Sudor

2004-01-01 / Joaquín Bernal / 1.100 palabras

Jose Antonio suda. Es algo que casi llega a la obsesión. En cuanto se coloca la corbata y la chaqueta, justo antes de salir de casa, empieza a notar cómo se deslizan espalda abajo unas gotas gruesas de sudor pegajoso. Y las manos. Eso es lo peor. Prefiero quedar como maleducado que como grasiento, se dice, de modo que intenta evitar los saludos. Las ocasiones en que no tiene más remedio que dar la mano a un cliente se imagina un pez de río, resbaladizo y cubierto de mucosidad, y la cara que pondrá el otro al agarrarlo con ganas.

Jose Antonio tiene un piso en el centro, un armario lleno de chaquetas azul marino, idénticas, unos cuantos kilos de más y su propia empresa de material de oficina. Mal que bien va sobreviviendo gracias a las ventas de tóner, la instalación de nuevos ordenadores o el montaje de redes en los negocios de la zona. Estudió en Madrid, pero en cuanto acabó la carrera se volvió a casa de su madre, que ya por entonces empezaba con los problemas de salud que finalmente se la llevaron. Fue un alivio, se dice, e inmediatamente sacude la cabeza y se da un par de golpes suaves en la frente con el puño cerrado.

Vive solo, a un ritmo tranquilo, como de elefante, le gusta decirse. Odia las prisas, los agobios y no soportaría los vamos que no llegamos y llevas dos horas en el baño. Por las mañanas se levanta con tiempo para poder ducharse con agua muy caliente durante quince minutos, para desayunar sentado, con cubiertos y servilleta. Le gusta la textura suave y untuosa de esas primeras horas del día y de la nocilla extendida en sus tostadas. Tiene la costumbre de hacerse el nudo de la corbata mientras oye las noticias en la radio, y de sacudir la cabeza murmurando un hay que ver cómo está el mundo, más por costumbre que por verdadera sorpresa.

En la oficina, un local pequeño en una calle cercana, siempre tiene la sensación de escuchar las risitas apagadas de Conchi y de Ismael cada vez que él se da la vuelta. Conchi es la chica que contrató hace ya casi dos años para llevar el papeleo y atender el teléfono. Trabaja bien, pero siempre que habla con ella sospecha que se está aguantando la carcajada, y entonces él empieza a sudar, el flequillo se le pega a la frente y nota un escozor extraño como por dentro de los ojos. Y sale de allí con la excusa de ir a visitar a un cliente o de acercarse al banco a entregar unos papeles.

Ismael es un chaval delgado, con el pelo revuelto y cara de sueño permanente. Se encarga de montar los equipos y es el que entiende un poco de Mac, por suerte, que a él le queda grande. Es espabilado y a Jose Antonio le caía bien. Pensaba que eran amigos, hay que ser imbécil, se reprocha, hasta que Conchi le contó el día de nochebuena, durante unas cañas a cuenta de la empresa, que Ismael le había puesto mote. A él. Es lógico, se dijo Jose Antonio. Al jefe siempre hay que llamarlo de alguna otra manera. Preguntó cómo le decía, con la media sonrisa del que espera el final de un chiste. Conchi enrojeció durante un instante, pero pronto le volvió aquella expresión a medio camino entre la guasa y la pena. Nemo. Te llama capitán Nemo. No suena mal, dijo él. Pero Conchi remató la confesión sin darle tiempo a acabar de dibujar la sonrisa. Dice que siempre llevas veinte mil leguas de traje azul marino, susurró. Jose Antonio recuerda el olor del aliento de Conchi al hablar, a cerveza de barril. Ella soltó una carcajada que intentó tapar de inmediato con un huy mal disimulado y una mano sobre la boca. No volvieron a hablar de aquello, nunca. Pensó en despedir a Ismael, pero no se atrevió y al final aquello se quedó para Jose Antonio en una tarde de rabia seca y tres pacharanes antes de dormir.

La gente del barrio está dividida en dos equipos. Tigres y leones, piensa Jose Antonio. Los que lo miran con cara de pena y los que lo hacen con cara de risa. A él ya le da igual, porque aprendió a construirse una capa gruesa y correosa sobre la piel que le permite seguir con su vida de elefante.

La única que lo mira con los ojos muy abiertos, apuntando directamente a los suyos, es María, la dependienta de la panadería. Alguna vez han cruzado alguna palabra además de las habituales. Una larga de integral, cómo te cuidas, se hace lo que se puede. Hace un par de meses Jose Antonio dejó sobre el mostrador, mientras buscaba suelto en el monedero, el libro que llevaba consigo. Era Despistes y franquezas, de Benedetti. María se quedó mirando durante un instante la cubierta, sin decir nada, pero con la cara del que acaba de descubrir que Superman y Kent son la misma persona. Él estuvo a punto de decirle un quédatelo, que esperaba que sonase suave y confiado, pero empezó a sudar de repente y tuvo que dejar un billete de cinco sobre el mostrador, agarrar el libro y salir a la calle a respirar el aire húmedo de invierno.

Después de aquello estuvo un par de semanas sin entrar en la panadería, días de pan de molde y reproches rancios. El día que se atrevió a volver, se encontró con la sonrisa de María acompañada por el sonido de fondo de la campanita de la puerta. Aquél día compró dos largas. Normales, nada de integral.

Jose Antonio suelta las tijeras y corta con las manos dos pedazos de cinta adhesiva transparente que se coloca en la punta de los dedos. Está envolviendo un libro en papel de regalo, muy elegante muy fino, si es para una chica mejor se lleve este, pero le cuesta hacer bien las esquinas. Pasa la yema del meñique por el título impreso, aún visible entre los pliegues del papel. El olvido está lleno de memoria. Aún no sabe cuándo ni cómo se lo dará. Sabe perfectamente que lo dejará sobre la consola de la entrada durante meses y que el papel de regalo, muy elegante muy fino, irá amarilleando, pero no le importa mucho. Casi mejor, se dice. Así me dura más tiempo esta ilusión tan templadita. Nemo, se dice. Y sonríe mientras intenta colocar un trozo de cinta adhesiva en esa esquina tan rebelde.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.