Sandías

2006-03-15 / Joaquín Bernal / 3.700 palabras

Relato ganador del IX Premio «Villa de Argamasilla de Calatrava».


A mis padres les gustaba ir a la huerta de Concepción porque era una forma de salirse de la monotonía del pueblo entre semana. A mí me gustaba ir porque era cambiar un mundo amplio y somero, de calles embarradas, rutina y potaje, por otro concentrado y profundo; un mundo de hondura verde, un misterio de calabazas y habas tiernas que me encendía las mejillas y las ganas de imaginar. Aún hoy me gusta pasear a primera hora por el jardín de la residencia y aspirar profundamente el frescor del césped recién regado, a pesar de que ese olor siempre me trae los recuerdos de aquella huerta.

Concepción era primo de mi padre. Vivía en Madrid y era rico. Al menos, es lo que se decía en la familia, con el gesto torcido que a todos se nos pone al hablar de alguien a quien despreciamos un poco, aunque sólo sea por envidia. Padre le decía Conce con esa familiaridad forzada del que mira desde abajo. El primo Conce nunca venía por el pueblo y yo no lo conocí. Mis padres se hacían cargo de la huerta a cambio de quedarse cualquier cosa que pudieran sacar de ella, lo que no dejaba de ser ventajoso para el primo. Los sueldos de guardeses hubiesen sido mucho más caros que el precio de dos o tres calabacines y un par de kilos de tomates de vez en cuando, y el primo Conce lo sabía muy bien, aparte de que jamás se interesó por sacar beneficio de las hortalizas. Lo suyo era una inversión, como repetía de vez en cuando padre con voz seria de locutor improvisado, que Conce sí que es listo y ahí lo tienes de subdirector en un banco con su calefacción en invierno y su café a media mañana.

Cada año, cuando llegaba la época de la recogida, padre contrataba por unos días a dos o tres mozos del pueblo. Ponía a los candidatos en fila a la puerta de casa y se paseaba arriba y abajo durante un buen rato, mirándolos con gesto de mal olor. Los jóvenes se iban poniendo cada vez más nerviosos, pero padre sólo caminaba y los miraba sin decir nada. Entonces se paraba bruscamente y señalaba a los elegidos. Tú, tú y tú. Y les hacía un gesto con la cabeza en dirección al patio, que era donde guardábamos los aperos. Los demás mozos se iban, remoloneando con las manos en los bolsillos y la mirada baja. Padre siempre fue un rico que había nacido pobre, pero aquel rito anual parecía compensar el resto del año. Durante un rato se sentía poderoso y señor, aunque llevase la misma chaqueta de pana gastada de siempre.

Padre fantaseaba a menudo con la idea de comprarle la huerta al primo Concepción. Ahorraremos, decía, y cuando tengamos suficiente nos plantamos en Madrid y le soltamos el saco con las perras encima de la mesa de su despacho. Sonreía y seguía con un susurro. Y nos quedamos con la huerta. Entonces nos preguntaba qué nos parecía. Mi hermano Sebastián y yo nos apresurábamos a decir que muy bien, que sí, que cuándo íbamos a Madrid. Mientras, madre sacudía la cabeza y suspiraba de una forma extraña que a mí me encogía las tripas sin saber muy bien por qué. Siempre pensé que era un suspiro de aguafiestas.

Me gustaban las sandías, a las que padre llamaba albudecas con un desprecio que nunca entendí. Comida para cochinos, solía decir. Pero a mí me gustaban, no tanto comerlas, pues con mi tendencia al exceso siempre me han producido dolores de tripa y eructos de pepino, como contemplar su misterio en grupo, verlas amontonadas en un rincón del porche, asustadas e inmóviles en su redondez verde y profunda. Me divertía comparar las manchas circulares amarillas, todas tan parecidas.

