos a las latas de Mahou.

Treinta y dos minutos después, Manuel Recuero vuelve de comer, y escucha boquiabierto de la caída del ladrillo y de la suerte que has tenido, hay que ver. De repente siente que el ladrillo es una señal, el aviso oportuno, la advertencia obvia entre andamios y palustres. La forma más directa de dejarle claro que está vivo por pura casualidad, hoy y ayer y mañana. Se quita el mono, dando saltos sobre un solo pie mientras tira de la pernera derecha, y sale de la obra para ir a casa lo antes posible. Se meterá en la cama y cerrará los ojos hasta mañana, hasta pasado, hasta el mes que viene, hasta que se le pase esa fiebre como fría y esa vibración extraña a la altura de los riñones.

Echa a andar hacia su coche, pero no termina de cruzar la carretera. Oye el crujido ominoso cuando el Seat Ibiza blanco le golpea por debajo de las rodillas y lo lanza hacia adelante diez o doce metros, donde acaba boca arriba con los ojos abiertos y la fiebre yéndose poco a poco, mientras el mechón blanco de su flequillo se mueve agitado por un viento húmedo.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.