Te alimentabas de musgo

2006-01-09 / Joaquín Bernal / 1.500 palabras

Disponible en italiano: «Ti nutrivi di muschio».


A veces me pregunto si una persona puede poner patas arriba la vida de otro. No hablo de cambiar de preferencias en el videoclub, o de mover el bote de espuma de afeitar un par de palmos en el estante del baño para dejar sitio al tarro de anticelulítica. Me refiero a cambiar la forma en la que uno ve el mundo. Me refiero a cuando te ponen del revés como si fueses un calcetín y no te importa.

Y me pregunto si esa capacidad está en nuestro catálogo de habilidades. Quizás sólo sea cosa de las películas de Meg Ryan y las canciones pastosas de Mecano, pero a veces sospecho que hay personas que tienen ese efecto. Y cuando acepto esa posibilidad hay una parte de mí, escondida en algún pliegue, que se rebela de inmediato y la vomita, porque se niega a aceptar que alguien pueda pillarme desprevenido y arrancarme de las manos el mando a distancia, que en esta casa de piel y músculo soy yo quien escoge el canal y esto se acabó y ya estás pillando la puerta, joder.

Llegaste de puntillas, aunque nunca lo llegaste a saber. Apareciste empujada por una confusión que era demasiado cabezota para aclararse sin más. Un error tonto, tontísimo, como todos lo son después de unos años, cuando uno los mira desde arriba, asomado a un balcón del piso veinte, y descubre la trampa de cartón piedra y humo de hielo seco; el tipo de engaño que el destino construye por diversión cuando se aburre y no tiene nada mejor que hacer.

Tu maleta permaneció en el pasillo durante meses, al lado de la puerta. Cada vez que yo la llevaba de madrugada a la habitación, amanecía de nuevo al lado del paragüero, pero no nos decíamos nada durante el desayuno. Y cómo pesaba aquella puñetera maleta. Ahora te digo lo que nunca te dije: la odiaba, desde las entrañas, con el odio rancio de reconocerla como el recuerdo constante de que en realidad no habías llegado, que sólo estabas frente a mi puerta como un vendedor de biblias a punto de descubrir que ha llamado a la casa de un ateo. Aquella maleta era la prueba de que huirías con ella en el mismo momento en que se me ocurriera ofrecerte el lado izquierdo de la cama y un hueco para tus cosas en el armario grande del dormitorio, para que estés cómoda pero sin presiones que lo último que yo, ya sabes.

Cómo pesaba aquella maleta. Aunque nunca la abrí, siempre supe que estaba llena de piedras. Rocas grandes que habías ido coleccionando durante años y que jamás te decidiste a tirar, tal vez porque cada una de ellas tenía uno o dos recuerdos enganchados a la superficie áspera y polvorienta como si fuesen musgo, el tipo de verdín que siempre se resiste a desaparecer, esa podredumbre en que se convierte con el tiempo el dolor infectado.

Tú no permitías que nadie te limpiase las heridas, las mismas que enseñabas a la mínima ocasión, a cualquiera, como cicatrices de guerra cerradas en falso. Aún recuerdo el directo de derecha que me comí mientras trataba de limpiar con un algodón empapado en alcohol aquel corte que te hiciste en el dedo, ¿te acuerdas? Es que pica mucho, me dijiste mientras yo recuperaba el habla. Picaba mucho, seguro, pero no me pediste disculpas. Nunca lo hacías, y yo tampoco las esperaba.

Te alimentabas de musgo, lo recuerdo bien. Vivías del verde de tus piedras. Y de tus barras de Milkibar. Podrías haber subsistido durante años a base de chocolate blanco si yo no me hubiese empeñado, más de una vez, en que te comieses una ensalada o una tajada de salmón a la plancha. En esas ocasiones me mirabas como si yo no me enterase del juego, como si el hecho de aceptar uno de mis consejos no fuese más que un ligero cambio de reglas que tú tolerabas con indiferencia de niña aburrida. Lo más curioso es que yo siempre presentía el fracaso de cualquier intento mío de hacerte más de carne y menos de humo, el humo del que estabas hecha y que yo mismo disipaba, sin querer, al acercarme a ti.