Tenía ocho años cuando se me metió en la cabeza la idea absurda de que dentro de alguna sandía encontraría pepitas de oro. No sé de dónde saqué aquella fantasía, pero estaba convencido de que dentro de alguna podría encontrar oro incrustado en la pulpa roja y porosa. Me pasaba las tardes examinando aquellas manchas amarillas con atención de adivino. Pegaba la oreja a las sandías, golpeaba suavemente con los nudillos su cáscara lisa y escuchaba aquel sonido hueco con la sensación de saber muy bien lo que hacía. En casa y a la mesa, padre sacaba su navaja de muelles, la charrasca, y rajaba de un tajo preciso la sandía del postre, en una especie de ritual doméstico en el que el fruto crujía y se abría voluntariamente como respuesta al sacrificio. Yo me inclinaba hacia él con la boca abierta y el aliento contenido, esperando hasta poder ver el centro jugoso, atento a cualquier brillo ilógico. Algunas sandías tenían las pepitas amarillas, casi blancas, y en esas ocasiones el corazón me daba un vuelco. Pepitas negras o pepitas blancas. Nada más. La decepción hacía que el postre me resultara insípido, albudeca para cochinos. Mientras, miraba a padre mondar su naranja y pensaba en todas las sandías que se habían quedado en la huerta del primo Conce y en el tesoro que se escondía en una de ellas.

Una tarde me cansé de escudriñar manchas y de escuchar el golpeteo vacío de siempre. Con las manos en la cintura me quedé mirando el montón y tomé una decisión. Ya estaba bien de esperar. Abriría todas las sandías hasta encontrar las pepitas de oro, pues yo sabía que estaban ahí en alguna de ellas. A padre no le importaría descubrir que había rajado todas si le ponía el oro en la mano. El oro es valioso, eso lo sabía, y por un buen puñado de pepitas nos darían un saco de perras con el que nos iríamos a Madrid.

Estaba decidido, de modo que llamé a mi hermano Sebastián y traté de convencerle para que me ayudara. Mi hermano tenía un año menos que yo y todos decían que era tonto. Yo sabía que eso no era verdad, porque Sebastián pensaba más y mejor que ninguno en el pueblo. Incluso había aprendido por su cuenta a tocar una armónica que llevaba siempre en el bolsillo. Pero pensaba muy despacio. En alguna ocasión había escuchado a padre decir que Sebastián le había salido medio crudo, pero nunca supe si lo decía por su lentitud al pensar o por su extrema palidez. Tenía la piel casi translúcida y los ojos tan negros como los de mi padre. Nos llevábamos bien, pero yo jugaba de vez en cuando a reírme de él. Sebas, no pienses en un gurriato, le decía yo, y él se pasaba media tarde muy quieto, con el gesto contraído por la concentración. Luego, durante días, me insultaba y me daba patadas en la espinilla cada vez que se acordaba.

Aquella tarde le conté mi plan y él se me quedó mirando un buen rato con el labio caído. No le metí prisa. Yo nunca lo hacía. Al fin me preguntó si estaba seguro de que la sandía especial estaba en ese montón. Yo le dije que sí, que completamente seguro, y que por eso teníamos que abrirlas todas para encontrarla. Sebastián pensó otro rato y al final asintió despacio, como si hubiese comprendido algo que a mí se me hubiese pasado por alto. No le pregunté.

No teníamos navaja, de modo que decidí que la mejor forma de hacerlo era ir dejando caer las sandías desde la altura que nuestros brazos pudieran conseguir. Entre los dos agarramos la primera y la elevamos sobre nuestras cabezas con los brazos temblando del esfuerzo. La dejamos caer y la sandía golpeó contra las baldosas del porche con el retumbar húmedo de algo vivo. No se rajó del todo, pero sí lo suficiente para que la abriésemos con las manos, tirando con los dedos hacia los lados como el que abre un maletín. Pepitas negras. Sebastián me miró y suspiró. Venga, le dije, vamos a la siguiente.

En aquel momento me sentí como supuse que se sentía padre al seleccionar los mozos que iban a trabajar en la huerta. Yo miraba aquel montón y me sentía poderoso al poder decidir, por mí mismo y sin ningún criterio concreto, cuál era la siguiente sandía que íbamos a reventar.

Una a una, dejamos caer todas y siempre nos encontramos con lo mismo. Pepitas negras o pepitas blancas. Algunas sandías estaban muy maduras y el olor casi se podía masticar. Otras estaban blanquecinas, crudas como Sebastián. Pero en ninguna encontramos oro. Por el porche corría un reguero rosado de sangre aguada que desembocaba en el arriate de las hortensias. Agotados, nos sentamos en el suelo. Sebastián hundió los dedos en media sandía y le arrancó el corazón jugoso. No me dijo nada. Sólo masticaba y se secaba la barbilla con la manga de la camisa, pero me clavó aquella mirada oscura esperando que fuese yo el que dijera qué hacer.

