Temblor de camaleón

2004-05-25 / Joaquín Bernal / 1.500 palabras

Fotografía: #74. Serie Acaso. 2003 © Javier Vallhonrat

Escribí este relato inspirado por esta fotografía como parte del III Concurso de Relato Fotográfico, del que resultó ganador.


Están enjabonando mi vida, me digo. Agua, mistol, una esponja de gomaespuma y frotar hasta que sangren los pulpejos. Entonces van cayendo los recuerdos como desconchones que uno escarba con la uña. Mi madre removiendo el brasero de picón durante las sobremesas ingrávidas de telenovela y ganchillo. El yoyó luminoso de Javi que destrocé, por pura envidia, con aquella piedra verdosa. El ciempiés que se revolvió cuando la levanté segundos antes. El bosque. La zorra colándose de noche por la ventana, con la boca chorreante de espumarajo. Los recuerdos reales y los que alguna vez inventé se mezclan como el detergente y el agua en el cubo de lata, sin que sea posible decir después qué es una cosa y qué es otra.

Cuando yo era chico sentía un sudor frío al pensar siquiera en el patio trasero de casa. Un pedazo de bosque se colaba en él como una lengua rebañando entre las encías, lamiendo con aquellos arbustos oscuros los bordillos irregulares de granito que marcaban los límites del porche. Mi padre siempre nos hablaba de las alimañas que salían de entre la espesura, de noche, y cómo remoloneaban en el patio buscando algún resto de comida, husmeando entre los cubos de latón para la basura. Señalaba las cagadas delatoras que aparecían por los rincones y nos describía los ojos del lobo, rojos como brasas, los dientes afilados de la zorra, la cabezonería asesina de aquel jabalí, eterno moribundo, que el abuelo Sebastián había herido de muerte de un solitario disparo una mañana de febrero de hacía ya casi treinta años.

Tiempo después descubrí que las cagadas habían sido siempre las de León, un perro chico y robusto de orejas caídas que teníamos en casa por entonces, pero mi padre siempre recurría las bestias para conseguir sujetarnos, más o menos. Como no dejes de dar por saco con el balón, esta noche vendrá la zorra y se te colará por la ventana, decía.

Mi padre tenía en el patio una especie de acuario amplio donde criaba camaleones. Cada día volvía del taller a eso de las seis, se lavaba la cara y las manos, dejando la toalla manchada de grasa y aquel olor a jabón lux flotando en el baño, y salía al patio a atenderlos. A veces los miraba durante horas, en cuclillas delante de la urna de cristal, en perfecto silencio sin hacer nada más. Otras veces les echaba saltamontes muertos, que guardaba en un tarro de cristal con dos albaricoques dibujados en la etiqueta, y se quedaba allí durante un rato con la nariz pegada a la urna.

Recuerdo que aquellos camaleones eran inmensos, con esa distorsión de la escala que dan los primeros años. Tenían ojos desorbitados de loco y manos como de pinza. Jamás los vi cambiar de color. Cerca de la urna olía a cerrado, a aliento de viejo o a insectos en descomposición, y yo no conseguía entender por qué a mi padre le gustaba tenerlos. Cada vez que alguien le preguntaba sobre ello, se encogía de hombros y sonreía.

Una vez al mes, más o menos, aprovechaba la mañana del sábado para limpiar la urna. Sacaba los siete camaleones, los dejaba en el centro del patio, casi amontonados, y se metía dentro de aquel acuario con un cubo lleno de agua con mistol y una esponja. Mientras él enjabonaba los cristales por dentro, miraba de reojo a los camaleones que se mantenían apiñados donde él los había dejado. Yo no podía entender por qué no se escapaban. Más de una vez me quedé en la esquina de la leñera, agarrado a la pared terrosa mientras contemplaba a escondidas cómo mi padre se ocultaba poco a poco tras la capa de espuma en el cristal. Al rato, veía pasar la marca de un limpiacristales de empuñadura de goma que iba abriendo a su paso ventanas alargadas de cristal transparente.

Durante todo el proceso, los camaleones no se movían del sitio. Se miraban unos a otros nerviosos, y juraría que temblaban, asustados quizá por lo grande que era el mundo de repente, o por la masa oscura del bosque que parecía echarse encima, la misma visión que a mí me tenía en vela algunas noches.

Terminado el proceso de limpieza, mi padre recogía los camaleones con las dos manos, sujetándolos contra la tripa, y los volvía a colocar dentro de la urna. Mientras los transportaba siempre les murmuraba palabras irreconocibles y blandas que me tuvieron intrigado durante mucho tiempo.

