Una nota

2003-03-27 / Joaquín Bernal / 400 palabras

Lorenzo se rasca la coronilla, perplejo, porque esta noche se ha escrito una nota. Una cuartilla doblada por la mitad, escrita con bolígrafo azul y una letra en la que no se reconoce. Se la ha dejado en la mesilla de noche, tapando las gafas. Se nota que se conoce bien. Lo primero que ha tocado por la mañana nada más despertar ha sido ese papel, que ha desplegado mientras aún se frotaba los ojos.

La campanita del microondas anunciando que la comida precocinada, ahora en cómodas raciones individuales, ya está lista. El ruido del ventilador del ordenador, de madrugada. Fumar un camel sin prisas mientras miro por la ventana que hay que ver lo que ensucia la lluvia y de esta semana no pasa. Cantar bajito mientras hago la cama, para meter así el silencio debajo del colchón. Mirarme al espejo, sacudir la cabeza y, a pesar de que acabo de salir de la ducha, lavarme la cara con mucho jabón, cuidando que un poco me entre en los ojos para poder disimular. Suspirar por décima vez en sólo quince minutos. Salir a dar un paseo sin rumbo, por no reventar en casa, y cruzarme con los críos que van al colegio con prisas y mochilas de sherpa. El zumbido del frigorífico. El café recalentado. Acordarme de algo que me hace reír a carcajadas, y escuchar su eco rebotando en el cielo raso. Comer los canelones en el envase de aluminio para no tener que fregar un único plato. Un tenedor limpio en el cajón de los cubiertos, el último. La sordina con que llegan las buenas noticias, esas que me trago, digiero, anoto mentalmente y luego olvido. Esas siestas demasiado largas, sin despertador, que me trastocan el día y el humor. Las despedidas después de una celebración y el posterior camino a casa, con los semáforos de la avenida guiñando un amarillo más que frío. El calendario. Los cumpleaños que trato de no celebrar porque, a fin de cuentas, son un día como cualquier otro. El tacto a papel de lija de los viernes por la tarde.

Estar solo. Qué a gustito y qué bien, sin tener que dar cuenta de tus planes a nadie. Con tus horarios y tus manías. A tu ritmo, a tu aire. Eso es, tú firme, que no te compliquen la vida.

Lorenzo rompe la nota en trocitos del tamaño de una uña y los deja caer en el cubo de la basura, sobre los restos de la cena de anoche. Parecen confeti. Creo, se dice, que gritaré durante dos minutos.

Joaquín Bernal es manchego, programador y escritor de ficción. Empezó a programar con un ZX Spectrum y a escribir con Enrique Páez. Le gusta escribir, pero le gustaría más haber escrito. Puedes contactar con él por email.