Miré aquel desastre. Nos habíamos metido en un buen lío. Cuando llegara padre y viera todas las sandías destrozadas sobre el suelo del porche nos iba a dar una buena paliza, a no ser que yo encontrara una solución.

En la huerta había dos pozos. Uno de ellos tenía agua, pero el otro siempre había estado seco. Una nochebuena, el tío Serafín me había contado entre copa y copa de anís que ese pozo era de tiempos de la guerra. Me dijo que en realidad era la entrada a un túnel que avanzaba a lo largo de dos kilómetros hasta llegar a la tapa de un registro en la plaza Palacio, la única tapa que no tenía ninguna inscripción sobre el hierro colado. Después de aquella nochebuena yo me paraba siempre a mirar esa tapa cada vez que pasaba cerca, de camino al quiosco para comprar palodulce. En realidad, algunas veces me acercaba hasta allí sólo para mirarla.

Nadie se asomaba al pozo seco, nunca. Estaba cubierto con un grueso tablero de madera, y supe que si queríamos librarnos del cinto de padre tendríamos que retirar el tablero, echar dentro del pozo las medias sandías y volver a colocar el tablero. A esa edad yo era un optimista sin remedio, quizá porque la vida aún no había tenido tiempo de arrancarse la careta, de modo que me convencí sin esfuerzo de que no nos descubrirían. No se me ocurrió pensar en el espacio vacío que habían ocupado las sandías, tan delator como los pedazos que yo me proponía hacer desaparecer.

Entre los dos conseguimos desplazar el tablero lo suficiente para dejar un hueco por el que cupiesen las sandías. Acarreamos las mitades y las fuimos arrojando por aquel agujero, una a una, en un esfuerzo que pareció durar horas. Finalmente, volvimos a colocar el tablón más o menos en su posición original. Estábamos agotados, chorreando de sudor y de culpa, pero habíamos conseguido deshacernos de las pruebas, convencidos de que aquello iba a funcionar.

Cuando padre volvió, llegó hasta el porche y se detuvo un instante con el gesto demasiado serio. Se quedó mirando aquel charco sobre las baldosas y las pepitas desperdigadas como metralla alrededor del punto sobre el que habíamos dejado caer las sandías. Luego nos miró a nosotros. Sebas tenía restregones rojizos, a medio secar, en las comisuras de los labios y en la barbilla. Padre debió pensar que era imposible que nos hubiésemos comido tal cantidad de sandías entre los dos y echó un vistazo alrededor. Del charco central salía un rastro de gotas en dirección al camino de tierra. Al llegar a él, el rastro se hacía oscuro y marcado, como si alguien a quien le sangrara la nariz hubiese caminado desde el porche en dirección a los pozos. Padre echo a andar en esa misma dirección.

Nosotros nos quedamos sentados en el suelo, contemplando cómo él llegaba hasta el pozo seco. Retiró sin esfuerzo aparente el tablero de madera y se asomó al hueco oscuro y polvoriento. La hemos liado, le dije a Sebas. Él pensó durante un instante extrañamente corto y me habló en voz baja. No pienses en cómo librarnos, chache. En aquel momento no lo entendí, y tampoco tuve tiempo para darle muchas vueltas porque padre volvía por el camino de tierra, con la cara del color de la cera. Su forma de mirarnos me produjo escalofríos.

Se paró al lado del charco y nos hizo gestos con la mano para que nos acercásemos. Lo hicimos. No teníamos más remedio. Él nos agarró de la mano y nos llevó hasta el pozo seco. Al llegar allí retiró por completo el tablón y lo dejó apoyado verticalmente contra el costado del pozo. Ahora vais a sacar toda esa basura de ahí. Uno baja por los huecos de la pared y va cargando el cubo desde abajo, y el otro lo va subiendo con la garrucha, así hasta que no quede ni una sola pepita ahí dentro, ¿estamos? Mi hermano y yo nos miramos y asentimos. Esta noche en casa ya os atujaré el hato, añadió padre. Volvimos a asentir y él se fue hacia el huerto maldiciendo por lo bajo.

