Tiza mojada

2004-01-01 / Joaquín Bernal / 900 palabras

Doña Rosario camina despacito, como si estuviese siguiendo una línea fina de tiza sobre la acera. En la mano derecha y contra el pecho, el monedero. En la izquierda, la bolsa de nailon de rayas anchas, azules y verdes, en la que acarrea la compra diaria desde hace años. Su hija, Sara, que vive en Barcelona, siempre le dice lo mismo: pero madre, ¿por qué no haces la compra un par de veces a la semana? Total, con lo que tú comes y mira que son ganas. Pero ella no quiere renunciar a ese paseo diario, a ese rato de charla con Ismael, el chaval tan majo de la carnicería, o a ese comentar pausado con Juan Carlos, el pescadero, sobre lo malos que son los boquerones de ahora, vas a comparar, que no son ni chicha ni limoná, con la calma de quien tiene todo el día por ocupar. O a ese buenos días educado y tímido de María acompañando la pistola de integral.

Pero qué buena chica, piensa doña Rosario cada vez que empuja la puerta de la tahona y la ve detrás del mostrador, con esas manos de dedos finos sobre el mármol. Si la suerte hubiese durado mes y medio más, ahora sería mi nuera, se dice. Tan viuda como yo, sí, pero las dos tendríamos familia. Y algunas veces suspiran ambas a un tiempo, como si María pudiese adivinar en qué está pensando doña Rosario.

El pescadero cierra el cucurucho de papel y lo mete en una bolsa de plástico con letras verdes. Extiende el brazo para acercársela mientras habla. Claro, doña Rosario, ni chicha ni limoná, porque son boquerones, dice, y arruga los labios como un crío enfurruñado, mientras mueve un par de centímetros una caja de lenguados en un gesto automático. Ella se ríe bajito, con una risa desgastada por el uso como una piedra de río. Hay que ver qué cosas tienes, Juan Carlos. Él sonríe. Buenos días, doña Rosario. Hasta mañana. Y la mujer sale a la calle.

A pesar de que el sol apenas se adivina detrás de un muro gris de nubes, a ella le empiezan a llorar los ojos. En parte, porque son de un azul muy claro y nunca les cayó bien la luz del día. En parte porque el pescadero le recuerda a su hijo.

Echa a andar sobre la línea de tiza que, con el tiempo, ha llegado casi a poder ver. Una marca esponjosa sobre las baldosas, que es recta casi todo el tiempo, pero que a ratos se revuelve sobre sí misma, se retuerce, hace un par de bucles, se dirige hacia la izquierda hasta que parece a punto de saltar del bordillo, se recupera con un quiebro súbito, tiembla un poquito durante algunos metros, y luego sigue adelante, como si nada, calle abajo. En los tramos en los que a la línea le da por jugar, ella la pisa ignorando conscientemente sus cambios de dirección, negándose a seguirla, levantando un poquito la barbilla pero sintiendo los pies inseguros, como si pisase tierra recién roturada.

Tendría que ir al banco, se dice, a sacar el dinero de la pensión, pero decide que ya irá mañana. Hoy las piernas no le responden demasiado bien y la línea está un poco revuelta. Aunque sabe que no es necesario, prefiere sacar el dinero y tener los cinco billetes en la mano durante unos minutos, justo antes de enrollarlos hasta formar un tubo finito que luego mete en el bote de la cocina, justo el que tiene escrito arroz con caligrafía muy florida de niña aplicada. El mismo bote que jamás ha tenido ni un solo grano en su interior. Ella no soporta el arroz y siempre le pareció comida de gallinas.

La niña buena aprende el catón y escribe los palotes sin ningún borrón, piensa. Y sonríe. Y que ahora me pregunten qué comí ayer, se dice. Y la sonrisa se le ensancha.

Una gota gruesa le golpea en la frente. Mira hacia arriba y una más le cae sobre la punta de la nariz. Otra más. Y otra. En unos segundos, se pone a llover con ganas. Ya era hora, piensa ella. Cuando no llueve el aire se vicia y a una le falta un algo que no sabe qué es, como chopo en tierra reseca, mismamente.

Doña Rosario mira al suelo y ve desdibujarse la línea de tiza. Poco a poco se va diluyendo en los charcos pequeños que se van formando entre las baldosas, con ese dejarse ir y ese aflojarse de la aspirina en una cucharada de agua. La niña buena aprende a sumar y sigue los consejos de papá y mamá. Piensa en ello durante un momento y decide que no se atreve a volver a casa, a tener que decidir por dónde cruzar, qué bocacalle tomar o cómo evitar la tapa de alcantarilla justo a la altura de su portal, esa que está un poco suelta y que siempre se sacude con un bascular pesado y metálico que le hace trastabillar.

La lluvia le obliga a entornar los ojos, pero aún así puede ver un niño corriendo hacia la plaza, a unos metros de ella. Juraría que ha dejado caer algo. La tiza. Se le ha caído la tiza y además se está calando de arriba abajo. Anda, corre a casa, criatura, susurra doña Rosario.

No está preocupada, de modo que suelta la bolsa, que se inclina muy despacio hasta quedar apoyada en su pantorrilla. Ella se cruza de brazos apretando el monedero contra el pecho, dispuesta a esperar a que escampe.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.