Ahora que lo pienso, nunca entraste en casa. Fuiste un espejismo, una construcción preciosista que creó mi mente de orfebre, adormecida por la cerveza de importación y las noches gastadas en bares de vino y orina, mi mente aburrida de tanta lata de atún abierta de madrugada con el estómago levantado, aquella mente asqueada de tanta mañana de domingo en el Góngora: mañanas de periódico, martini con limón, gafas de sol y nudo en el estómago, más de ansiedad que de resaca.

Eras un anillo de plata vieja labrado con serpientes diminutas que se mordían la cola unas a otras. Te cogí en volandas y te reinventé, sí, te tallé según me dictaban esos calambres en los riñones que me producía verte desnuda, o verte vestida, o mirarte frente a la ventana, translúcida como una vela que se apaga, o apenas moviendo al andar las motas de polvo que flotaban en aquel aire podrido encerrado entre las paredes del apartamento.

Recuerdo especialmente aquella mañana. Tú aún dormías, enredada con la sábana como si quisieras reintentar una estatua griega. Yo me había sentado en la butaquita del rincón. Fumaba y te miraba detrás de las hebras de humo azul. Y recuerdo que pensé que debías no existir. No era miedo a que no fueses, ni la sospecha de que no estuvieses. Era la certeza de que debías no existir, porque mi vida estaba del revés como un calcetín, con ese hilito, el que todos tienen por dentro de la puntera, sobresaliendo como la antena de un insecto, palpando alrededor mientras yo me preguntaba cuándo coño había pasado todo. Aquella mañana pensé en contártelo cuando despertaras, pero al cabo de unas horas te desperezaste, me miraste, y fuiste hasta el baño para echarte agua en la cara. Voy abajo a por un Milkibar, me dijiste, y el portazo me clavó aún más en la butaca, dejándome tan aturdido como un boxeador novato.

Un viaje de un mes, me dijiste. Y yo sentí el pánico de imaginarte lejos, paladeé toda la angustia del siguiente mes condensada en un instante, en aquel momento en que agarraste el asa de tu maleta y abriste la puerta sin dejar de sonreír. Un mes, me dijiste. Llamaré en cuanto pueda, pero si no lo hago no te preocupes, porque ya sabes cómo son estas cosas que cuando la cosa se lía, y yo, bueno, te haces una idea. Y en aquel momento me vi tumbado en el sofá, en la penumbra, escuchando a Bizet, sólo a Bizet, porque te gustaba y porque siempre me traía tu esencia desde muy lejos, temiendo ir al baño por si veía el cristal desnudo de tu zona del estante, un hueco de órgano extirpado, o temiendo ir a la cocina y no ver tus notas amarillas con margaritas a bolígrafo en la puerta de la nevera.

Aquel mes cerró sus dedos como garras sobre mi alma de celofán, y lo hizo dos veces: una imaginada mientras te veía salir del apartamento, y otra cuando los días fueron pasando, con tictac de reloj en siesta. Escuché a Bizet, sólo a Bizet, y temí ir al baño o a la cocina. En realidad, temía moverme de aquel sofá, porque cada rincón de la casa estaba lleno de ecos amarillos, de telarañas, de hojas muertas y de vahos. Y de envoltorios de Milkibar, que después guardé como un tonto entre los cojines del sofá.

No sé si volviste después de aquel mes. Me mudé de apartamento y cambié la tarjeta del móvil. Incluso me rapé la cabeza una tarde en la que creí verte en la cola del supermercado. Aquella tarde abandoné el carro repleto y me fui a la peluquería temblando como una hoja. No sé si volviste a llamar a aquella puerta, pero espero que en algún momento hayas decidido abandonar tu maleta y la hayas dejado en cualquier contenedor, asomando entre las bolsas de plástico con un pico de piel desgastada señalando al cielo, pidiendo el auxilio imposible de un ahogado macilento.

Por cierto, no me preguntes cómo he conseguido tu dirección. Ha sido otra broma del destino. Debe ser que se aburría y no tenía nada mejor que hacer. Será que nos tiene manía.

A veces me pregunto si una persona puede poner patas arriba la vida de otro, pero me como una barra de chocolate blanco y se me pasa. A fin de cuentas, en esta casa de piel y músculo soy yo quien escoge el canal y ya estás pillando la puerta, joder. Como tú misma murmurabas cada vez que te calzabas aquellas botas de montaña, lo lógico es llevar las costuras del calcetín por fuera. Porque los dedos van por dentro, decías. Así de claro.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.