Me aterrorizaba la idea de bajar al pozo. Seguro que había ratas, serpientes, insectos enormes, espíritus de muertos de la guerra. Baja tú, le dije a Sebas. Él me preguntó por qué. Porque lo digo yo y punto, ¿estamos? Mi hermano debía tener pocas ganas de discutir porque no replicó. Le ayudé a encaramarse sobre el brocal, buscó a tientas con el pie el primer agujero en la pared interior y bajó peldaño a peldaño hasta el fondo del pozo. Ya estoy, echa el cubo, me gritó. Su voz sonaba hueca y me pareció que hablaba desde el centro de la tierra. Se está bien aquí, le oí decir para si.

El esfuerzo era inmenso. Yo bajaba el cubo poco a poco, Sebas lo llenaba con pedazos de sandía, daba una sacudida a la cuerda y yo tiraba de ella hasta subirlo. Lo volcaba al lado del pozo y vuelta a empezar. Al tercer o cuarto cubo ya me escocían las manos del roce con la cuerda y los músculos de los hombros me ardían. Aún así, me alegré de estar arriba y no abajo. Bajar el cubo, esperar el tirón, cuerda, cuerda, cuerda, cuerda, volcar el cubo y a empezar de nuevo. Perdí la cuenta de las veces que lo habíamos hecho ya, pero viendo el montón de restos de sandía supuse que íbamos por la mitad de la tarea.

Bajé una vez más el cubo y esperé el tirón, pero la cuerda seguía floja e inmóvil. Vamos, pesado, le grité a Sebas, que todavía nos queda mucho. El interior del pozo seguía en silencio. Supuse que se había parado a comer sandía. Me asomé al hueco oscuro y le pregunté si quería que hiciésemos un descanso. Mi hermano no contestó. Empecé a gritar su nombre, diciéndole que no tenía gracia y pidiéndole perdón por haberle metido en aquel lío, pero él seguía sin contestar. Seguí gritando, con los dedos apretados alrededor de la cuerda como si mi hermano estuviese atado al otro extremo y yo temiese perderlo.

Salté sobre el brocal y bajé por los huecos en la piedra. Dentro del pozo olía a tierra descompuesta, a aliento podrido, a bosta. Durante unos segundos fui incapaz de ver nada, más por el miedo que por el paso de la luz a la oscuridad. No había insectos, ni ratas, y los espíritus atrapados desde la guerra no se hicieron presentes. Sólo había tierra y pedazos de sandía. Vi a mis pies un pequeño objeto rectangular. Me agaché, acerqué la mano hasta tocarlo con las yemas de los dedos y lo reconocí de inmediato. Era la armónica de Sebas. Me la guardé en el bolsillo y volví a gritar, pero no obtuve respuesta. En cuclillas, fui dando la vuelta para intentar ver algo. Había un boquete estrecho pegado al suelo, ocupando todo un semicírculo de pared. El túnel, pensé, pero aquel hueco era demasiado angosto y parecía algo accidental más que construído. En realidad, tenía pinta de ser la consecuencia de los años en las paredes de tierra, como si la base del pozo se hubiese ido desmoronando poco a poco con ese abandono de los recintos muertos. Metí la mano en el boquete olvidándome de las ratas que había imaginado. El nombre de mi hermano se convirtió en un grito que me rompió la garganta. Palpé tierra, piedras pequeñas y algo húmedo y esponjoso que no supe identificar.

Me tumbé en el suelo e introduje el brazo hasta el hombro. Lo moví a un lado y a otro, y mi mano chocó con algo. Lo agarré y lo saqué del boquete. Era una sandalia de tiras con una hebilla grande. La sandalia de Sebas. Sentí una presión en el pecho que no me dejaba respirar. Solté la sandalia y me arrastré dentro del hueco aspirando bocanadas de un aire espeso y dulzón con sabor a manzanas podridas. Arañé la tierra tratando de avanzar, pero el agujero era demasiado pequeño para mí.

Cuando quise darme cuenta comprobé que me había quedado atascado. No podía seguir avanzando, y no era capaz de salir de allí, a pesar de tener aún las piernas fuera del hueco. Recuerdo que grité sintiendo el aire abandonar mis pulmones. Me inundó aquel olor a rancio, a desván o a libro viejo. Empecé a ver motas brillantes, como si un dedo invisible me estuviera apretando los ojos. Al poco tiempo perdí el conocimiento.