Un sábado, sin embargo, conseguí acercarme lo suficiente para escuchar aquellos susurros. Él se había dado la vuelta y se dirigía ya hacia la urna. Yo di cuatro o cinco pasos que me dejaron suficientemente cerca. Dámaso, Rosa, Alonso, Javier, les decía mi padre casi sin inflexión mientras caminaba. Intenté seguirle, pero no pude escuchar más porque el murmullo de hojas a mis pies me delató. Él se giró y se quedó quieto durante unos segundos, enrojeciendo, con el cuello como hinchado de palabras agolpadas. Me gritó como nunca lo había hecho, como nunca volvió a hacer. Fuera de aquí, cagón, escupió casi, con la frente atravesada por una vena gruesa en la que se le notaba el pulso. Salí corriendo, con el corazón en la boca, hasta llegar al límite de la era, calle abajo. Me paré con las manos sobre los muslos, intentando recuperar el aliento.

No había necesitado escuchar el resto de aquellas palabras. Siete camaleones. Seis hermanos. Siete si uno contaba a Dámaso, el primer hijo, que se les ahogó a mis padres en la alberca de la Generala cuando tenía dos años. Los siete mismos nombres. Aún hoy sigo sintiendo detrás de los ojos esa fractura extraña que provoca la cercanía de la locura, ese olor a goma quemada, canela intensa de una realidad que se retuerce demasiado como para comprenderla.

Desde aquel día vi a mi padre como a un extraño, y lo rehuía cuando me cruzaba con él en el pasillo o en la entrada de casa. Él hacía lo mismo conmigo.

Soy el más chico de los hermanos, y aquel sábado había conseguido ver a mi padre rozando la cabeza de uno de los camaleones, el más pequeño también, mientras pronunciaba mi nombre. Alonso. Tengo el recuerdo de los ojos estrábicos de aquel otro Alonso mirando a mi padre como si comprendiera. Lo tengo tan presente como si una polaroid se estuviese revelando al aire entre mis dedos, ahora mismo.

Había tomado una decisión, pero me costó casi una semana llevar a cabo mi plan. Varias noches intenté salir a oscuras hasta el patio, descalzo, sintiendo las baldosas heladas del pasillo de dentro, pero el miedo me agarrotaba las piernas y acababa metiéndome de nuevo en la cama, tiritando, con un extraño sabor metálico en la punta de lengua. Una noche, al fin, lo conseguí a fuerza de recordarme los ojos desquiciados de Alonso. Salí al patio y me acerqué hasta la urna. La luna, casi llena, se suspendía entre unos jirones de nubes sucias. Me asomé por encima del cristal y vi al camaleón más pequeño en un rincón. Lo tomé con cuidado, me lo acerqué hasta el pecho y le pasé el dedo por la cabeza. Su piel rugosa estaba helada. Alonso, le dije, y él me miró.

Eché a andar hacia el interior del bosque, pero no conseguí adentrarme más de diez o doce pasos. Veía los ojos del lobo, incandescentes como brasas. Oía la respiración agitada del jabalí moribundo. La cola de la zorra me rozaba los tobillos. Sentí que las tripas se me aflojaban, así que coloqué a Alonso sobre una rama baja y le hablé con un hilo de voz. Escápate, le dije. Le froté la cabeza una vez más y eché a correr hacia la casa, con la sensación más que certera de que las bestias hacían lo mismo justo detrás de mí. No recuerdo haber pasado por el porche, ni por el pasillo, pero me encontré metido en la cama, temblando violentamente, arropado hasta la cabeza con las mantas, esperando a que el corazón recuperase un ritmo sensato. Al poco tiempo me dormí.

Mi padre jamás dijo nada sobre el camaleón desaparecido. Tampoco buscó otro para ocupar su hueco. Sin más, siguió cuidando de los seis que quedaron, ofreciéndoles saltamontes de vez en cuando y susurrándoles cada mes.

A veces tengo la sensación de que están enjabonando mi vida. Esa certeza me asalta con la misma contundencia de aquel bizcocho denso que hacía la yaya Socorro. Y entonces, durante algún tiempo, me encuentro mirando alrededor con ojos estrábicos, con temblor de camaleón, preguntándome por qué no huyo. Antes de que pueda hacer nada, una mano me agarra y me vuelve a meter en un hueco que ahora huele a mistol, mientras me susurra palabras blandas y me pasa un dedo por la cabeza. Alonso, me dice, y consigo tranquilizarme. A fin de cuentas, dentro de la urna no entra la zorra.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.