Lo siguiente que recuerdo es la luz del sol y un dolor agudo en la cintura producido por la cuerda, como si se me fuese a tronchar la columna. Alguien me agarró, deshizo el nudo y me dejó en el suelo al lado del pozo. Madre se agachó y me abrazó, apretando mi cara contra su mandil, que olía a ajo crudo, a miga de pan, a leche. Padre saltó de nuevo sobre el brocal y descendió hasta el fondo del pozo. Madre no decía nada. No lloraba. Tenía la mirada perdida en algún punto más allá de los manzanos y me pasaba la mano helada por la cara. Al momento, padre asomó la cabeza por la boca del pozo y miró a madre. Estaba pálido. Hizo un gesto mudo en dirección al camino que ella pareció entender, pues de inmediato me cogió en brazos y echó a correr hacia la carretera. Volví a desmayarme.

Pasé los siguientes dos días en la cama, temblando de frío y de fiebre, saltando entre el sueño y la vigilia, masticando en mi inconsciencia el ambiente púrpura y espeso que parecía haber impregnado la casa. Recuerdo que pregunté por Sebas a madre, y que ella me respondió que aún no había salido, que durmiera un poco. Le hice caso y me adormecí escuchando aquel rumor extraño que había en la casa; aquel murmullo de gente educada, nudillos en la puerta, llantos aguantados, suspiros.

Pasaron unos meses. Yo no pregunté más por mi hermano. Volvimos a ir con frecuencia a la huerta como si nada hubiese pasado. Yo echaba de menos a Sebas, y me quedaba horas al lado del pozo seco, sentado en la tierra con la espalda apoyada en los ladrillos. Precisamente allí aprendí por mi cuenta a tocar la armónica de Sebas, la misma que aún guardo, casi cincuenta años después, dentro de una caja de puros en un cajón de la mesilla. Así me pasaba las horas hasta que se acercaba madre y me decía que volvíamos a casa.

Estando allí una tarde vi a mi padre avanzar por el camino estrechito que se adentra entre los manzanos por detrás de los pozos. Aunque nos separaban escasamente veinte metros, él no me vio. Se quedó de pie al lado del árbol más grueso. Se sacó la charrasca del bolsillo y la abrió con un crujido de muelles que me erizó los pelos del cogote. Miraba la hoja, el horizonte, la hoja otra vez, y suspiraba. Así durante un buen rato. Al final, le empezaron a temblar los hombros, dejó caer la navaja y se desplomó de rodillas al pie del manzano. Se echó a llorar con un llanto de niña que hizo que se me encogiera el estómago. Me acurruqué aún más contra la pared exterior del pozo y recé para que padre no me viera. No lo hizo. Se guardó la charrasca y caminó hacia el porche secándose los ojos con las mangas de la chaqueta. En aquel momento entendí lo útil que puede llegar a ser una navaja en determinadas ocasiones, aunque uno no llegue a usarla. Quiero pensar que aquella tarde mi padre se miró los ojos en la hoja de acero y que fue precisamente eso lo que lo derribó hasta caer de rodillas. Supongo que la charrasca le salvó.

Desde aquella tarde no volví a esperar a mi hermano al lado del pozo. Por si mi padre necesitaba de nuevo ir a llorar bajo los manzanos, o tal vez porque intuí que ese llanto de niña acabaría por volverme loco, decidí que lo mejor sería esperar a Sebas en la plaza Palacio, al lado de aquella tapa de registro perfectamente lisa. Así lo he venido haciendo cada tarde de los últimos cuarenta y ocho años.

Hace un mes o así me compré una navaja. Es de muelles. Estoy deseando que llegue el domingo para estrenarla durante el postre en el comedor de la residencia, porque cuando llega el calor los domingos nos ponen sandía. Si consigo encontrar el oro, al fin, pagaré para que hagan una estatua con mi cara y la coloquen en la plaza. Quizá así pueda quedarme en mi cuarto cada tarde y dejar que sea ella la que vigile. Le diré que no pierda de vista esa tapa. No la pierdas de vista, ¿estamos? Y lo primero que verá Sebas al salir será mi cara.

Mientras tanto, seguiré yendo cada tarde. Y seguiré mirándome los ojos en la hoja de la navaja mientras espero que llegue el domingo, porque ya empieza a hacer calor. Pronto comprarán sandías y seré yo quien las cale. Eso estará bien.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.